domingo, junio 21, 2009

Esas pequeñas grandes cosas

Desde hace unos meses doy una hora de clase semanal a una alumna muy especial. La clase consiste en conversar en francés. Nos vemos en una maravillosa casa solariega de la Vega de Granada. Y además tomamos juntos un rico desayuno que prepara para los dos esta señora elegante, enérgica, divertida, instruida y de mirada abierta y curiosa; vamos, tal como yo quiero ser de mayor. Tiene casi 75 años y nuestra conversación le permite contarme la historia de su familia y otras Grandes Historias, de Granada, de su vega, de los pueblos, e incluso de Argentina, de Mendoza. Yo estoy encantado porque admiro a la gente mayor que está de vuelta de todo, que han atravesado trances difíciles sin sucumbir por el camino. Y no solo no han sucumbido, sino que han salido fortalecidos porque sobre todo les interesa la vida y el género humano, con todas sus mezquindades, pero también con todas sus grandezas. Para ello, lógicamente, hay que tener buenos mimbres, una educación cuidada y una curiosidad natural por aprender y por comprender. No sé si considerar esta hora de conversación como un trabajo; en realidad, no lo es: es, más bien, un regalo. Media una transacción económica, en efecto, pero lo haría igualmente sin ella; lo seguiré haciendo cuando las cosas cambien, cuando mi situación financiera mejore. Espero poder seguir haciéndolo porque este encuentro, con todo lo que acarrea, aleja de mí los demonios que revolotean por mi cabeza. Salgo de casa en bicicleta con la fresca, sobre las 8h15. La primera fase es un paseo por la ciudad; ya no me da miedo meterme en el tránsito del Camino de Ronda y las rotondas en general. Hay que ir con mucho cuidado, ser prudente, pero también pienso que los automovilistas son respetuosos. Bueno, hay de todo, y tocaré madera para que solo me tropiece con los que respetan a los demás. Abandono la ciudad en el punto, bajo la autovía, donde se coloca el Circo, e inicio una travesía asfaltada por la Vega de Granada. Me siento feliz. Me da el aire fresco en la cara. Se ven las acequias por las que se oye el agua correr, los maizales, los árboles frutales, cortijos recuperados y envidiables para vivir ahora; secaderos de tabaco, campos llenos de frutales; Sierra Elvira, Sierra Nevada, la ciudad que se va quedando atrás; siguen los coches, sí, pasa algún ciclista… Atravieso el río Genil, muy caudaloso actualmente comparado con estos últimos años; se adivinan varios pueblos que casi están pegados: Churriana, Las Gabias, Vegas del Genil… Y abandono el asfalto para coger un camino de tierra. Me siento como un inglés, yo que no tengo el menor ramalazo británico, por la campiña; como el protagonista de Noticia bomba cuando escribía su página botánica para el periódico, antes de ser enviado especialmente a Ismailía. La víspera del día del encuentro, mi alumna y yo hablamos por teléfono para confirmar. Podemos organizarnos como queramos y podemos alterar la cita, si nos conviene. Suele acabar la conversación con una despedida rotunda y como Dios manda. ¿Qué es eso de hasta luego o chao? Ella dice “Adiós”, que es lo que se dice. Y en la conversación suele tener cabida esta frase: “Bueno, pues a las 9h tienes el zumo hecho”. Y yo sonrío. Prepara un desayuno maravilloso, en su gran cocina moderna y blanca con ventanales y vistas, entre los árboles, hacia los pueblos circundantes y, en primer término, la piscina. Aceite ecológico traído de Quesada (Jaén), tomates ecológicos, pelados porque a ella no le gusta esa piel; el zumo de naranja recién exprimida; y un gran vaso de café con leche (colada: ella no soporta la nata o el telo, según dicen en otras latitudes). Llego al cortijo, por un camino bordeado de árboles, entre ellos, membrillos, dejo mi bici en el patio con galería y columnas de piedra, aperos varios, una prensa cuyo uso desconozco –tengo que preguntarlo-, un pilar, pimientos secos colgados con toda una historia detrás, y un montón de plantas recién regadas, y subo directamente a la cocina. Y empezamos a hablar en francés, las cosas de cada día, el libre discurrir de la conversación; con frecuencia salen palabras que desconozco y las anoto para buscarlas y decírselas en el siguiente encuentro. La conversación nos lleva de un lugar a otro, de una ciudad a otra, de una persona de su familia a una de la mía; de un libro que ella esté leyendo y que luego comentará en grupo en una biblioteca pública, a una noticia del periódico. A los dos nos gusta la información local, nos interesa saber lo que ocurre en nuestra ciudad. Y tenemos previsto ver una tarde de este verano que empieza una película que a mí me encanta, como todos los que me conocen saben: Les glaneurs et la glaneuse. La veremos en francés, claro está, porque ella tiene muy buen nivel y está preparada para ello. Tengo muchas ganas de saber qué le parecerá. Ella siempre dice que no quiere perder nuestras clases; yo tampoco quiero perdérmelas: es una cita muy importante para mí. Ella dice que los dos aprendemos, y así es, aunque creo que más que enseñarle yo a ella es ella la que me enseña a mí.

sábado, junio 06, 2009

Versión del Cuestionario Proust respondida por Roberto Bolaño

¿Cuál es el defecto propio que deplora más?. Yo soy una persona llena de defectos y todos son deplorables. ¿Cuál es el defecto que usted deplora más en otros?. La intransigencia, la prepotencia, la intolerancia. ¿Cuál es su estado mental más común?. En los lindes de la idiotez, como casi todos los seres humanos. ¿Cómo le gustaría morir?. Haciendo el amor. (En realidad, a cualquiera le gustaría morir así.) Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa usted regresaría?. Un colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora. Y si pudiera elegir un personaje de ficción, ¿cuál escogería?. Super Ratón. Bugs Bunny. Speedy González. ¿Cuál es su mayor extravagancia?. Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador. ¿En qué ocasiones miente?. Cuando hablo de pintura abstracta. Cuando hablo de poesía metafísica. ¿Qué persona viva le inspira más desprecio?. Son muchos y ya soy demasiado viejo como para establecer un ránking. ¿A qué persona viva admira?. Admiro a las madres y abuelas de la Plaza de Mayo. A gente como ellas. ¿Qué palabras o frases usa más?. "Joder" y "coño". ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?. Mi felicidad imperfecta: estar con mi hijo y que él esté bien. La felicidad perfecta, o su búsqueda, engendra inmovilidad o campos de concentración. ¿Cuál es su mayor miedo?. Cualquier cosa que pueda hacerle daño a mi hijo. ¿Cuál es su mayor remordimiento?. Son muchos y se acuestan y levantan conmigo y escriben conmigo porque mis remordimientos saben escribir. ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?. El éxito, pero el éxito no es ninguna virtud, es sólo un accidente. ¿Qué le disgusta más de su apariencia?. A los 46 años, si algo me disgustara de mi apariencia sería un gilipollas. Todo me disgusta, pero lo asumo con resignación. ¿Cuáles son sus nombres favoritos?. De hombre, Lautaro. De mujer, Carolina, Lola, María. De perro, Laika,Duque, Popi. ¿Qué talento desearía tener?. Saber tocar la guitarra. Saber jugar al fútbol. Ser un buen jugador de billar. ¿Qué le desagrada más?. La mala educación. ¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?. Yo he sido siempre feliz. Al menos, razonablemente feliz. Y en lugares y fechas en donde la felicidad no era precisamente lo que más abundaba. Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?. Nada. Primero porque no puedo. Segundo porque es imposible. ¿Cuál es su mayor logro?. Mi mayor logro sería que mi hijo me recordará con cariño. Y que mis amigos y amigas, de vez en cuando, también. Pero eso es una batalla futura. ¿Cuál es su posesión más atesorada?. Mis libros. ¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?. Los niños que mueren de hambre, los que mueren por enfermedades fáciles de combatir, los niños que sufren abusos sexuales, los niños que tienen que trabajar, los que son maltratados por sus padres. La manifestación más clara de nuestra miseria y de nuestro fracaso como seres humanos es eso y es Auschwitz. ¿Dónde desearía vivir?. Si tuviera mucho dinero, en Andalucía, sin escribir ni hacer nada,pasarme el día en los bares y conversando. ¿Cuál es su pasatiempo favorito?. Ver videos hasta las cinco de la mañana. ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en una mujer?. La inteligencia y la bondad, igual que en los hombres. En tercer lugar el humor, aunque si hay inteligencia y bondad el humor se da por añadidura. ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en un hombre?. Vaya, creo que esta pregunta ya está respondida. Añadamos una cuarta cualidad, deseable pero no exigible: el valor. ¿Cuál es su héroe de ficción favorito?. Julien Sorel. El Pijoaparte de Marsé. Horacio Oliveira de Cortázar. El Superman de mi infancia. El atormentado Spiderman. Drácula. Sherlock Holmes. El padre Brown. Don Isidro Parodi. El Cristo de Elqui. ¿Cuáles son sus héroes de la vida real?. Los mismos que ya he mencionado. Añadiría a Misael Escuti y a Honorino Landa. Añadiría a Baudelaire y a Oscar Wilde.

jueves, junio 04, 2009

Esto también se pasará

Nunca me había visto en un estado de miseria tan poliédrico. A la ruina económica –de la que hablo con la boca pequeña y cruzando los dedos para quedarme tal como estoy y no ir a más, es decir, a mil veces peor, se suma una ruina moral, un desencanto casi general, el convencimiento profundo, al que no miro de frente, de que no saldré de este pozo negro, de que terminaré haciendo uno de esos trabajos matadores sin cualificar para convertirme en un señor gordo embrutecido que pasa los veranos en el mismo sitio donde transcurre su invierno. Eso sí, alguien que escribe con buena letra y sin faltas de ortografía. Sigo intentando defender mi dignidad, sigo intentando sacar cuello, pero cada vez es más difícil. Voy perdiendo la capacidad de concentración; no tengo un objetivo claro que desee alcanzar con todas mis fuerzas y, en realidad, lo único que deseo es pasar desapercibido, no molestar en mi entorno, pasar de puntillas, no hacer ruido. Meto la cabeza bajo el ala, como el avestruz. Consumo cultura de manera casi individual, en la soledad, en una mecedora que chirría, con mis músicas muy bajitas, ambientado con un cono de incienso, a veces con un vermouth, observando ordinarieces varias desde la ventana –bajo mi ventana, colocan varias terrazas con sillas y mesas de plástico; mucha gente acude abducida por el intenso olor de la fritanga; para redondear el cuadro, colocan en la mesa un teléfono móvil con una música ratonera por la que deberían quemar vivos a todos cuantos participan en su difusión-… Intento compensar el desánimo con bonitas canciones, con nuevas o viejas lecturas, con películas que descubro o que recupero. Intento imaginar que esto también se va a pasar. Por eso me gusta escuchar a las personas mayores lúcidas y críticas, que están de vuelta de todo, que las han pasado canutas y ahí están, con un mirada sabia sobre la vida y sobre este periodo de franca decadencia que atravesamos. Esto también se pasará.

sábado, abril 04, 2009

El fin del romance

Vaya por delante que Pedro Almodóvar es seguramente la persona que ha propiciado mis mejores momentos en el cine y que más ha contribuido a que me convirtiera en un cinéfilo. Todo está dicho sobre él y su cine, que al parecer vienen a ser la misma cosa. Madrid, su cine, el verano, el deseo, los chicos guapos, las mujeres inteligentes e intrépidas, el vecindario reconvertido en mucho más que una molestia, los travestis, la España de nuestros padres ofreciendo su cara más vitalista, los diálogos que nos hemos apropiado... Todo ello nos producía una mezcla de emoción, perplejidad, sonrisa, aquiescencia, comprensión y deseo de atrapar rincones inexplorados por P.A. para devolverlos a los demás con la misma autenticidad que él. Pero de eso ya hace años, y las cosas cambiaron. Como también hemos cambiado nosotros. Y, por supuesto, él mismo. Nadie puede exigirle -ni tampoco esperar- que firme otra vez películas como La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Átame o ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Ya lo hizo y nos reímos y emocionamos con ellas. Es fácil de comprender que Almodóvar, o cualquier otro artista, quiera o necesite explorar otros territorios, otras emociones, otros personajes, y contar otras historias. Pero ahora, desde hace años ya, esas historias no me interesan: me aburren. Me interesan a lo sumo un rato, un personaje a veces secundario; me río con una frase, recupero otro decorado de Madrid, escucho alguna canción bonita que ya se queda para siempre... pero no me emocionan. Desde Tacones lejanos no conecto con Almodóvar. Sí volví a conectar en Todo sobre mi madre, donde hay partes que me emocionan. Yo divido la filmografía de Almodóvar en dos épocas: Las películas de los 80 y Las Otras. En las de los 80 me veía reflejado; en las otras siento que habla de extraterrestres. Y tiene todo su derecho, por supuesto. De igual modo que yo tengo derecho a olvidarlas apenas pasadas por la retina, antes de los créditos finales.

viernes, enero 23, 2009

Comunicación, soledad, pudor

Solemos quejarnos de la seducción de la rutina, de sus trampas, de su poder embrutecedor. Pasamos los días pensando que todos se parecen, cuando no son exactamente iguales. O nos empeñamos en una hiperactividad que en el fondo solo esconde una huida hacia delante, pero huida al fin; el deseo de no estar solo ante la incapacidad de estarlo. Pero el hombre -y, como siempre, la mujer y el travesti-, en lo esencial, está solo, unas veces porque no hay nadie a su alrededor, otras porque se siente así. No hay nada nuevo bajo el sol, y nunca lo habrá. A menos que se produzca un milagro. A veces se produce un milagro: uno encuentra a una persona que se parece a él. Fluye la comunicación, parece que comparten un mismo lenguaje, que las miradas sobre las cosas se complementan, que definen todos los colores al cruzarse, desde el magenta al índigo; que sobran la mitad de las palabras porque tienen doble significado... Esto dura un tiempo. Luego, la comunicación se vuelve perezosa, las palabras se vuelven pegajosas, se hacen pesadas, traicionan al pensamiento. Y ya no tiene remedio: la comunicación se vuelve incomunicación. Y uno aprende que lo verdaderamente humano es estar solo, que podrá volver a vislumbrar destellos de aquella comunicación, pero el resultado es la soledad. Deberíamos ser educados en esa línea. Nos deberían enseñar a saber estar solos, a valorar la soledad, sin por ello estar incapacitados para las relaciones humanas. Parece ser que según vamos cumpliendo años aguantamos menos. A veces, ni nos aguantamos a nosotros mismos. Deberían educarnos en otros valores que parecen no estar en boga hoy en día. La generosidad, por ejemplo. Escuchar al otro, tratar de comprenderlo, pensar que si está contando algo es porque le mueve a ello una razón, a veces una necesidad. También es cierto que muchas se produce el abuso de confianza, que muchas de las personas que conocemos son como sanguijuelas a las que les gusta demasiado atraer todas las atenciones. Hay que saber distinguir, hay que saber zanjar, hay que saber ser generoso y protegerse. Las serpientes, en general, se desnudan, pierden la camisa y dejan rastro de su paso. Son impúdicas. Yo pensaba que, como ellas, también lo era. Pero acabo de aprender que no es así. Soy más pudoroso de lo que creía. No me gusta desgranarme y contarlo todo, aunque siempre he abogado por la expresión de las inquietudes, por la verbalización, oral o escrita, de lo que nos preocupa, como una manera de exorcizar los demonios. Una vez más, he chocado contra mi propia contradicción. No me gusta hablar sobre mí, sobre mi esencia. No me apetece desnudarme. Lo acabo de descubrir. Suele ser apreciada en mí la capacidad de escucha. Por lo menos, tengo eso. También la discreción. Pero parezco incapacitado para establecer una corriente alterna de comunicación. A veces, existe algo parecido a la comunicación, pero no suele ser duradero. Seguiré intentándolo. Como a Antonioni, la comunicación marca mi vida, mi búsqueda. Me he empeñado en un cometido que se revela casi imposible, pero no me rindo.

sábado, noviembre 29, 2008

Una bonita estrategia para separar a las personas

Me gustaría comprender a mis amigas feministas que se han apuntado a la estrategia de convertir el lenguaje en algo tedioso, irritante y desnaturalizado con el fin de sentirse representadas en él. Para ello han recurrido a fórmulas infantiles que, además de producir bostezos, manifiestan el pensamiento que va aparejado con el lenguaje y que consiste en separar. Por eso no las entiendo, y es una pena. No tengo por qué justificarme; me conocen y saben que critico, rechazo y batallo por una sociedad igualitaria, donde los hombres y las mujeres se entiendan en primer lugar como personas, donde las obligaciones y deberes nos afecten a todos por igual, sin diferenciar el sexo. Estoy igualmente de acuerdo –es una obviedad- en que el lenguaje es pensamiento. El lenguaje, además, ofrece la cosmovisión que define a cada cual. Pero el lenguaje también es algo hermoso. Es cierto que no todo el mundo está dotado ni para apreciarlo ni para construir con él un discurso que merezca la pena leer o escuchar. Servirse del lenguaje es muy difícil. El lenguaje, además, es convención social histórica. Arrastra su propia inercia –ahí están los pesados volúmenes de historia de la lengua para demostrarlo, y convendría consultar antes de lanzarse a enunciar medidas artificiales de cambio que no se sostienen ante el menor análisis sociolingüístico. La estrategia de desdoblar los pronombres y los sustantivos es tan artificiosa como falaz. Por fortuna, el castellano posee un genérico, que por ser genérico incluye los dos géneros –que es el concepto aplicable al lenguaje; el sexo no tiene nada que ver con el lenguaje, sino con las especies animales. Que coincida con la forma del masculino no quiere decir que el genérico sea masculino y que por tanto excluya al femenino. Y no puede existir un genérico o universal masculino: eso es una contradicción. Y este es el quid de la cuestión que tantos problemas de identidad plantea a las feministas. No voy a fusilar aquí la Gramática de Emilio Alarcos Llorach –sí, es un hombre; no es una señora ni un travesti; la señora que lo desee puede enmendarle la plana y subsanar los fallos que existan en su obra, o proponer otra forma de abordar una realidad tan apasionante e inherente al hombre –en su sentido genérico, obviamente- como la lengua; solo voy a remitir a quienes deseen ampliar su horizonte de conocimiento y contemplar principios necesarios para emitir un argumento sólido al capítulo V de la obra citada. El castellano posee mecanismos de construcción suficientes para adecuarse a nuevas realidades. Permite introducir nuevos términos de diferentes orígenes. El lenguaje está vivo. Por eso, se ha integrado en él una rica lista de vocabulario nuevo o de nuevas acepciones de términos que ya existían. Pero hay empeños artificiales que pasarán de moda. Nadie puede aguantar un chirrido como “cuando se lo diga a ellos y ellas, se van a quedar flipados y flipadas”. Es ridículo, produce rechazo y solo mueve a la burla y al alejamiento. ¿Habrá que erradicar el término “padres”: - Ten el teléfono de casa de mi padre y de mi madre, por si no hay cobertura? No hay voluntad de eliminar el sexismo en el lenguaje ni de acercar a las personas, sino de radicalizar las posturas machistas y feministas en los extremos -y eso no es bueno-, y de alejar a los seres. Ese es el peligro, aparte del fallido intento de convertir la lengua en algo vulgar y feo.

miércoles, septiembre 10, 2008

Rarezas

Lo raro es vivir: así tituló Carmen Maite Gaite uno de sus libros. En mi pueblo, decir de alguien que tiene rarezas significa que no sabes por dónde cogerlo, que tiene manías, tics, hábitos irracionales e indesmontables. Todos tenemos alguna rareza, pero cuando alguien colecciona con verdadero afán, entonces las cosas se complican, sobre todo si tienes que coexistir con la persona en cuestión.
Raro, rareza, bizarro, extraño... suena mal: tiene connotaciones peyorativas. Sin embargo, en francés "rare" no es equivalente de extraño, sino de escaso: "Je ne prends le train qu'en rares occasions". Quienes no quieren utilizar el término raro, se acogen a otro al que le otorgan una carga eufemística, aunque viene a ser lo mismo: "Fulanito es peculiar". Hay otros que directamente hacen de su capa un sayo y utilizan otro adjetivo que hemos escuchado en las películas: "genuino". Y los más descarados dan un paso más y dicen: "Fulanito es realmente auténtico". O "increíble".
En fin, todos estos calificativos en realidad no quieren decir nada, no significan nada. ¿Qué es ser raro? Una chica de unos 27 años con la que me suelo cruzar es rara: se tapa la cara blancuzca con una melenita pobrísima de un color paja y un maquillaje que parece haberle tirado su madre por la ventana antes de coger el autobús; la hechura de sus vestidos está directamente inspirada en los que lucía la actriz que anunciaba el queso suizo Maman Louise: faldones, pecho ceñido y drapeado y todo lo demás, vuelo; gasas, etc. Esta chica es rara. Y se jacta ello.
Yo también soy raro. No me gustan los ruidos y persigo el orden (un orden que en absoluto es obsesivo). Valoro y trato de poner en práctica la buena educación. Cuando me comprometo a hacer algo, trato de cumplirlo: le doy un valor a las palabras, y sobre todo a la palabra pronunciada o escrita. No tengo televisión en casa porque desde hace años me resulta ALTAMENTE contaminante (especialmente, Canal Sur, televisión o radio, tanto da, que creo que analfabetiza, entontece y embrutece). Sigo llevando pañuelos de tela en el bolsillo. Dejo pasar primero a los demás, sean hombres, mujeres o travestis. Antes de tomar la palabra, espero a que el otro termine de hablar. Y no me vale aquello de "Aquí te pillo, aquí te mato". Admiro a las personas trabajadoras, que se esfuerzan por mejorar, que observan y se interesan por lo que pasa a su alrededor, que ayudan a los otros, que no van arrasando con todo lo que hay, que no despilfarran el agua o los recursos de todos. Admiro a las personas que trabajan: estoy hasta la peineta de cuentistas. Admiro a las personas que entregan su tiempo, que son generosas. Y deseo ser eso: trabajador para mejorar mi entorno y generoso. Y admiro la cultura francesa: me gusta Francia, el francés y los franceses. Y una tarde ideal para mí tiene lugar en una terraza con vistas, como la que se ve en la foto de un hotel de Madrid. Por todo ello (y por más cosas), soy raro, bizarro, extraño, peculiar, auténtico, genuino, diferente, original, insólito, chocante. O como quieran llamarlo.

domingo, junio 29, 2008

¡Cómo hemos cambiado!

No es sencillo mantener un blog a diario, ni siquiera de forma semanal. Al final se convierte en una tiranía. Eso no quiere decir que uno deje de plantearse interrogantes, aunque sí es cierto que hubo días que se parecieron peligrosamente al precedente y al posterior. Uno sigue, afortunadamente, vivo. Y con ganas de seguir viviendo. Y creciendo. Se va cruzando con gente que le hace mirar de otra forma. A veces se le quedan cuentas pendientes, malatiende a amigos por los que sentía devoción incondicional. Engrasa articulaciones mentales. Escucha. Observa. Desciende en caída libre, pero un buen día dice que se debe una tregua, una larga tregua, otra oportunidad. Pasa el tiempo. Javier Marías en su artículo dominical decía hoy que a veces uno permanece casi petrificado durante años, sin acusar el menor cambio, pero, de repente, un año apenas es suficiente para una gran revolución que se marca en la cara. Y todo tiene que ver con el vivir. Ese es el gran empeño que no podemos perder de vista. Volveremos a las andadas y trataremos de renovar la mirada.

martes, mayo 22, 2007

me gusta / no me gusta

me gusta Los campos verdes de abril Los campos amarillos de girasoles Los campos rojos de amapolas Las viejas fábricas con chimeneas para reconvertirlas en centros culturales en los que NO se vende nada Las construcciones, en general (secaderos de tabaco, cortijos, iglesias…) rehabilitadas y reutilizadas La gente que saluda, que dice buenos días y adiós. La gente educada. Los niños educados Las medianas de las autovías en las que hay vegetación: flores, retamas en flor… Las canciones bonitas Las terrazas y las azoteas de las casas. Las terrazas de los bares y los cafés Los cafés Las fuentes que no son cursis Los árboles grandes Las bolsas de papel Las bolsas de tela para hacer la compra La gente con buena pata, con sentido del humor Los libros de Jardiel Poncela y de Fran Lebowitz Las historias cotidianas no me gusta Los pueblos sin sabor Las construcciones con bloques de cemento y ondulina Los centros comerciales El Corte Inglés Los aparcamientos Las filas de coches Las estaciones de autobuses Las urbanizaciones en medio de la nada con nombres como “Paraíso” o “Mirasierra” Los rótulos publicitarios demasiado diseñados Los bloques de pisos al borde de la carretera Los bloques de piso que no están al borde de la carretera Los hoteles en serie Las campañas electorales La publicidad que me tutea La publicidad descuidada Los barrios de la periferia La gente que está permanentemente de mal humor La gente inepta total para la menor felicidad La perversión y la obscenidad televisivas Los chándales

lunes, mayo 14, 2007

¿Qué hice en los 90?

Fui al cine y vi cientos de películas. Películas españolas, francesas e inglesas. Pero también italianas, alemanas o portuguesas. Películas chinas, taiwanesas o neozelandesas. Películas suecas, rusas e incluso finlandesas. Películas argentinas, cubanas o mexicanas, pero también norteamericanas y canadienses. Películas en el cine de estreno, en los restos que quedaban en Madrid de sesión continua y en la filmoteca. En ciclos que se programaban en Madrid o en festivales como el de Valladolid o el de San Sebastián. Sin duda, todo ese cine me ha hecho como soy ahora, aunque yo no sepa detectarlo. Vi casi todas las películas de asunto gay, casi todas en las que intervenían mis mitos de entonces: Robert de Niro, Harvey Keitel, Sean Penn, Sharon Stone, Ángela Molina, Javier Bardem o Jessica Lange. De todas esas películas, solo se han quedado realmente entre mis referencias cotidianas un par de docenas, quizá alguna más. Por supuesto, “Thelma y Louise”, “Casino” o “Pena de muerte”. El "Hamlet" de Kenneth Branagh: me encantó. La vi, como la mayoría de estas películas, yo solo. Creo que fue en el cine Luchana, en verano, con un aire acondicionado tan a tope que yo quise tener un abrigo como el que lucía Hamlet. Sin duda, un excelente diseño de vestuario. Y mucho más. “Tomates verdes fritos”, “Paseando a Miss Daisy” y “Freda y Camila”, todas protagonizadas por Jessica Tandy. Pobrecita. Cine iraní, “A través de los olivos”, del que me retiré a tiempo. Demasiada poesía. “Swoon”, “Living to the end” –heavy-, “Jeffrey”, “Nosotros dos” –cine australiano con un jovencito Russell Crowe pre-gladiator y al parecer lampando por un papel que llevarse a la boca, incluido el de un gay con un padre supercomprensivo; un espanto llamado “Bésame, Guido”, “Amor de hombre” –en cuya fiesta en Pachá estaba el principito-, “Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí” o “Las noches salvajes”, una película que sí me trastornó. Y muchas más: “Zero Patience”, un musical gay; “Love, valour and compassion”, un película de gran ternura llamada “Beautiful things” –con una frase genial: “Si decido reconvertirlo en burdel, te llamaré”- o “Los juncos salvajes”, otra película preciosa. Vi películas que sé que me gustaron pero me cuesta mucho decir de qué iban: vi casi todas las de Eric Rohmer, vi una india, “La reina de los bandidos”, vi “Pequeños arreglos con los muertos” y “Mi amiga Max”. Vi todas las de Hal Hartley, como si Hal Hartley fuera… imprescindible. De sus películas apenas recuerdo los títulos: “La increíble verdad”, “Trust”, la más bonita; “Simple men”, “Amateur” y “Flirt”. Creo que ahí me paré. Y poco después se paró él. Vi clásicos por un tubo en la filmoteca, desde “Bienvenido, Mr. Marshall” hasta “Encadenados” pasando por “El gran carnaval” o “Fedora”, que son desde entonces algunas de mis pelis favoritas.

lunes, abril 09, 2007

Té paquistaní

Ya no es ningún misterio que El Equilibrio y yo no somos ni de lejos dos extremos de una misma relación; vamos por caminos diferentes. Divergentes, incluso. Uno de mis amigos, al que yo estimo bastante equilibrado, acaba de contarme –no diré confesarme, claro- que se ha buscado un psicólogo de cabecera. La verdad es que me parece un lujo envidiable. He vencido la sorpresa, pero no el pudor para preguntarle: “¿Y eso?” Por otro lado, el de los psicólogos es el gremio que tengo más a mano. Ya le plantearé algunas cuestiones a mi ángela en la ciudad. Lo cierto es que me siento como en volandas; yo no conduzco mi vida. Voy de un lado para otro como un títere –sin cabeza-, sin objetivos claros, sin saber los pasos que debo dar y dando con frecuencia pasos en falso. En resumen, me visto de un barniz de diletante sin poder permitírmelo. Aunque debería estar leyendo a Montaigne, en realidad me apetece más hincarle el diente por fin al primer volumen de las memorias de Terenci Moix (de hecho, ya lo estoy haciendo). Sigo paseando por la ciudad, pero ahora con la fantástica novedad de un iPod, gentileza de los amigos de allende el océano y el lago. Los paseos por la ciudad, ambientados con la música que por primera vez sale de mi casa –Vincent Delerm, Seu Jorge, Dino Saluzzi, Jane Birkin…-, adquieren de pronto otra dimensión. Tienen un punto de desrealiadad. Es como si me volviera invisible de pronto, o como si las escenas que observo –la mayor parte de las veces de un feísmo supino- fueran puro teatro: un niño gordo comiendo churros a media tarde, un conjunto de nylon de color marrón y grandes letras doradas: DIOR; narices necrosadas; gente que parece pavonearse con el carro de la compra a rebosar de artículos que van desde la bollería industrial a las ruedas de recambio; voces que estarían muy bien si acaban de anunciar el Armagedón –pero no antes-;… De todo ello me distancian estas músicas que llevo encima en un espacio inferior a una breve caja de cerillas. De costumbre, no pasa nada. Unos días se parecen bastante a otros. Uno sale, toma café con los amigos y sigue con los quehaceres. Pero de pronto alguien nuevo se suma al café o al té paquistaní. Tanto da. Y la mayor parte de las veces no pasa nada. Pero de pronto un día se produce una especie de flechazo. Te presentan a alguien y, acto seguido, por un maravilloso azar, una mirada negra se ha clavado en tu mirada, y un intercambio de frases banales en realidad se está convirtiendo en pura pasión, el “trabajo en el conservatorio” significa “mi cama es enooorme”… Y cinco minutos más tarde hay una invitación para acogerte en una casa a 300 kilómetros. ¿Qué ha pasado? ¿Quién está tan desequilibrado con tú? Quizá nunca se va a materializar esa invitación, y da igual. La cosa es que mientras dura el té, mientras las miradas atraviesan a los otros tertulianos para llegar a esos ojos negros, miradas ambientadas por la música de Carlos Berlanga, se está produciendo una historia, incluso una gran historia aunque solo dure una hora. La hora del té. Té paquistaní.

domingo, marzo 11, 2007

Por qué sonrío al escuchar a Vincent Delerm

Me pone contento escuchar a Vincent Delerm porque: 1. Me gusta la idea de traducir sus canciones, sus ocurrencias, y de buscar sus equivalencias en español. 2. Me parece elegante su voz grave, ideal para intentar aprender un poco de francés, para intentar captar las letras y luego ir a verificarlas en www.paroles.net. 3. Me parece divertido, alguien con quien yo me entendería, con una mirada distinta y especial sobre los detalles de la vida cotidiana, y más particularmente sobre las relaciones chico-chica. Nada tiene por qué ser tan terriblemente complicado, no hay por qué hacerse daño gratuitamente solo porque el deseo se ha esfumado, ni hacer un drama si te dejan. ¿A quién no han abandonado alguna vez? Pero lo importante es seguir deseando, y desear también encontrar otros amores en los que derrochar nuestro cariño. 4. Me río con sus divertidos vídeos, como el de "Sous les avalanches", con Jean Rochefort. 5. Sus homenajes al cine -"Deauville sans Trintignant", "Fanny Ardant et moi", dúos con Irène Jacob o la cita de la biografía de Simone Signoret- y a la literatura, atreviéndose a reírse de una adaptación de Shakespeare o rescatando el momento en que te cruzas en la calle una celebridad discreta como Patrick Modiano, son a la vez un autorretrato. 6. Sus canciones se compone de una mezcla de ternura, humor, ironía y ninguna pretensión. Por todo ello me gusta escucharlo, cantar sus canciones, hablar de él. Y sonrío.

lunes, marzo 05, 2007

Noche andaluza de luna llena con eclipse y una chumbera

Ya hace casi tres años que llegué a Granada, y me encanta; me encanta vivir aquí. He tenido mucha suerte porque cuando nada más llegar apareció mi Ángela, me tendió la mano y me presentó a la mayor parte de la gente que conozco ahora. Todavía me queden algunos pasos que dar para sentirme realmente cómodo: ese es el reto y en ello estoy.
Este fin de semana ha sido la primavera. ¡Qué alegría, qué gusto que hubiera sol, luz, gente en la calle! La noche del sábado fuimos a ver actuar a Chúa Alba y su cuadro flamenco; Chúa ha incorporado un contrabajo, y ese instrumento enorme le da una sobriedad y una elegancia nueva a su actuación. Me gustaron mucho los fandangos de Huelva con que abrieron el espectáculo; me pierden los fandangos. Y se me pasó sin sentir la actuación, en ese teatro tan especial que es La Chumbera.
El edificio justifica la condena a trabajos forzados perpetuos del arquitecto -si es que lo hubo-, del empresario y de todo el equipo municipal que extendió las autorizaciones oportunas para que levantaran semejante aberración en un entorno tan hermoso como la colina del Sacromonte. Es como un polideportivo o un gallinero, construido con materiales de derribo y terminado a toda velocidad, sin tiempo para verificar si todas las localidades tenían o no visibilidad. Pero a pesar de la labor nefasta de la mano del hombre, el entorno se impone. En lo único que han acertado es en ajardinar los accesos y en poner una gran luna de cristal como fondo del escenario. Lo que se ve detrás de ella es La Alhambra iluminada, y eso te reconcilia una y mil veces contigo mismo y con la vida.
Al salir del espectáculo, la hora de los saludos, los comentarios, los piropos a los artistas... Era como una fiesta, como una gran cita con mucha gente a la que conoces, pero a quien no llamas. A todos nos unían las mismas ganas de disfrutar de una gran noche. Y además aún nos quedaba por ver a la luna atravesar por todas sus fases, ir ocultándose con la proyección de la sombra de la tierra hasta convertirse en una especie de gran moneda de cobre. En fin, todo un regalo.
Luego, unos vinos en una terraza del Albayzín. Gente nueva, charla, tensión sexual, privamera, risas, miradas que se cruzan, un poco de humor, poesía, ganas de soltar lastre, de dejar atrás pesos que nos estancan, gente que no pierde el tiempo... Ya está bien: un poco de hedonismo nunca viene mal.

sábado, febrero 24, 2007

El final de Piedras (2002), de Ramón Salazar

CARTA DE LEIRE DESDE LISBOA A SU AMIGO JAVIER “… Enhorabuena por ese novio médico estupendo que te has echado, no muy guapo, pero con una interesante nariz grande, aficionado a Mafalda como tú y melómano (…) Pues a ver cuándo me hacéis una visita tú y tu novio para que os dé el visto bueno. Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido. Pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe, pero acertando en las letras que quiero dar. Estoy tranquila. Por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro. Eso es bueno, ¿no? Y tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez y olvidarme de que esta y cualquier otra ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque solo sea un poco. Bueno, si es mucho, mejor. ¿Has visto qué egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos solo para no estar solos? Yo creo que me he enamorado de un chico. Bueno, de su cogote. Me encanta el cogote de un conductor de tranvía al que no conozco. Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre soñaste tener. ¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda: son la excusa para vivir. Por eso a veces también se convierten en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos. ¡Qué putada, Javier! Asumir que nunca serás lo que siempre deseaste. Ni esperarlo siquiera. ¡Joder! Deseo, deseo, deseo, deseo. Quiero con todas mis fuerzas ser feliz, y con eso hacer un poquito felices también a los que me rodean. Eso es lo que siempre quise. ¡Ay, qué bien! ¡Qué bien Lisboa, Javier! Besos, ”

domingo, febrero 11, 2007

Renée Le Calm

Este fin de semana he programado en casa una sesión doble de cine francés: “Cada uno busca su gato” (1996) y “Cuatro estrellas” (2006). De la primera, que ya la había visto en su estreno, tenía un grato pero desdibujado recuerdo. Me ha gustado mucho recuperarla: es una película fresca, sin grandes pretensiones, amable, divertida, en la que se idealizan las relaciones humanas de un barrio de gran ciudad. Aquí está representado por sus entrañables viudas jubiladas, un perfecto ejército organizado para ayudarse y ayudar a quien estimen que lo necesita. En este caso, todas se vuelcan para encontrar el gato perdido de una joven maquilladora en los alrededores de La Bastilla. Esta hermandad, esta colaboración, esta solidaridad, ya no existe. A menos que hagamos lo que esté de nuestra mano por recuperarla… Me quedo con muchos elementos de la película: el piso de la protagonista, la parodia de las sesiones de fotos de modelos de maquillaje, el compañero de piso, la red perfectamente coordinada de las ancianas del barrio, las vistas de París desde lo alto de la columna de La Bastilla… Pero lo que ya no olvidaré es la señora mayor que se encarga del gato protagonista, Gris-Gris. Ella es madame Renée y está interpretada por una actriz –quizá no profesional, no lo sé; esta fue la primera película en la que aparecía acreditada- llamada Renée Le Calm. La primera vez que vi está película hace 10 años sí la olvidé, pero esta vez ya no será así. Tiene la voz cascada, es bajita, graciosa sin pretenderlo, anda cojeando, tiene un gran amor a los gatos –sin que por ello pierda los papeles- y la conoce y la quiere todo el barrio. Pues bien, Renée Le Calm sigue viva, afortunadamente, y ligada al cine. Lo descubrí en la segunda película de la sesión. Los dos minutos en que aparece antes de los títulos de crédito en “Cuatro estrellas” le bastan para convertirse en lo mejor de la película. Apenas cuatro frases, cuatro breves réplicas y crea un personaje maravilloso, divertido, ácido, madame Poilloux, del que ya no te olvidas en todo el film, por lo demás, una comedieta ligera, bien interpretada, pero sin más. Sin embargo, solo por esta secuencia inicial hilarante, merece la pena verlo. Sirvan, pues, estas líneas como sencillo homenaje a esta actriz entrañable que me ha hecho pasar tan buenos ratos. Sirvan también para llamar la atención sobre ella y sobre tantos actores de reparto sin los cuales las películas no alcanzarían su grandeza en unos casos o no tendrían interés alguno en otros. Le seguiré la estela, señora Le Calm. Gracias.

miércoles, enero 31, 2007

La familia: Canto de Odio, de Dorothy Parker

Odio a la familia: Me produce calambres Primero están las Tías: ¡Incluso los mejores de entre nosotros tienen! Siempre te visitan cuando están de paso Y si les pides que se queden, Se apresuran a tomarte la palabra. Y no fallan nunca en decirte la mala cara que tienes. Te agobian con los chismes De sus amigos que están Chochos, No dejan de hablar de sus Órganos Que siguen en un Estado Crítico Y dedican el tiempo a hacer pasar por la pantalla de rayos X Ciertas partes de su cuerpo todas con nombres que hay que pronunciar borracho. Todo eso para acabar por confiarte lo que acaba de declarar el doctor: Que no tienen más que una posibilidad entre cien… ¡Todavía una posibilidad más! Y luego también las Cuñadas, Esos Males Necesarios del Matrimonio… Lo único que no dicen de ti Es lo que no saben decir por falta de vocabulario. Poco importa lo que hagas, Ellas saben hacerlo mucho mejor que tú. Espulgan la casa en busca de la menor mota de polvo. Y si no lo encuentran, Es para ellas un día negro… Si les ves esa cara ofendida, Si se arrogan el derecho de darse esos aires de mártir, Es porque no soportan que no se les aprecie más que cuando se van… ¡Claro! Y aún están los Sobrinos… Esta baja especie de la vida animal… Profieren cosas geniales Y nada en el mundo podría impedirles Recitar sus poemitas en honor de las Barras y Estrellas. Tienen sentido del humor: del humor Negro… Te pegan chillidos en la oreja, Retiran la silla en la que te vas a sentar… Cada vez que intentas causar buena impresión a alguien, Son ellos los que aparecen, Impacientes por probar las palabras que han aprendido en el kiosco de helados… ¡Lo que deseo es que el Gobierno llame a filas a todos los varones menores de diez años! Y por fin los Maridos… Esa Cruz que arrastra la Mujer Blanca. Nunca se dan cuenta de nuestro vestido nuevo, Tienes que ponérselo en las narices. Te hablan sin cesar del negocio que acaban de cerrar, De sus talentos de estratega, Y tú tienes que poner cara de estar transida de admiración. Están siempre plantados en la puerta de tu habitación Sacando el reloj cada cinco minutos: “¿Cómo no estás todavía lista?” Imposible que ellos se equivoquen: Todo es siempre por tu culpa… Y cada vez que sales a darte un respiro, Te topas con ellos… Si por lo menos alguien pudiera desatornillarlos…! Odio a la familia: Me produce calambres

lunes, enero 15, 2007

Delon

Me gusta mucho Alain Delon: me gusta verlo en fotos antiguas. Y en El silencio de un hombre, una película que me encanta. Me gusta escuchar Paroles, paroles, el dúo de 1973 que hicieron Dalida y él: me pone contento y me la sé de memoria. Me trae buenos recuerdos. Ahora estoy escuchando el nuevo disco de Françoise Hardy, en el que canta con gente muy conocida alguna de sus canciones preferidas. La que más me gusta a mí es la que canta con Delon, Modern Style, aunque hay que decir que la voz de Delon suena ... de otra manera. Así que me he dado un paseo por internet para contarles lo que sigue sobre él:
A principios de los 70, Alain Delon pasó TVE para ser entrevistado en Directísimo por José María Íñigo. En 2004, Íñigo publicó un recopilatorio de anécdotas titulado Ahora hablo yo, y ahí cuenta que, de todos los entrevistados que han pasado por sus programas, de quien guarda el recuerdo más desagradable es de Alain Delon, alguien frío, distante, técnicamente correcto con él –solo respondió a las preguntas de Íñigo; se negó a que el resto de periodistas que acudieron al programa le interrogaran-; altivo. O por decirlo sin eufemismos: un chulo. Pero al menos, en aquella época estaba todavía en la cresta de la ola, de su belleza y de su carrera como actor. Posteriormente, ha mantenido su reputación de alguien desagradable con un discurso ideológico que lo convertiría en un peligro –nada que ver con su papel en El eclipse, de Antonioni-, si alguna vez lograra una mínima cuota de poder, y que tuvo sus escarceos en negocios no muy nobles y nunca del todo aclarados allá por 1968.
Hoy, con 70 años, el declive se ha cebado con su carrera; y de su antigua belleza, queda una pálida sombra –pálida sombra, no obstante, por la que me imagino que firmaría ahora mismo Burt Reynolds, tras su tête-à-tête con la ciru.
Pero además de esta Cara B, la Cara A presenta a un mito erótico de los 60 y 70 con el que podemos repasar algunos importantes títulos del cine francés. Porque Delon se ha rodeado de gente realmente importante en sus películas.
Su paso por el Festival de Cannes de 1957 fue decisivo porque de ahí le salieron dos contratos. Y en 1958, ya es protagonista junto a Romy Schneider de Amoríos (“Christine”). Con ella repetiría en A pleno sol (1959), un clásico del cine negro, adaptación de la novela de P. Highsmith, y en La piscina (1968), que supuso el debut de Jane Birkin.
En 1960, Visconti, que tan ligado estaría luego a Romy Schneider, contrata a Delon para protagonizar Rocco y sus hermanos, film adscrito al neorrealismo y punto de inflexión en la carrera de Visconti. Tres años más tarde repiten en la adaptación de la crónica de la historia italiana escrita por el barón de Lampedusa y que ganó la Palma de Oro en Cannes. En El gatopardo aparece Serge Reggiani, igualmente conocido por su faceta como cantante. (Su película más conocida, coprotagonizada por Simone Signoret, fue París, bajos fondos. Murió en 2004). Delon también será el espadachín de El tulipán negro, rodada en España, y participa el drama bélico sobre la invasión de París por los nazis ¿Arde París?, junto a un reparto estelar: Belmondo –a quien encontrará de nuevo en Borsalino (1969) y en Uno de dos (1998)-, Kirk Douglas, Leslie Caron, Michel Piccoli o Charles Boyer.
Y con algunos otros títulos en medio, llegamos a 1967 y a Le samuraï, de Jean-Pierre Melville. El título en español, El silencio de un hombre, está sacado de una cita que leemos al principio de la película y recoge perfectamente su espíritu. Jeff Costello, vestido con gabardina y sombrero, es un asesino profesional. Y además es un hombre silencioso y solo, desprovisto de cualquier emoción, excepto de una profunda mirada. Engañado por sus socios, este héroe tendrá que defenderse de dos fuegos, la policía y sus cómplices. Y en esta doble persecución por las calles y el metro de París, con un tratamiento que nada tiene que ver con el de Hollywood, Melville presenta a un hombre profundamente solo y acorralado, que es mucho más que un simple matón.
Delon se rodeó de otros dos grandes de cine francés en El clan de los irlandeses: Lino Ventura y Jean Gabin, con quien repitió en 1973 en Dos hombres en la ciudad.
Secundó a la gran Simone Signoret, con la que alcanzó una relación casi filial, en La viuda Coudert”; a Trintignant en Flic Story; a Brigitte Bardot en una adaptación de cuentos de Poe dirigida por Louis Malle, a Catherine Deneuve en Un flic...
Como se ve, Alain Delon ha trabajado con los mejores actores franceses y algunos internacionales: Paco Rabal, Ingrid Bergman, Shirley McLaine, etc, y, sin duda, es una pieza clave para repasar toda la historia del cine francés jugando a "Los seis grados de separación”. En su haber tiene el César al mejor actor que ganó en 1985 por Notre histoire, de Bertrand Blier, quien contó de nuevo con él en Los actores (2000), una reflexión sobre el mundo de la interpretación y última prestación reseñable del actor hasta la fecha.

sábado, enero 13, 2007

Mariluz

Hace mucho tiempo estuve trabajando en un café del centro de la ciudad. Pasé casi un año. Me gustaba mucho y me entendí muy bien casi desde el principio con mis dos compañeros, con una chica que venía de vez en cuando e, incluso, con mi jefa, un torrente de voz que salía de debajo de una cabellera de color naranja-berlín-cabaret.

Empecé yendo solo los viernes y los sábados, como refuerzo, pero al cabo de un tiempo empezaron a contar conmigo más días a la semana. A mí me venía muy bien porque durante todo ese tiempo no tenía ningún otro ingreso y sí los mismos gastos de siempre, aunque estuvieran reducidos a su expresión más abstracta. Mi manera de ahorrar era reducir las necesidades a su mínima expresión, pero no me lucía mucho el pelo. Además, el café estaba muy animado, y para mí era casi como salir de marcha: no tenía la sensación de hacer un trabajo pesado, y a veces incluso tenía tiempo de sentarme un rato en la mesa de algunos clientes a charlar un rato con ellos. Así que mataba dos pájaros de un tiro: no me quedaba el fin de semana encerrado en casa, muriéndome del asco teniendo que decirles que no a quienes llamaban para proponerme alguna salida, y además ganaba dinero en lugar de gastarlo. El que no se conforma es porque no quiere.

Me encantaba la música que seleccionaba mi jefa. Sonaba constantemente y eso va muy bien conmigo porque no sé hacer prácticamente nada sin música. Me descubrió a mucha gente, como por ejemplo, Dianne Schuur. Aprendí a hacer un buen mojito y algunos cócteles. Y también a hacer cafés variados: irlandés, vienés, capuchino… Me sentí allí muy bien. A veces he pensado en montar un café como aquel.

Tuve ocasión de ver a señoras borrachas a las cuatro de la mañana, que cogen el coche para volver a su casa y las para la policía para hacerles la prueba de alcoholemia. Seguramente no son más patéticas que un señor borracho a las cuatro de la mañana intentando soplar por un alcoholímetro, pero lo parecen. Ellas alegaban no saber soplar, sentir náuseas al meterse un plástico en la boca, todo esto dicho mientras se tambaleaban y exhalaban un aliento a ginebra que tiraba de espaldas.

Había otros elementos de este tipo, esos que seguían aferrados a su copa cuando ya habíamos cerrado, pero en general la gente era agradable, educada e incluso divertida. Entre esta gente, de vez en cuando se colaba algún famosillo, desde un actor en ciernes hasta un presentador de televisión, pasando por directores generales mediatizados por una razón u otra.

Pero el personaje que me viene ahora a la mente no pertenecía ni al grupo de celebridades ni al de borrachuzos de última hora. Era una chica cualquiera, profesora, creo recordar. Al parecer había venido otro día en un grupo, pero en esta ocasión llegó ella sola. Le puse la cerveza que me pidió y unas patatas. No había apenas gente, era a primera hora de la tarde. Me llamó y me explicó que quería decirme algo. Y poco a poco, en los momentos en que podía escucharla mientras nadie me reclamaba, me explicó:

“Es que vine el otro día con unos amigos y nos atendiste tú. Y me gustó tu manera de moverte. A mí siempre me han elegido y esta vez soy yo quien quiere dar el paso. Por eso he venido esta tarde. Perdona que me entrometa así, pero tenía que lanzarme. Es que me pareces buen chico, tierno, atento, educado, y yo quiero probar. Me llamo Mariluz. No sé qué te parece mi atrevimiento… “

“Bueno, no sé, nunca me había ocurrido así. En realidad, es un halago y te lo agradezco. No sé qué decirte. Quizá podemos quedar y charlar en otro sitio porque ahora estoy trabajando…”

“Sí, bueno, no quería molestar. Es que estoy harta de que los demás elijan por mí…”

“Ya entiendo, lo que pasa es que no sé si has ido a elegir adecuadamente… Pero podemos quedar”.

Y quedamos una vez. Y salieron una serie de detalles colaterales que cambiaban substancialmente la imagen que me había hecho de ella. Tenía un hijo de 18 años, 10 años más joven que yo. También tenía un hermano esquizofrénico con un papel protagónico en su vida. Y bueno, yo me disponía a emprender un viaje que me tendría durante unos meses en un paraíso tropical.

Creo que cruzamos alguna otra llamada de cortesía, pero la cosa quedó cerrada aquel día. No salió: no podía salir. Pero recuerdo con cariño su atrevimiento de aquella tarde en el café.

A ver si puedo escribir un capítulo 2.

Mariluz también es el título de una tierna canción de mi grupo favorito, Vainica Doble. Ya sabéis que aprovecho la menor oportunidad para nombrarlas. ¿Para cuándo un homenaje nacional?

lunes, diciembre 04, 2006

Cumpleaños

Hubo un tiempo en que recordaba las fechas de cumpleaños sin esfuerzo. Me lo decían, me enteraba por casualidad en el hilo de una conversación, y se me quedaba grabado para los restos. Todavía recuerdo fechas de cumpleaños de personas cuya cara, Deo Gratias, el tiempo ha difuminado. De otras, en cambio, lo recuerdo todo: el brillo del pelo rubio, los ojos azules, el gesto de su mirada cuando iban a decir algo sarcástico, sus comodines de fin de frase y su cumpleaños: 6 de octubre de 1969.
Hay personas con las que solo hablo una vez al año, el día de su aniversario. Es una más de esas rutinas a las que nos entregamos por una razón o por otra. Y algo se rompe, algo chirría, si por una razón o por otra se me olvida enviarle un señal, un sms, un correo, una tarjeta. Normalmente me ocurre cuando estoy fuera de mi quehaceres diarios: cuando he salido de fin de semana, cuando no he dormido en casa, etc. También ocurre que la vida se va complicando cada vez más y que voy perdiendo cualidades. No me ha servido nunca para ligar recordar la fecha de un cumpleaños; de hecho, no me ha servido para nada, pero al menos era algo que yo controlaba. Ahora se me escapa a veces. Bueno.
Pero cuando eso no ocurre, entonces el día en cuestión se convierte en otra manera de estar con el amigo, con mi madre, con mis hermanos, con la persona que quiero. Desde que me levanto, esa persona me acompaña. En lugar de pensar que se trata del lunes 4 de diciembre, hoy para mí es el cumpleaños de... Me lo imagino en Londres, en Chicago, en Madrid, en París o aquí al lado; me pregunto qué hará durante el día. ¿Le apetecerá festejarlo? Me imagino qué le propondría yo si estuviera en mi ciudad: una excursión a la sierra, una cita en alguno de los últimos bares que he descubierto, una cena-delicatessen en un mesón que ha convertido su nombre en poesía; unos mojitos en algún bar con música en vivo; una cena en casa para mezclar a gente diversa -esta opción es demasiado arriesgada: no me atrevería-...
Y así se suceden las semanas. Poco a poco unos hemos alcanzado los 34 y otros ni se sabe... Y nos empeñamos en seguir cumpliendo y cumpliendo, a veces en unas condiciones deplorables, aunque resulte politicamente incorrecto verbalizarlo. Otros en cambio llevan los 80 mejor que cualquiera lleva los 45. Es cuestión de naturalezas, o probablemente de una disposición u otra frente a la vida. Yo creo que la alegría de vivir, la ternura, el erotismo, la mirada limpia sobre las cosas ayudan bastante para alargar la vida. Voilà!

martes, noviembre 28, 2006

Año nuevo

El tiempo es lo que uno quiera. O debería serlo. En mi círculo social más próximo el sábado pasado decidimos clausurar 2006. Ya estábamos hartos –por lo menos, algunos de nosotros-. Así que nos planteamos que ya era hora de abrirle los brazos de par en par a 2007. Esa noche aprovechamos para inaugurar una hermosa casa en el centro de la ciudad, para mezclarnos un grupo de gente heterogéneo –no todo va a ser homo-, para reír, para ponernos un poco alegres a golpe de brindis con champán, para bailar, para criticar a algunas de esas que no conocíamos de nada y que miraban a nuestras amigas como si fueran a robarles el marido –lo que, de hecho, era cierto, sobre todo porque el marido en cuestión estaba deseando darse una buena sesión de tetas ajenas a cambio de una erección de ensueño-, para degustar un rico buffet frío preparado con mucho cariño, para bailotear una música que otros calificarán de horrible, pero que a mí me gusta: Mi gran noche, de Raphael; La chinita de Shanghai, de Vainica Doble, … Me parece importante darse la oportunidad de alterar la inercia de los acontecimientos para volverlos a nuestro favor, para darles la vuelta, para expresar que nos rebelamos a aceptar la vida como una apisonadora; no, señor: queremos vivir y vivir felices; asumimos las dificultades, los contratiempos y los riesgos, pero que no cuenten con nosotros para quedarnos encerrados en casa lamiéndonos nuestras heridas. Que no cuenten con nosotros para conformarnos con menos que la excelencia. Porque nos merecemos la excelencia, como dice mi amigo J. E invertiremos en esta búsqueda toda la energía que haga falta, llamando a las puertas que se pongan por delante hasta que por fin una de ellas se abra, una puerta de color en una fachada blanca con el interior del marco pintado de azul intenso, una puerta que nos reserva un paisaje que espera que lo descubramos solo nosotros. Entregaremos el corazón otra vez, tendremos taquicardias y nos lo volverán a romper, pero lo importante es estar convencidos de que no nos conformaremos con un corazón roto: tenemos que recomponerlo, como un arqueólogo que logra ordenar por fin todas las teselas de un mosaico romano. Quizá con este nuevo corazón reconstruido tengamos que arrastrar un dolor sordo crónico, pero eso no impedirá que siga latiendo y bombeando emociones, queriendo encontrar un alma gemela, otro corazón quizá igualmente lleno de cicatrices. Y ambos corazones serán más verdad que cualquier corazón impoluto envuelto en papel celofán (o enmarcado por impecables lápices afilados). Como regalo, os hablaré de una canción: É isso aí, de Seu Jorge y Ana Carolina. Para quienes no los conozcan, se trata de dos cantantes cariocas, que hacen aquí una versión en portugués del tema principal de la película Closer, interpretado por Damien Rice: The Blower’s daughter, una hermosa canción también. De hecho, Closer sigue siendo desde que la vi una de esas pelis a la que vuelves con frecuencia, por una razón o por otra. Tengo ganas de volver a verla. Podéis ver un vídeo de la canción de la que os hablo en esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=CjmLI0VyLmM ¡Disfrutadla! Y disfrutadme a mí, porque pienso volver. ¡Feliz 2007!