No voy a hacer aquí tampoco un repaso, punteando cada vez, del diccionario de sentimientos de José Antonio Marina. Aunque exhibicionista -si no, no hablaría tanto de mí en otros foros-, también tengo mi cuota de pudor. Solo quiero referirme al cine, una manifestación artística cada vez más en decadencia, a decir de Eduardo Mendoza, y cuyos inventores, los hermanos Lumière, merecerían un proceso penal póstumo -es lo que siempre dice por activa y por pasiva refleja, mi sabia amiga María de Rumania, hoy convaleciente: María, te necesito en plena forma ya. ¡Mejórate pronto!- por haber propiciado que generaciones enteras creamos que esas historias que vemos en la pantalla podríamos llegar a vivirlas un día. Sí, cuando las ranas críen pelo...
Pues bien, a pesar de todo ello, sigo yendo al cine. Mucho menos que hace años, cuando vivía al lado de las salas que programaban las películas que a mí me interesaban, y después de cenar, dos o tres veces por semana, iba a ver títulos en VO como C'est quoi la vie, Cavale, Requiem for a dream, Solas, Magnolia, Fire, El cielo abierto o La veuve de St Pierre, por citar algunos. Llegó un momento de saturación en el que mezclaba las historias o los actores, y me di cuenta de que tenía que seleccionar más y de que la nacionalidad de una película -moldava, por ejemplo- no bastaba para convertirla en algo que mereciera la pena, por muy remota que fuese.
Bueno, ahora, por variadas razones, voy muchísimo menos al cine. Ahora casi ningún estreno me produce una atracción irreprimible; no es un drama si me pierdo este título o el otro. Pero si por fin voy a ver la película quiero SENTIR. ¿Qué es sentir? Sentir es emocionarme, desear participar de lo que se cuenta, desear haber escrito el guión, creerme a los personajes, desear viajar a los decorados, querer conocer al compositor y a algún actor, tener ocasión de utilizar en mi vida alguna frase de los diálogos:
"Quererte de este modo es un delito y estoy dispuesto a pagar por ello. Lo sabía ya cuando te abordé en la discoteca. Sabía que sería un precio muy alto, pero no me arrepiento" (La ley del deseo)
Quiero que la película se quede en mí, me invada durante un tiempo. Quiero que me muestre otro mundo u otra mirada sobre este mundo. Quiero que me haga pensar en lo que yo no he pensado. Quiero que me haga sonreír, llorar, estremecerme en mi butaca, suspirar. ¿Es pedir mucho? Probablemente sí. Y últimamente me he llevado una calabaza detrás de otra. Iba a ver la película de turno, críticas entusiastas en mi círculo y en la prensa, candidaturas a los premios más importantes, Óscars incluidos, y yo salí indiferente.
Crash me dejó completamente indiferente. Robert Altman lo había hecho antes y mucho mejor. No es una película que sonroje, claro, pero no aporta nada nuevo, nada que no supiéramos ya: la violencia en las grandes ciudades norteamericanas solo está a un tiro de piedra del glamour. ¿Que los actores están bien? Pues sí, es cierto. Pero no es suficiente.
.
Brokeback mountain está bien. Su director es alguien muy solvente que me emocionó con El banquete de bodas o La tormenta de hielo, entre otras. Es un hombre contenido, pero aquí me sobra tanta contención: quiero pasión, más riesgo, más entrega, más rage de vivre. No sé si me paso; no sé si para la historia que se cuenta en esa época -1963- y ese ambiente de machos ya supone bastante riesgo lo que Ang Lee presenta. En todo caso, no cubrió mis expectativas: yo quería más. El único momento de emoción que sentí fue en el primer momento de reencuentro de los protagonistas, tras cuatro años sin verse.
Capote es interesante, pero no es excepcional. El trabajo de su actor es impecable, y hay algunas líneas de diálogo fantásticas. También la actriz Catherine Keener me gustó. Como en otros trabajos. Pero no me cuenta nada que no supiera ya por la biografía de Gerald Clarke. Yo quería más.
El caso que más me entristece es Volver. Coincido con María de Rumania en que a este hombre yo ya no le pillo el ritmo ni con un tambor. Es otra película de la que he salido indiferente. Y me habría hecho tanta ilusión conectar de nuevo con Pedro Almodóvar... Las críticas en la prensa española han sido fantásticas. El público ha respondido y el film ha hecho una buena taquilla. En mi círculo hay quien dice que Volver se cuenta entre las mejores películas de su director. Me encantaría poder decir lo mismo, pero la película escapó de mí en cuanto salí de la sala. Se esfumó y ahora soy yo quien tiene que ir en su busca para poder decir algo de ella. He esperado 17 años para que Carmen Maura se reúna de nuevo con Pedro. Volver era mucho más que una película para mí, y supongo que esta historia de amor se ha terminado. Tengo que buscarme nuevos amantes que me hagan sentir, que es lo que quiero.
Así que ayer me fui a la filmoteca en un intento desesperado de buscar emoción. Era un esfuerzo notable. La semana no ha sido fácil. La gente me parece horrenda en general, dentuda, vestida como para pegarles fuego, sin nada interesante que decir, bla, bla, bla. Estaba cansado y aún me quedaba trabajo por hacer. No tenía con quien ir y además tenía que andar a buen paso durante 35 minutos. Pero hacía una hermosa tarde y decidí ir. ¡Y cómo me alegré de volver a sentir en el cine!
Vi Le temps qui reste, de François Ozon. Iba un poco escéptico porque las dos películas que he visto suyas no me han entusiasmado en absoluto. Pero está claro que soy alguien que da oportunidades. Y ayer no me defraudó. Es una película valiente; seguramente no es redonda, sin duda tiene trampas, pero es interesante y hay momentos de emoción, como cuando el protagonista charla en el coche con su padre, o cuando le pide a su ex que hagan el amor una vez más, la última, y el ex no accede. Por ejemplo. No es una película para todos los públicos, pero le agradezco a Ozon que la haya escrito y filmado, y también a Melvil Poupaud que la haya protagonizado y que le haya dado equilibrio, encanto y profundidad a un personaje que podría haber sido muy desagradable.
Llamé a una amiga nada más salir de la sala para decirle cuánto me había gustado, y regresé a casa. No suele llover mucho por aquí, pero ayer de pronto se oscureció el cielo y empezó a llover. Podía haber resguardado en cualquier bar y haber leído un rato -Plegarias atendidas-, pero preferí mojarme: no quería dejar sentir algo más. Pasaba por delante de gente que aguardaba bajo las cornisas y que no se ahorraban comentarios. Llegué chorreando. Tomé una ducha y un chocolate. Y quedé como nuevo.
Después de tantas decepciones con las últimas películas, El tiempo que queda me ha demostrado que no he perdido la pasión por el cine. Lo único que quiero es sentir. Esa es la cuestión.
sábado, abril 29, 2006
martes, abril 25, 2006
Charada
Hay días en que quizá uno haría bien con no salir de la cama. Hoy es uno de ellos. Suena el despertador, lo apagas y te das media vuelta. Cuando te despiertas de nuevo, con buen apetito, entonces te levantas por fin. Pones música: Hoy puede ser un gran día, de Joan Manuel Serrat. Aunque no creas mucho en ello, te anima. Haces el café y pones una tostada. Aceite, tomate y un diente de ajo. Y luego suena ese disco de versiones: Paroles, paroles por Alain Delon y Dalida y por Mina y Alberto Luppo. Y Fais-moi une place, por Julien Clerc y por Françoise Hardy. Y El que no llora no ama, por Simone y por Manzanita. Y Octobre por Francis Cabrel y por Luz Casal…
Sin prisas.
Tomas una ducha. Abres la puerta, después de comprobar que no hay nadie a la vista, y recoges por fin el periódico.
Haces la cama, cierras la ventana y te vuelves a acostar. Pero para leer. El sol llega a los pies de tu cama. Hoy no vas a salir de casa en todo el día. Hoy revisarás la traducción de los poemas de Dorothy Parker. En la cama. Y no responderás al teléfono.
Echarás un vistazo al periódico. Un artículo de Gil Calvo sobre el gran problema de nuestro país: la burbuja y la especulación inmobiliarias. Bin Laden dando la lata sobre las caricaturas y la necesidad de una cruzada a la inversa. Chico, me produce bostezos. El príncipe Guillermo de Windsor, que vendería su reino por una cabellera como dios manda. Florinda Chico, que cumple 80 años, pero probablemente supere los 100 kilos. Una publicidad de Viajes Crisol, con una tal Lola Muñoz dando la cara, sin pudor: es como para que te entren ganas de no bajarte de la bici en lo que te queda de vida. Y eso que en publicidad estamos bastante bien colocados. Los cursos de verano de varias universidades. Carmen Thyssen versus Gallardón: no me toques el paseo del Prado. El Psoe celebra sus dos años de gobierno y para ello Magdalena Álvarez, la ministra que se ocupa de acabar con la ortofonía en los mercados de abastos, se embute unos pantalones vaqueros que a una postadolescente adicta al McPollo le deben de quedar divinos. No me extraña que Carmen Calvo no se haya arrimado a ella. Encontramos un reportaje sobre la inmigración sahariana en Canarias. El mapa que aparece me viene fenomenal para aprender las fronteras de toda la región. Julián Álvarez, del PA, dice que a Andalucía “nación” le interesa. Pues mira qué bien. El Casino de Marbella, con la que tiene encima, sigue apostando por el marisco gallego, al que le dedica toda una semana, del 25 de abril al 1 de mayo. Como estamos a lunes, las páginas dedicadas a los deportes suman exactamente 20. El sábado 29 hay partido de balonmano, recopa, vuelta de la final entre el Chekhov de Rusia y el Valladolid. En TV, en Versión española, pasan Calle Mayor. Desde ya decides que no la verás otra vez. Es una pena que Juan Antonio Bardem no pudiera llevar a cabo su proyecto de Regreso a la calle Mayor, pero tu cuota de solidaridad hoy está ya agotada. Antes de empezar prácticamente el día. Pero lo que sí vas a ver es Charada. Con Charada no te planteas ni intentar vencer la tentación. Stanley Donen, Audrey Hepburn y Cary Grant: es la gente con la que te gustaría cruzarte en la calle.
En lugar de estar obligado a perseguir a un inquieto funcionario durante dos días para que te explique qué significa la carta que has recibido en la que te reclaman una serie de documentos que ya obran en poder de la administración desde hace tiempo. Pero el señor, después de volver de desayunar y de haberte obligado a esperarlo durante otra media hora, te atiende en la puerta del despacho porque tiene mucha prisa: “Operan a mi madre dentro de media hora”
- Espero entonces que le haya sentado bien el desayuno.
Podría haber desayunado en compañía de su madre. Se podía haber pedido el día libre. En fin, caballero, su vida no me interesa en absoluto: no le pagan para que me la cuente, sino para que me aclare qué significa esta carta.
En la cama se está bien y no hay que cruzarse con semejantes ratas.
Tampoco te tienes que topar con esos parientes que en las fotos, calladitos, pueden resultar incluso agradables. Pero al natural y según qué días, distan mucho inspirarte algo parecido a sentir ganas de tomar un café con ellos. Antes preferirías pasar un fin de semana con un ayatolah.
Bueno, por el momento sigues con Dorothy. La verdad es que la traducción suena a todo menos a poesía: a requerimiento del juzgado, a carta del banco, a receta de cocina, a redacción de niño en la edad del pavo… Pones la radio y solo te entran ganas de quemar todas las cadenas, y particularmente Canal Sur, amenazando al personal con no dejarlos salir si no prometen dedicarse a otra cosa: herreros, cultivadores de tabaco o presidentes de una hermandad. ¿Quién ha diseñado a esa gente? ¿Por qué hablan así? ¿No saben que si no tienen nada que decir no hay ninguna razón para que hablen?
Y así va pasando el día. Llaman por teléfono, pero no reconoces el número y no lo coges. Llama una parte de la familia, pero en realidad no tienes un mundo interior tan rico como para volver a mantener una conversación que no te haya dado tiempo a ensayar, solo 24 horas después de la anterior.
Comes, los restos de un arroz de verduras que te curraste ayer. ¡Humm, qué bueno! Casi está más bueno que ayer: alcachofas, zanahorias, espárragos, judías verdes y gambas. Bueno, mientras comes es agradable escuchar un buen programa de RNE, la recreación de una entrevista a Miguel de Cervantes. ¡Qué voz tiene Alejandro Alcalde!
Sigues traduciendo. Ves pasar a gente por la plaza: qué gente tan horrenda. Es más saludable no mirar. ¡Qué bien que no tengas que salir!
Tomas café y un chupito de amaretto. Escuchas un disco de bossa nova. Vences la tentación de llamar a ese chico que primero se acerca y luego se va sin que sepas realmente qué ha pasado. Pues nada, hombre, tienes vía libre. ¡Adelante! Pero no puedes evitar pensar en él. Ni sentir un ligero escalofrío cuando lo ves alejarse, sin que él te haya visto. “No hay memoria a la que el tiempo no acabe ni dolor que la muerte no consuma”. Lo dijo Cervantes, pero lo podría haber dicho Séneca. También dijo que no echaría ningún libro a la hoguera porque de todos se puede aprender algo. En eso no estoy de acuerdo; probablemente si Miguel viviera hoy, coetáneo de Lucía Etxebarría y de Paolo Coelho, no se atrevería a decir lo mismo. Es más: probablemente habría con gusto participado en otra cruzada contra esos impostores (y muchos otros, que son legión).
Y así pasas el día. El teléfono vuelve a sonar. No me levantaría a cogerlo ni aunque fuera el Papa -sobre todo si fuera el Papa actual: es la primera vez que veo un teutón remilgado hasta el paroxismo.
Pones la radio otra vez y sale un señor que te produce primero ganas de matarlo y luego ganas de llorar. Canta una canción titulada Opa, voy a hacer un corral. Cuando logras reaccionar, comprendes que estás frente a la decadencia real de la civilización occidental. Ben, no necesitas ninguna cruzada; nosotros nos hundimos solos. Comprendes que este verano no se oirá otra cosa. Lo cantarán tus sobrinos, hablarán de ello mientras compras el pan, irás a un bar y lo pondrán o harás un viaje y el conductor lo amenizará sin pudor con toooooooodo el disco.
Pero por fin llegan Cary Grant y Audrey Hepburn. Quizá haya un giro, un choque de partículas lo suficientemente importante como para que este mundo descarrile por algún sitio, y surja gente como ellos y como Stanley Donen. ¿Qué habrías hecho hoy sin ellos? Sin el baile de la naranja, sin la ducha que toma Cary Grant vestido, sin esa elegancia mezclada con ironía e inocencia de Audrey Hepburn, sin esos diálogos, sin París, sin la música de Henry Mancini. Has hecho bien en quedarte en casa. Mañana será otro día, y entonces probablemente Serrat lleve razón.
jueves, marzo 09, 2006
Gloria
TODAVÍA... (de Gloria Fuertes)
Todavía hay gente que al viento le llama céfiro,
y hay quien a lo cursi lo llama poesía,
y a la Poesía, locura.
Todavía hay quien canta a la luna.
¡Yo canto a los hombres de la luna!
A los arrabales de la luna,
a los ríos de leche de la luna;
pero todavía hay gente que se asusta,
se asusta cuando una mujer se pone las botas
para pisar mejor el barro,
se asustan porque somos listos,
porque Dios está con nosotros;
ven que nos quemamos y no comprenden las llamas;
porque componemos canciones previsoras
y al avisar gritamos;
porque en nuestros versos no hablamos de lo que siempre se habló en los
versos:
las olas, la boca, los pájaros.
¿Quién dice que en nuestros versos no hay pájaros?
¿Qué son estos gritos si no aves heridas?
No amar lo caduco, lo seco, lo blando.
¡Los poetas amamos a la sangre!
A la sangre encerrada en la botella del cuerpo,
no a la sangre derramada por los campos,
ni a la sangre derramada por los celos,
por los jueces, por los guerreros;
amamos a la sangre derramada en el cuerpo,
a la sangre feliz que ríe por las venas,
a la sangre que baila cuando damos un beso.
Cantamos al amor.
A lo fresco.
A lo puro.
¡Estamos hartos de cuentos!
¡Y que aprendan los ñoños que el viento es el viento!
Y que cuando se ama, se ama,
y que sólo es pecado el mal comportamiento.
He recibido hoy este poema de Gloria Fuertes y me he acordado de una vieja entrevista que le hizo Vicente Molina Foix para su libro La Edad de Oro, publicado en 1997. En esa altura Gloria tenía 80 lúcidos y lucidos años y declaraba: "Siete amores he tenido y todos excepto aquel de Manolo el chuleta de la FAI me han salido por mi poesía. Parece que quien me lee me quiere. Pero he sufrido mucho de amores; y ahora no. Así se lo digo a ellas mismas, a esas siete grandes personas amadas de mi vida, a las que les dedico un poema reciente:
Me hicisteis faenas (y yo no era un toro).
Me pusisteis cuernos (y yo no era un toro).
El poema sigue, y las enumero, pero con iniciales. No voy a decir nombres. Lo he llamado Carta a los que me dejaron de querer. Ahora estoy sola y sigo siendo cabra loca: a ningún rebaño pertenezco. Pero la próxima espina, si surge, me va a doler menos. A mi edad sigo amando, pero me freno. Ahora mismo hay alguien en mi vida, "no digo nombres", pero es un imposible. Esa persona sabe que la quiero, pero a lo mejor el problema es que yo no estoy bien cicatrizada y no puedo amar como antes. El amor es hermoso y difícil, pero los amores difíciles ... son terribles. Lo que pasa es que el destino nos hace querer lo imposible" (pp. 147-148).
sábado, marzo 04, 2006
Mundo paralelo
Por mi formación, por mi profesión y por los medios que tengo a mi alcance, debería estar perfectamente informado de todo lo que ocurre a mi alrededor. Pues no: a pesar mío, tengo que reconocer que no es en absoluto así. Al contrario. Cada vez la vida en general se complica más, y todos sabemos que hay sobreinformación y que este superávit de datos, de titulares, de crónicas, de citas extraídas capciosamente, lejos de informarnos, nos desinforma. Por lo menos a mí. Para superar esta perversa dimensión de la información y de nuestro tiempo, hay que tener una sólida formación intelectual, una mirada muy crítica sobre lo que nos rodea y una energía imbatible. Y yo carezco de las tres cosas: no estoy dotado para el pensamiento abstracto, intento comprender a todo el mundo y me lo creo casi todo, y la mayoría de las cosas que observo me produce muchísima pereza. Frente a todo ello, tendré que tomar alguna determinación. Pero además, y sobre todo, yo no soy NADA competitivo. NADA competitivo. Esta es una palabra que podrían eliminar del diccionario… Si no fuera porque en general el resto del mundo sí lo es. ¡Y cómo!
Yo no quiero salir a la calle a pelearme con nadie. Por nada. No me interesa darme de tortas ni por una entrada para el concierto de Sting –Sting, dondequiera que estés, me encantaría tener tu careto-, ni por una VPO-Maritoñi Trujillo; no me interesa el trapicheo general en las plazas para según qué oposiciones o para otros trabajos que me encantaría asumir –como programar los ciclos que proyecta la nueva filmoteca de mi ciudad-; nunca me pelearía ni por un tío ni por unos Camper de rebajas. No me interesa ganar nada en esas condiciones. Me parece de un gusto execrable. Claro que así me luce el pelo y la piel de serpiente –de botas, cinturón y bolso a juego-. La suerte es que soy alguien que necesita muy pocas cosas.
Por eso prefiero no hablar de la publicidad. La publicidad no pertenece en absoluto mi mundo. No necesito nada de lo que se anuncia. Y mucho menos en el momento en que se anuncia. Cierto es que estoy suspirando por el sobre-anunciado film de Almodóvar, y que el inteligente manejo de la publicidad por parte de su director tiene bastante que ver. Pero en este caso es obvio que no se trata solo de publicidad: hay muchas otras razones. Me pasa igual con Capote, por ejemplo: tengo intereses ajenos a cualquier campaña publicitaria.
Pero lo que quería expresar es la constatación –que me deja, como siempre, en el peor lugar posible- de que en lugar de saber lo esencial sobre la convención del Partido Popular que se celebra estos días y en la que aprovechan para seguir jugando ese mal partido de tenis que ha entablado con el gobierno del Partido Socialista –y estos no juegan tampoco mejor, ni mucho menos-, pues directamente he zapeado y me he quedado con un titular mucho más plástico de un periódico local: “Una mujer arranca la lengua a su ex marido de un mordisco”. ¡Qué finos los dos! Son como para llevártelos a casa. El resto de la noticia, seguramente escrita por un juntaletras semianalfabeto, no me interesa. Porque con ese arranque me basta.
En lugar leerme un par de páginas con detenimiento para enterarme de una vez de lo que significa una OPA hostil y de lo que supone para una economía como la nuestra -y sobre todo para la mía-, paso todo el bloque de Economía de golpe porque no me interesa ni Endesa, ni Gas Natural ni E.ON. Según Séneca, no hay cosas carentes de interés, sino hombres incapaces de interesarse por ellas. Aquí, si me perdonas, querido Lucio, discrepo contigo de parte a parte y creo que tu estoicismo patina. Cada vez estoy más convencido de que no solo hay cosas, sino también personas, carentes por completo de interés. Cero. Así que yo me paso a hojear una columna –por desgracia, sin ninguna ilustración: ¡habría sido demasiado bonita!- que cuenta el caso de un absurdo joven de 21 años que se olvida el CV en la casa que acaba de desvalijar. Y, claro, lo detienen en un decir Jesús. Solo faltaría que se les hubiera escapado.
Por último, el paseo de Bush por Asia y su flirteo con la pareja de vecinos que viven espalda contra espalda formada por indios y pakistaníes, me deja casi indiferente. No me fío un pelo de ese fantoche. Y cada vez que lo veo, me lo imagino empinando el codo, rodando por la escalera y explicando luego que el accidente se ha debido a una galleta mezclada con un ataque de risa. Y eso me lleva directamente a otra historia absurda de la que se han ocupado algunos medios locales de los que no daré el nombre. Resulta que una estudiante de la ciudad quería enviarle a un amigo que está de Erasmus en Suecia una botella de whisky para su cumpleaños. Se dirige a una empresa que se ocupa de hacer este trabajo y sigue las instrucciones que le dan para enviar algo frágil y con líquido. Pues bien, el amigo, al parecer, ha tenido que celebrar el cumpleaños con una botella de agua de Lanjarón, que es lo que ha recibido. El periódico no dice si natural o con gas. Y tampoco si la amistad se ha fortalecido porque este incidente los unirá para siempre, o si por el contrario se ha resquebrajado.
Como siempre sostengo, me he equivocado de época y de lugar para nacer. Y la solución, dado que no puedo hacer chassss y aparecer a tu lado, no pasa por crearme este mundo paralelo y recrearme en él. Toda sugerencia es bienvenida. Gracias.
lunes, enero 30, 2006
Goyesco
Si hay un hombre en España que, además de hacerlo todo, cada mes de enero suspira por la entrega de los Premios Goya al mejor cine español del año precedente, ese soy yo. En mi círculo, además de por otras muchas digamos rarezas, este es uno de los motivos para que se me mire en cierto modo de través. Y yo lo comprendo. Entre mis conocidos, la mayoría manifiesta un claro desinterés ante semejante acontecimiento. Otros, los más abiertos ante este tipo de espectáculos, sienten un interés circunstancial, si hay amigos que han trabajado en alguna de las películas candidatas. O a veces porque han tenido una gran idea que podría salvar de la quema, al menos por un año, este escaparate de celebración de lo mejor de nuestra producción cinematográfica. Y entonces me llaman a mí para que les ayude a redondear esta idea, que parece magnífica y que me reservo porque esta mañana, a las 8, el primer sms que he recibido era justamente para proponerme, en vista del ladrillo de gala de ayer, que retomemos nuestro viejo proyecto antes de que nos roben todo su contenido. Y es que nuestro guión obra en poder de la Academia de Cine desde 2001, pero nadie, querida Marisa et al, se dignó nunca a respondernos, aunque solo fuera para rechazarlo.
En otras épocas, veía entre 40 y 60 películas españolas al año. Así que pasaba los meses de octubre y noviembre haciendo mis quinielas de posibles candidatas. Y siempre me equivocaba: mis gustos nunca coinciden con los de los verdaderos académicos, entre los que está claro que funcionan mucho las camarillas: los partidarios de Trueba frente a los de Garci; los almodovarianos que se mueren por trabajar con Pedro, pero que luego pasan de votarlo, etc. Así que cada año unas cuantas de mis pelis favoritas, que no aparecían en ninguna candidatura, quedaban olvidadas para los restos. Nunca serán citadas en ningún reportaje, ni en ningún resumen del año o de la historia de la Academia. Insomnio, de Chus Gutiérrez, es por ejemplo una de ellas. Otra es El dedo en la llaga, de Alberto Lecchi.
Luego, he tenido épocas en que he visto solo tres o cuatro películas españolas en un año –y recuerdo una vez que entre ellas se coló la inenarrable Noche de reyes, de Miguel Bardem, una de las peores películas que recuerdo-. En estos casos, me limitaba a votar las propuestas de la Academia, siguiendo criterios absolutamente subjetivos como “este ya tiene un par de Goyas”; “a este, o se lo dan este año o que se olvide de él porque le quedan dos telediarios”, o “esta chica es una joya, y ya muy bien vestida siempre”. De todas formas, cuando he visto todos los trabajos nominados, tampoco coincido con los académicos.
Y bueno, ayer por fin llegó la gala que llevaba esperando al menos una semana. ¡Qué nervios! Ni que yo estuviera nominado, teniendo en cuenta que no soy ni actor, ni actriz, ni peluquero, ni mamá de la artista, ni productor, ni siquiera un mal pagado guionista. Tampoco soy académico. Pero lo vivo como un protagonista más. Me preparé unos aperitivos, cogí mi cuaderno, mi quiniela, mi radio para los cortes publicitarios y puse una luz suave. No me vestí con mis mejores galas porque era completamente absurdo, dado que me quedaba en casa solito. Pero lo habría hecho si me hubiera ido a cenar con una amiga que me propuso una soirée goyesca.
La gala, salvo contadas ocasiones con nombre propio: Rosa María Sardá, es un auténtico ladrillo. No sabemos hacerla dinámica y entretenida. Son demasiados premios. Es muy difícil de coordinar a todos los presentadores que los entregan porque algunos han llegado al Palacio de Congresos del Ifema solo minutos antes. Pero sobre todo no se puede prever la intervención del ganador, que en algunos casos puede llegar a convertirse en una decena de ganadores sin el menor recato. Y como te toquen dos cuadrillas de esta ralea en una gala, no hay guionista que no salga escaldado.
Fue lo que pasó ayer. Suele ocurrir en las categorías que menos interesan a nadie, los efectos especiales, los cortos –de animación, documental o de ficción, es igual: “Haced vuestros cortos y quedaos en vuestra cueva, a juzgar por el aspecto, pero, por el amor de Dios, no nos deis la brasa con una letanía de agradecimientos que aburre a las ovejas, quiero compartirlo con Fran, Panchi, Rebeca y María Aránzazu, de Peliculinis Templis. También se lo dedico a mis padres, a mi abuela Alfonsa, que me estará viendo desde la residencia y a mi novia, ¿Queeeeé? ¿Que tú tienes novia, con esa barriga, esa alopecia, esos dientes y esas gafas de fantasía? Vamos, hombre, y yo me he caído de un guindo. Y ahora llega otro: Pues como ha dicho mi compañero, bla, bla, bla, y además con todo el personal del bar El Cruce, a mis padres y a toda mi familia, que me soporta y que ha permitido que hiciera realidad mi sueño, ¿te refieres a mi sueño, al bostezo que me produces, a las ganas que tengo de darte un puntapié? Y todavía quedan tres asesinables…
La ceremonia de ayer fue sobria, nostálgica y de autobombo, que es de lo que se trataba. Y aburrida. A mí me gustó ver los vídeos con todos esos momentos divertidos de Fernando Fernán-Gómez. Y desde luego fue una gran idea –de dudosa autoría, digámoslo de paso- concebir, al final de una escalinata, una pantalla sobre la que se proyectaban todos estos montajes y de la que salía, a través de una apertura vaginal, la actriz encargada de entregar el premio correspondiente. Pero el guión falló tanto como que quizás no existía. Concha Velasco, que siempre resulta un valor seguro y de quien yo soy tan fan, no parecía muy metida en la historia. Y Antonio Resines, que es un tío fantástico, parecía más bien a bordo de su moto. Y supongo que lo hicieron tan bien como pudieron hacerlo. Y detrás de todo esto esta una persona tan solvente como Fernando Méndez-Leite. Pero la ceremonia duró 250 minutos. Fue la más larga que cualquier edición precedente, atrajo a 2.297.000 espectadores, lo que supone solo un 18’7% de share, la cifra más baja en los últimos años (según informa elmundo.es).
Fernando Méndez-Leite recomendó o exigió, según los casos, brevedad. Algunos escucharon y otros no solo no lo hicieron, sino que anunciaron que no lo iban a hacer. ¡Qué finos y qué monos ellos! Por su parte, el señor notario debe arreglar el asunto de la guerra de los sobres: el enésimo comentario de “Pues sí que es difícil abrir esto” no tiene gracia. No basta con saber firmar.
Para entrar en faena, diré que la ministra del ramo me pareció una vez más una mamarracha en toda regla. Con ese traje de Ágatha para "apoyar la moda española" y que calificó de “romántico”, pues la verdad, sobran las palabras. Y luego cada vez que la encuadraban en la televisión parecía a punto de echarse una cabezada. Mire, yo soy un simple espectador y puedo echarme a dormir cuando me dé la gana. Pero Vd. acude como ministra y ya podría venir dormida de su casa. Y me da igual que la gala sea un pestiño o no. Por mí, como si es un concierto de Luis Cobos. Eso es lo que hay, y si no le gusta, se chuta lo que le dé la gana en el baño y pone cara de estar interesada.
Me encantó volver a Carmelo Gómez, que tenía su Goya por Días contados, pero ya han pasado 10 años. Me encantó ver su película, El método, y me encantó escuchar que se lo dedicaba a la gran Pilar Miró.
También me alegré especialmente de que Elvira Mínguez ganara por fin este premio: está fantástica en Tapas y ya era hora de que se le reconociera su buen trabajo siempre. Lo dedicó al público que sigue yendo a ver cine español, aunque a veces no sea bueno, y a todos los que cuentan las historias de mujeres de más de 40 que solo esperan que sean contadas. Otro de mis Goyas favoritos fue el de la Mejor Canción Original para Manu Chao por Me llaman Caye, de Princesas. El premio lo recogió la presidenta del Colectivo Hetairas, de apoyo a las prostitutas.
Me congratulo del triunfo de Isabel Coixet, a quien le recomendaría un inmediato asesor de imagen: si tu cara no te gusta, ponte un casco, pero renuncia a ese flequillo, a esas greñas en las mejillas y a esas gafazas blancas. Y renuncia también a gestos que yo sea incapaz de identificar como de pánico, como los de hace dos años cuando ganó con Mi vida sin mí.
Para mí la más guapa y espectacular fue Maribel Verdú –en vista de que no estaba Elena Anaya-, a quien le sienta muy bien desaparecer de vez en cuando una temporada. Presentó con el actor francés José García, de nuevo de rodaje en España. El más guapo, delgado y atractivo fue una vez más Eduardo Noriega (y su bigote).
Carmen Maura acertó plenamente con su pantalón negro y su haut ajustado rojo intenso del letiziano Lorenzo Caprile. Apareció fantástica.. Formó pareja con su compañero de reparto en ¡Ay, Carmela!, un demacrado Andrés Pajares, claramente traicionado por su diseñista capilar. El tinte cobrizo debería de estar internacionalmente prohibido si todavía no lo está.
La puertorriqueña Micaela Nevárez es monísima, pero el premio a la Mejor Actriz Revelación debería haber ido a parar a Isabel Ampudia, la única posibilidad de reflotar una interesante película titulada 15 días contigo.
Óscar Jaenada al parecer borda a Camarón, pero me dio pena que el elegante y entrañable Manuel Alexandre se fuera a casa sin su Goya.
Y me encantó Candela Peña, con su segundo Goya, y su bonita dedicatoria, una condensada declaración de amor a sus padres y un breve anecdotario que incluía la carta que le escribió de pequeña a la reina para que le enviara una foto del príncipe porque ella quería ser princesa. Y anoche lo fue: tenía su Goya por Princesas y tenía a su príncipe, el director Fernando León.
Y yo, sin que nadie me dirigiera la palabra, viví algunos premios como si se los dieran a alguien cercano, alguien que fuera a compartirlos conmigo. Bueno, pues solo queda un año para una nueva decepción.
miércoles, enero 18, 2006
Ojoplático
1. Mi vecina del piso de abajo, una señora de 63 años adicta al ascensor y que siempre tiene algo que limpiar por dentro o por fuera de la mirilla de su puerta, me saluda cada vez que me ve bajar o subir por las escaleras:
“¡Qué piernas, hijo mío! Dios te las conserve”.
Un saludo que no admite, a todas luces, una variada gama de respuestas. La primera vez, que era de día, me limité a sonreír por un lapso de tiempo equivalente a tres zancadas.
Pero cuando la penumbra oscurece la entrada o el rellano, mi mejor sonrisa no basta. Entonces me planteo varias opciones, pero a todo le encuentro inconvenientes:
a. "¡Gracias!", queda prepotente.
b. “Y que Vd. lo vea”, parece demasiada guasa.
c. “Lo mismo le digo”, es claramente una ironía que no estoy dispuesto a emplear con una señora que por el momento solo se ha limitado a suspirar por saber con quién me acuesto y con quién me levanto, pero sin atreverse a plantear preguntas cruciales, tipo “¡Qué frío hace en esta ciudad. Yo es que el cero grados no lo quiero. Por cierto, pocas mujeres se ven salir de tu casa, y si no eres marica, un muchacho con tan buena planta como tú debe de estar rifadísimo. Vamos, digo yo…”
-Señora, estamos en lo más crudo del crudo invierno, así que como comprenderá no es hora de que nos alegre a todos la vista exhibiendo esa colección de tops de fantasía que tiene. Por cierto, tampoco yo veo salir muchas mujeres de su casa. ¿Es que no ha descubierto todavía los secretos de una buena sesión de tijera? ¿O más bien es una cuestión de selección de varices? Vd. solo respeta la variz genética, la auténtica, la que viene con denominación de origen, y no la adquirida, que no es lo mismo. ¿Dónde va a parar?
-Pero si yo solo estaba diciendo que este invierno hace mucho frío…
-Sí, como yo, que solo estaba diciendo que para la hora de los tops todavía faltan algunos meses…
2. La clase es un tostón, un ladrillo insufrible, y está impartida por un personaje mitad Lauren Postigo, mitad rapsoda con sinusitis que dista mucho de entrar en mis preferencias. Cuando entra en éxtasis recitando a su manera, con sus haches aspiradas y todo lo demás, un soneto de Góngora, el silencio se palpa en un auditorio con una acústica endemoniada. Eso ocurre a los 20 minutos de iniciarse la clase, algo que coincide con el momento elegido por un infame personaje con la siguiente traza: 160 cms, una trenza rasta, variado atuendo hippy, colorinches, pantalones diseñados contraviniendo la más elemental norma del patronaje y una mochila de colores de la que cuelga un cascabel. Durante 3 minutos, lo que tarda en atravesar el auditorio, el soneto de Góngora se ve amenizado por el tintineo incesante de un cascabel. El sujeto en cuestión acaba por sentarse, completamente ajeno a los ojos como platos de parte de los que estamos reunidos allí.
viernes, enero 13, 2006
El jinete polaco
Supongo que es un error volver a los lugares en que uno ha sido feliz porque nunca van a repetirse las mismas circunstancias y uno se arriesga a resultar decepcionado. Supongo también que recurrir una y otra vez (“como decían los clásicos”) a las mismas fuentes de las que uno se nutre acaba por resultar empobrecedor porque uno se pierde otras muchas cosas. A menos que uno sea capaz de alguna manera de darle la vuelta. Ese es el paso que yo nunca sé dar, en general, y una y otra vez abro los mismos libros que me emocionaron o que me hicieron reír. Releo páginas sueltas de guiones de Woody Allen o de Pedro Almodóvar. O de Berlanga. O de Billy Wilder. O de obras de teatro de Lope de Vega o de Jardiel Poncela. (De hecho, he puesto en mi buzón que vivo con él: Vipère de Gabón – Enrique Jardiel Poncela).
Entre los textos que me gustaría haber escrito está el final de El jinete polaco, que me emociona cada vez que lo leo. Recuerdo haberlo leído con una amiguita que ahora está en Texas, a las seis de la mañana, y haber acabado los dos con lágrimas en los ojos en el sofá.
A raíz de este libro me convertí en seguidor de Antonio Muñoz Molina, y me leí casi todo lo que había publicado hasta entonces. Una mañana de domingo salí a sacar fotos de Madrid antes de que se levantara la gente, y me lo crucé mientras paseaba a sus perrillos. La verdad es que no pude evitar abordarlo –algo que afortunadamente ya he corregido- y contarle, le interesara o no, cuánto había disfrutado con su libro, que había leído años atrás. Y debió de halagarle la vanidad porque accedió sin la menor excusa a que lo entrevista para un periódico de provincias.
A la semana siguiente me presenté en su casa –en la misma plaza en la que me lo había cruzado- con mi grabadora y mi batería de preguntas. Me dijo que no teníamos mucho tiempo, una media hora. Pero lo cierto es que empezamos a hablar y no acabamos hasta que Elvira Lindo se puso en jarras en la puerta del salón y dijo que ya era hora de comer. Le hice la entrevista, le enseñé unas fotos que había sacado de mi terruño, próximo al suyo, y él, por su parte, me regaló dedicado un librito muy divertido, Los misterios de Madrid, que recoge el mismo espíritu de la saga protagonizada por el detective-basura de Eduardo Mendoza, pero con sabor a cocido y no a escalibada.
Sus últimas obras no las he leído. Un día empecé a tomarle manía (y a Elvira Lindo también: sus columnas me parecen atroces, pero afortunadamente no tengo que leerlas) porque sentía que había perdido su voz, que era otro funcionario más del grupo de comunicación en cuyos medios colaboraba, principalmente por escrito. No había libro o acto protagonizado por algún miembro del clan –Manuel Vicent, el tenor y baloncestista Juan Cruz, Juan Luis Cebrián…- que no presentara Muñoz Molina, cuyos libros a su vez eran presentados por sus compis. Y además todos los domingos escribía una página del suplemento dominical, sin perjuicio de otras colaboraciones en prensa de provincias. ¿Y además tenía que escribir buenas novelas? Pues francamente, eso ya era demasiado. Dicho esto, personas de cuyo criterio me fío me han hablado muy bien de dos de las novelas que no he leído, Plenilunio –que era la que estaba escribiendo cuando yo lo entrevisté- y Sefarad, así que caerán en un momento u otro.
Ahora, Muñoz Molina dirige la sede del Instituto Cervantes en Nueva York. Yo no. ¡Qué envidia! No me cabe duda de que bajo su batuta la programación debe proponer actividades y ciclos interesantes. Me encantaría participar en ellas. Y vivir una temporada en Nueva York.
En aquella entrevista le expliqué cuánto me había gustado el final de su libro, que les he copiado aquí abajo, y él me contó, entre otras cosas, que había una errata en ese texto: Siod debía haber aparecido como Soid, Dios al revés. Así que aquí lo he trascrito corregido.
“Soy yo quien te habla, quien se acuerda de ti, yo el que despierta con el sol en los ojos y piensa que hoy mismo habrás venido, que ya aguardas aturdida de sueño en una sórdida estación de autobuses, vestida de viaje, con una cazadora negra, un pantalón ajustado y unas cortas botas puntiagudas, quien una hora antes de que llegues ya ha subido a esperarte, para evitar toda incertidumbre, comprueba el panel de horarios, interroga angustiosamente al empleado, te ve buscarlo tras la ventanilla del autobús que acaba de irrumpir en la estación con diez minutos imperdonables de retraso, tira el cigarrillo, le parece que el corazón se le ha alojado en el estómago, se adelanta hacia ti entre borrosos viajeros y al ver tu melena despeinada y la tranquila felicidad con que le sonríes al reconocerlo piensa, dice en voz baja, un segundo antes de que te abraces golosa y desesperadamente a él, como si rezara una letanía, Dog, Soid, Brausen, Elohim, quienquiera que no seas y dondequiera que no estés, señor de las bestias y de los gusanos, legislador de océanos y muchedumbres aniquiladas de hombres, dueño insensato de la ironía y de la destrucción y del azar, tú que la hiciste a la medida exacta de todos mis deseos, que modelaste su cara y sus manos y sus tobillos y la forma de sus pies, que me engendraste a mí y que me fuiste salvando día a día para que me hiciera hombre y la necesitara y la encontrara, que la llevaste una mañana a una hora precisa a un lugar de Madrid y luego me concediste el privilegio de que apareciera en la cafetería de un hotel de Nueva York, no permitas que ahora la pierda, que me envenene el miedo o la costumbre de la decepción, guárdala para mí igual que guardaste a sus mayores para que la trajeran al mundo y sembraste el coraje una noche de julio en el corazón atribulado de su padre y lo enviaste al destierro con el único propósito de que ella naciera para mí veinte años después, y si a pesar de todo me la vas a quitar, no permitas la lenta degradación ni la mentira, fulmíname en el primer minuto de rencor o de tedio, que me quede sin ella y sufra como un perro pero que no me degrade confortablemente a su lado, que no haya tregua ni consuelo ni vida futura para ninguno de los dos, que las manos se nos vuelvan ortigas y tengamos que mirarnos el uno al otro como dos figuras de cera con los ojos de cristal, pero si es posible, concédenos el privilegio de no saciarnos jamás, alúmbranos y ciéganos, dicta para nosotros un porvenir del que por primera vez en nuestras vidas ya no queramos desertar. Recuerdo lo que aún no he vivido, tengo miedo de ser plenamente quien soy, en el vestíbulo de la estación de Mágina un altavoz anuncia la llegada del autobús procedente de Madrid, abrevio el tiempo para estrechar ahora mismo tu cuerpo ávido y delgado, vienes hacia mí con una bolsa al hombro y una maleta en la mano, apareces delante de la cama en la habitación del hotel con el pelo suelto sobre los hombros desnudos, no me acuerdo de nada, no me he dado cuenta de que empezaba a anochecer, no sé si estoy contigo en Mágina, en Nueva York o en Madrid, dice Nadia, pero me da lo mismo, no sienten más que gratitud y deseo”. (El jinete polaco, pp. 570-571).
jueves, enero 05, 2006
¿Qué haría yo sin Stanley Donen?
Cuando el mundo se empeña en hacerse más y más feo –lo que ocurre casi a diario, con solo poner un pie en la calle y pasar, por ejemplo, delante del centro comercial que tengo enfrente de casa: quienes vienen a comprar desaforadamente ahí parecen personajes caracterizados que acaban de escapar del pasaje del terror; ¡Dios mío! ¿Quién los ha diseñado?-, me paro un momento y pienso en todo lo que merece la pena. Y entre todo ello –mi familia y otras muchas personas a las que quiero y que, afortunadamente, están aquí, cerca, a pesar del Gran Susto que nos llevamos la semana pasada; el valor de una carta que llega desde la otra orilla o esa llamada inesperada de alguien de quien guardas un hermoso recuerdo, pero al que probablemente ya no reconocerías- aparece también Stanley Donen.
Stanley Donen es alguien a quien me gustaría conocer. O al menos estar cerca de él por unas horas. Y tengo que darme prisa porque en abril cumplirá 81 años. El año pasado vino a celebrar su cumpleaños en Barcelona. Al día siguiente se fue a Bilbao para ver el Guggenheim. Solo la revista Fotogramas dio cuenta de esta visita. Y en octubre pasado volvió como presidente del jurado de la sección oficial de la Mostra de Valencia Cinema del Mediterrani. Nuevamente nadie se tomó la molestia de aprovechar su presencia entre nosotros. Si en lugar de Stanley Donen se hubiera tratado de Malena Gracia, nos habrían metido sus tetas hasta en la sopa.
Las televisiones bien podrían haber programado un miniciclo con sus películas más representativas, no digo ya una retrospectiva completa. Bueno, al menos yo sí he podido ver una retrospectiva suya. Fue en la Filmoteca de París, en el verano de 2003. Precisamente en París transcurren varias de sus películas. De alguna manera contribuí a que se programara este ciclo. (Bueno, eso quiero creer, porque me resulta mucho más divertido). Un día de verano, cuando salía con un amigo de ver una reposición de El beso de la mujer araña en un cine de St-Michel, se nos acercó un señor que parecía recién escapado de un incendio, y nos hizo una encuesta sobre nuestra cinefilia. Luego nos pidió el nombre de un director del que estaríamos interesados en seguir un ciclo. Mi amigo dijo Carlos Saura y yo, Stanley Donen. Y meses después leí en alguna revista que la filmoteca le dedicaba un ciclo bajo el título de Stanley Donen. Le prince de la comédie musicale.
Todos sabemos que codirigió junto a Gene Kelly dos de los musicales más populares e innovadores, Un día en Nueva York (1949) y Cantando bajo la lluvia (1952), musicales que se caracterizan por una superación de las convenciones del género que lo hace evolucionar considerablemente: la coreografía se adapta al espacio real –Un día en Nueva York fue el primer musical rodado en decorados reales, en las calles de esa ciudad-, rechazo de trucos como el ballet soñado, que según Donen, ralentizaba la acción; integración de todos los elementos –música, canciones y baile- en la narración, sentido del detalle y aprovechamiento de los recursos cinematográficos –Fred Astaire bailando por las paredes y el techo en Bodas reales (1951)-.
Donen aprovechó el sistema hollywoodiense de los estudios, que estaba en aquel momento en su apogeo. Trabajó bajo contrato para la MGM y estuvo respaldado por dos de los productores más brillantes de la edad de oro hollywoodiense: Arthur Freed y Roger Edens, y colaboró con los mejores guionistas, particularmente Betty Comden y Adolph Green. Hoy, Donen explica: “Los musicales han dejado de hacerse porque es imposible que se doblen las canciones y que suenen bien, y los estudios quieren ganar dinero de una forma radical. Quieren productos que se vendan en España y en cualquier parte del mundo. Te voy a matar, hijo de puta, es muy fácil de doblar. Lo que importa en la violencia física, no tanto la voz que lo dice o lo dobla. Hacer proyectos de calidad que lleguen a mucha gente es casi imposible”.
Otra famosa comedia musical que dirigió en solitario, pero con menos medios –Donen lamentaba haber tenido que utilizar transparencias que remplazaban lo que debía haber sido un fondo nevado natural-, fue Siete novias para siete hermanos. El resto de su filmografía, hasta llegar a las 27 películas, la forman otros 8 musicales más, 13 comedias; Movie, movie, que participa de los dos géneros, más una historia disparatada de ciencia-ficción con una bellísima Farrah-Fawcett y un joven Harvey Keitel (Saturno 3 (1979), cuyo guión es de Martin Amis) y un sombrío drama titulado La escalera (1969), sobre la agitada y amarga decadencia de una vieja pareja homosexual. Uno de ellos es peluquero y se está quedando calvo. El otro es un actor de cuarta fila que teme que lo encarcelen por haber hecho de travesti. En un momento dado, una evangelista sostiene una pancarta en la calle que dice: “Jesús te ama”, y Richard Burton le responde: “Eso será a usted”. La sordidez de su mundo se acentúa con la presencia de la madre del primero.
Cuando veo una de sus películas, me reconcilio con el mundo que me rodea. Al menos por un tiempo. Observo cómo se mueven Cary Grant y Audrey Hepburn en París, cómo van vestidos (Givenchy para Hepburn); escucho unos diálogos que quisiera aprenderme y tener ocasión de utilizar; me río con esas frases, y con la escena en la que Cary Grant se ducha vestido o aquella otra en la que baila con una señora gorda intentando atrapar una naranja sin utilizar las manos. Y me quedo boquiabierto con los créditos de Maurice Binder. Todo ello ocurre en Charada (1963), comedia de suspense. “Audrey y Cary son la expresión de la comedia. Nacieron para estar juntos en el cine. Pero me indignó que muchos dijeran que copiábamos a Hitchcock. ¿Es que el género le pertenecía? Fue difícil dejar de hacer musicales. Solo pude conseguirlo produciendo yo la película”. Además de a Hitchcock, la película homenajea a Gene Kelly, cuando Grant y Hepburn pasean por el Sena y ella dice: “Sería maravilloso si pudiéramos ser como Gene Kelly. ¿Recuerdas cuando él bailaba aquí al lado del río sin preocuparle nada el mundo en Un americano en París?” (De Charada existe un remake de 2003: The truth about Charlie, de Jonathan Demme, con MarkWahlberg y Thandie Newton. Y también Al diablo con el diablo (2000) , con Brendan Fraser, es una versión de Bedazzled (1967). No me atrevo a ver ninguna de ellas).
Pero mi favorita es Dos en la carretera (1967), que ganó aquel año la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, pero Donen solo acudió a recoger el premio hace unos años. Nuevamente encontramos unos créditos espectaculares de Maurice Binder. Y un minucioso montaje al servicio de la evolución emocional de los personajes y no del orden cronológico. “La idea principal era decir que el pasado estaba tan vivo como el presente, y en el film nunca sabías qué era el presente y qué el pasado dentro de un largo período de tiempo. En la primera página del guión escribí: Leer con mucha atención porque hay saltos en el tiempo y acciones que quizá no se entiendan sobre el papel, pero no os preocupéis porque en la pantalla todo tendrá sentido”. Two for the road es la más elegante, afilada y nada complaciente visión de la pareja que el cine norteamericano haya realizado jamás. “Audrey, Albert y yo estábamos divorciándonos mientras rodábamos. Así que fue un trabajo que nos caló hasta el alma. Todos sufríamos lo mismo que los personajes de la película. Me asombra que digan que es una película romántica, porque yo pienso que tiene una mirada dura, penosa. No debería de ser deprimente, sino crear la conciencia de que cuando uno se enamora de alguien no viven felices y comen perdices. Habla del matrimonio, que para mí es un negocio que siempre acaba en la ruina, en el desastre”. (Donen se ha divorciado cuatro veces).
Los diálogos de Dos en la carretera ofrecen mil citas, sin que por ello nos suene a literario.
“- ¿Qué clase de gente es la que se sienta a la mesa y no se habla?
- La gente casada”.
El coche de los protagonistas se detiene junto al de unos recién casados con cara de aburridos:
- No parecen muy felices.
- ¿Por qué deberían estarlo? Se acaban de casar”
En la carretera, por el sur de Francia, se cuenta la historia de 10 años en la vida de una pareja, diez años de estar cerca sin estar juntos, diez años de una atadura que repele. En vez de utilizar el orden cronológico, Donen cuenta la historia oponiendo fragmentos de vivencias, haciendo un juego de cajas chinas, donde cada episodio desvela otro que no necesariamente se ha sucedido en el tiempo, pero sí en el sentir de los personajes. Y la banda sonora la escribe el gran Henri Mancini.
Una cara con ángel (1957) representa la quintaesencia del cine de Donen, el film que no se puede contar, el film que hay que ver. Para empezar, París vuelve a ser el decorado. Pero además el guión, criticado en ciertos sectores por su sátira del existencialismo y de sus seguidores, es un regalo para los sentidos: por la música, por los colores, por el baile. Y por los actores. Dentro de su melancólico romanticismo, Funny face deja una sensación de placer que es imposible expresar en palabras.
En 1999, Donen dirigió un telefilm que no he visto: Love letters. En la revista Fotogramas explicaba sus proyectos en su visita del año pasado: “En este momento estoy colaborando en algunas obras de teatro y acabando de perfilar el guión de un documental sobre un director de musicales, un hombre ya mayor que tiene problemas para poder rodar películas. Quiero dirigirlo, pero es muy complicado ponerlo todo en orden. Llevo años trabajando en él. Creo que es muy bueno. Su título es Bye, bye, Blues. Además, un estudio quiere hacer un largometraje con la recopilación de mis números musicales, y yo les he ofrecido mi ayuda”. Pedro Almodóvar escribió en algún suplemento dominical que, durante la promoción de alguna de sus películas en USA, se había entrevistado con él y que estaba pensando en producirle una nueva película, la primera desde Lío en Río (1984). Nada hemos vuelto a saber al respecto.
“Trabajé mano a mano con los mejores. Eran divertidos, inteligentes y estaban llenos de vida y alegría. Es terrible que la gran mayoría haya muerto. Un día fui el más joven; ahora soy el único vivo”. Cary Grant, Fred Astaire, Audrey Hepburn, Liza Minnelli, Kay Thompson, Sophia Loren, Gregory Peck, Liz Taylor, Cyd Charisse, Gene Kelly, Jean Simmons, Deborah Kerr, Doris Day, Ingrid Bergman, Yul Brinner, Noël Coward, Robert Mitchum, Albert Finney, Walter Matthau, James Coburn, Richard Burton, Rex Harrison, Gene Hackman, Kirk Douglas o Michael Caine, estos son algunos de los grandes a los que se refiere.
Reproducimos un párrafo del libro Stanley Donen… y no fueron tan felices, que Juan Carlos Frugone le dedicó en 1989, libro del que se ha extraído la mayor parte de la información ofrecida aquí: “Como diría Miguel Rubio en el artículo Donen o la metafísica del champán, « para gozar su obra hay que amar la vida, sentirse a gusto con el mundo », y hasta ese momento (Una cara con ángel), el cine de Donen era una experiencia sensual, burbujeante, un himno de vitalidad que nos habla de lo corpóreo haciéndonos sentir etéreos, que nos permitía disfrutar de la fantasía del cine sin tendernos ninguna trampa más que señalar las vías por las que se llega al disfrute. Incluso años más tarde diría: « Si no se juega en la vida, no se puede disfrutar de ninguna alegría. El mundo es un terreno de juego. Hay que jugar y transformar la vida en un juego. Todo es divertido, o debería serlo»” (pág. 99).
Por todo ello, no sé lo que haría sin él.
viernes, diciembre 30, 2005
Agradecimiento
(extraído de Ganarás la luz, de León Felipe)
VII
Agradecimiento
Hay poetas que trabajan con la palabra solamente, como los lapidarios;
Otros trabajan con la metáfora, como los joyeros que cambian las piedras de lugar;
Otros empalman y enciman los ladrillos con una musiquilla monótona e interminable de romance;
Otros se valen del termómetro y del compás como los geómetras impasibles que miden los ángulos y la temperatura del tabernáculo;
Otros trabajan con el símbolo y con la fábula, como los estofadores y los que emploman los vidrios de los grandes ventanales;
Algunos muy entendidos son maestros en el arabesco, en el jeroglífico y en la alegoría, como los tejedores sagrados y los criptógrafos que dejan su secreto en las cenefas de las casullas y en los frisos de los cenotafios;
Otros trabajan con la arcilla blanda de su ejido solamente, como el alfarero municipal;
Otros cavan en las profundidades del subterráneo donde se han de apoyar un día los cimientos, como los tejones o los topos;
Otros se afanan allá arriba, cerca del cielo, en las cornisas de los campanarios, como la cigüeña y las golondrinas…
Pero el Poeta Prometeico trabaja con su sangre donde van disueltos los esfuerzos de todos estos poetas especializados.
Y a todos estos artífices humildes, cuyo nombre se llevará un día despiadadamente el Viento, el Poeta Prometeico les agradece todo lo que le han dado, todo lo que le han traído para edificar el templo venidero y levantar la torre donde se ha de colocar mañana el pabellón rojo del hombre.
martes, diciembre 27, 2005
Foniatras
Mi inquisitivo intelecto venía dándole vueltas a un asunto crucial que ha convertido algunas de mis noches en un agotador vía crucis: ¿qué necesita el hombre –y la mujer y el travesti- de hoy para ser modestamente feliz? El otro día en uno de esos infernales sistemas de transporte público que me veo impelido a tomar de vez en cuando tuve la revelación: el hombre –y todo bicho viviente- necesita, además de un tiránico asesor de imagen, un foniatra de cabecera. Así nos ahorraríamos algunos homicidios.
El hombre necesita a alguien que descubra cuál es el timbre de voz que mejor le va, o que en su defecto lo persuada de que ganará más estando callado –un timbre estridente está muy bien como señal de fin de jornada en una oscura fábrica de cacerolas, pero no en las cuerdas vocales de una chica que podría pasar por fina si no abriera la boca-; necesita a alguien que le enseñe a vocalizar –al paso que vamos, acabaremos utilizando el sistema fonológico español para hacernos un bonito collar hawaiiano con él-; alguien que le demuestre que la risa es muy sana, pero, en un aula, no debe ser confundida con un desprendimiento de rocas en plena calzada; y alguien al fin, que le convenza de que, si su aparato fonador funciona a pleno rendimiento, no tiene por qué convertir las manos en armas arrojadizas para dar énfasis a palabras como mogollón, tío, tía, qué pasa o por mis huevos. No hay ninguna ley que obligue a subrayar cada palabra balbucida con un gesto de las cejas, de la nariz, de la boca o de las manos, o peor, con una delirante combinación de todos ellos.
La revelación venía con un anexo debajo del brazo. En un segundo estadio, una vez que hubiéramos logrado esto, habría que ponerse a formar con urgencia a una legión de guionistas. Un signo de evolución de los tiempos y de que el lugar común de que otro mundo es posible significa realmente algo sería que la gente supiera exactamente, antes de salir a la calle, qué frases tiene que pronunciar, y que sustituyera -cuando consigues entender alguna palabra de las que grazna- sus alocuciones o dicterios de hoy:
-"… y yo, tía, le dije que el marrón, tía, era suyo…
-… cuando terminas de pagar la comunidad, la contribución, los muertos, la hermandad, la electricidad, el teléfono… y cualquier día esta burbuja estallará y nos quedaremos con el culo al aire…
- … es un desastre (…), como si le hablaras a un cubo…
-… sí, ¿no lo sabías? Pues no se habla de otra cosa… ¿En qué mundo vives?
-… y vino la policía a decirnos que bajáramos la música (–una música horrible, seguro). Con un cebollón, tronca, que pillé… Y Valdés echó la pota en la calle…
-… la cola es allí, señora, por si no lo ha visto. Es que tiene cojones… en mis propias narices… Cuarto y mitad de chopped de pavo".
por frases con sentido. Simplemente.
Bien, pues el día que dejemos atrás estas disparatadas composiciones –y con la ayuda de un foniatra entregado a su trabajo, claro- habremos avanzado casi tanto como cuando se descubrió la penicilina.
Para abrir boca en esta necesaria revolución, les propongo algunas frases de Eva al desnudo, gentileza de Joseph Leo Mankiewicz, que tuve la suerte de volver a ver el otro día en la filmoteca.
1. –"¿Y tú te llamas autor dramático? Una situación preñada de posibilidades y lo único que se te ocurre es decir que os marcháis.
–Me parece una excelente idea.
–Pero no representable.
2. –…obras de autores que murieron hace 300 años.
–¡Todos los autores deberían haber muerto hace 300 años!
3. –Ya es hora de que el piano sepa que ha sido él el que ha escrito el concierto.
4. – Ciertamente tuve épocas mejores, pero francamente no estoy dispuesta a que se me compre con un simple cocktail como si fuera una tanguista.
5. – Margo, hagamos las paces.
– Los términos son muy duros: rendición incondicional.
6. –… las cosas que se dejan caer al subir la escalera para avanzar más rápido y que luego te hacen falta para volver a ser mujer. Telón lento y final.
7. – Entre nosotros, todo el mundo es culpable mientras no demuestre su inocencia. Es una diferencia entre el teatro y la civilización.
8. –… hay tres días para arreglar los papeles, análisis de sangre…
– Yo me caso contigo aunque resulte que no tienes sangre.
9. – Ya no haré jamás papeles que no me vayan solo porque no tengo nada que hacer por las noches.
10. – … volveré, si ustedes lo desean, claro, porque mi corazón está aquí, en el teatro…
– (…)
– Hablaste bien, Eva, pero no tienes que preocuparte mucho por el corazón. Siempre puedes poner ese trofeo en su lugar".
miércoles, diciembre 21, 2005
La Jurado, como una ola
Rocío Jurado también pertenece a mi iconostasio, junto a gente tan variada como Concha Velasco, Jane Birkin, Jeremy Irons, Pepa Flores, Emilio Lledó o Sharon Stone, por citar solo a algunos que visiblemente poco tienen que ver entre sí. Probablemente no la aguantaría 24 horas seguidas, pero estoy contento de que esté VIVA. Rocío Jurado está VIVA, más guapa y mejor vestida que nunca, tan divina y tan gay como siempre, y a la vez humilde, enigmática, cariñosa, entregada a su público, menos ñoña que antaño, y con la voz descansada y colocada en su sitio. Es un torrente, una luchadora, y por encima de todo una gran artista, y lo demostró en la gala que TVE emitió anoche, su vuelta por todo lo alto tras casi dos años sin subir a un escenario. Anoche hizo un recorrido por lo más variado de su repertorio, desde Como las alas al viento, pasando por Mi amigo, Señora, Como yo te amo, Se nos rompió el amor, Un clavel y muchos otros hitos. Al parecer la audiencia solo fue de 3’5 millones de personas, pero el espectáculo que ofreció bien habría valido una concurrencia mucho mayor.
Físicamente, Rocío Jurado ha menguado. Está muy delgada –lo que no es ningún delito, ni mucho menos-, y la antigua delantera de España, comparable a la de Samantha Fox, por ejemplo, ahora no es ni su sombra. Claro, ha tenido que renovar el fondo de armario de arriba abajo, y ha salido ganando. Lució impecablemente vestida por Hanibal Laguna, en todo su esplendor, moviendo las manos –la parte que prefiere de su cuerpo- con elegancia, sonriendo, pasando de la ternura a la ira en segundos, con brillo en una mirada profunda y fulminante.
Hubo muchos momentos emotivos. Seguramente arriba del todo estuvo el reencuentro con Raphael –otro que, afortunadamente, también está vivo-, con quien se produjo la chispa, el desafío, la vieja complicidad de compañeros de noches de gin tonics y farra.
La gala cubrió varios frentes. Dejó vía libre, claro, a una emotividad que era imposible reprimir, pero también quiso acercar el repertorio de Rocío a gente joven y que sigue a David Bisbal, Chayanne, Rocío Mohedano -Ese hombre-, Malú -Se nos rompió el amor-, Paulina Rubio o Mónica Naranjo. También cantó dúos con Lolita y con Falete, y, además, bailó con Antonio Canales.
Precisamente la aparición de Antonio Canales resultó la gran mamarrachada de la gala. El público –y, sobre todo, yo- no se merecía ni esas mechas, ni esa especie de kaftán a juego con un mantón de Manila, si por supuesto esos botines de terciopelo rojo sucios. No basta con bailar bien, Antonio.
Otra crítica que le hago a la gala es la moda absurda de transcribir en la franja inferior de la pantalla de televisión los más locos mensajes remitidos por el móvil de Adela, José Mari o Isabel de Murcia. Con esa franja de tan mal gusto no hay realizador que pueda salir airoso. Pero ya lo último es que la gente no se corte ni un pelo para enviar sms con faltas de ortografía y los de la tele lo transcriban tal cual. Alguien debería estar dedicado a corregirlas antes de acentuar la deriva a la que nos abocamos. No es de recibo leer “Felices Nabidades” o “Heres la más”.
Pero quizá lo más divertido de la gala llegó cuando apareció Paulina Rubio y su (ausencia de) voz. No sé a quién se le ocurrió que Rocío y ella tenían que hacer el dúo de Lo siento, mi amor. Ha sido el momento más gay que he visto en la TV en mucho tiempo, mucho más que la boda de Elton John. Lo que veíamos en la pantalla era lo siguiente: dos lesbianas de muy diferente edad -y calaña- tirándose los trastos a la cabeza, a voz en grito. “Lo siento mi amor, pero ya me cansé de fingir y pretendo acabar de una vez para siempre esta farsa. (…) Haceeeeeeeeee tieeeeeeeeeeeeeeempo que no siento nadaaaaaaaaaaaaaaaaaaa al hacerlo contigooooooooooooo. Que mi cuerpo no tiembla de ganas al verte encendido. Y tu cara, y tu pecho, y tus manos parecen escarcha, y tus besos que ayer me excitaban no me dicen nada”. Dos lobas en medio de una tasca madrileña o mexicana, a las que les importa todo un coño, y en la que sale perdiendo Pau, la pobre, con esos restos del naufragio de una voz cazallera.
En fin, Rocío, querida, eres una estrella nacional en toda regla. Adelante. Esperemos poder recuperar pronto a la otra Rocío: Rocío Dúrcal.
sábado, diciembre 17, 2005
Alicientes y pequeños placeres
Lo normal es que mis semanas transcurran exactamente igual unas a otras. A pesar mío, tengo que confesar que no soy un experto en convertir mi existencia diaria en una performance. En los últimos meses, rara vez se ha producido algún acontecimiento que merezca formar parte de los anales de mi vida. Sin embargo, en los últimos siete días, en esta larga víspera para una luna llena, numerosos alicientes han llamado a mi puerta para ofrecerme variadas dosis de un entusiasmo.
1. Arriba del todo, una lección de amistad en forma de declaración escrita. Parece mentira que una palabra tenga tanto poder, que exprese lo que dice y lo que queda oculto; que conforme un paisaje casi universal y un paisaje entre dos personas, quien la escribe y quien la recibe. Sabes que daría la vuelta al mundo para estar cerca de ti, cuando lo desees, y que también, como soy sierpe y burro al mismo tiempo, hace falta que me silbes cuando lo necesites. Gracias.
2. La ciudad en la que vivo me sigue ofreciendo rincones hermosos, rincones que solo esperan que los descubra. No tengo ninguna prisa. Después de ver la puesta de sol desde la terraza de mi hotel favorito, después de hacer un repaso con una amiga del último álbum que he confeccionado en el que EL TEMA SOY YO y en el que no he censurado –mal hecho- esas fotos para las que el asesor de imagen con el que todos deberíamos nacer debajo del brazo (y no con un pan) nunca tendría que habernos permitido posar, mi amiga y yo improvisamos el descenso por la judería. Paseamos por callejuelas sinuosas que utilizaban los judíos de la época para sus variadas transacciones; también vimos casas ajardinadas y con torres por las que no tendría escrúpulos para dar a su propietario ese ligero empujón hacia el precipicio -¡Oh, qué pena! Ha tenido un vahído que le ha costado la vida. No somos nada- y llegamos a una placita empedrada con varias alturas por la que no puede transitar ningún tipo de vehículo de ruedas. En medio hay un lavadero de piedra: cuatro columnas, un tejado a dos aguas y cuatro puestos para lavar enfrente de otros cuatro. Mi primera reacción fue elegir cuál sería mi casa en aquella plaza.
Había unos chicos que viven en un piso a ras de calle y que estaban haciendo directamente un empalme para llevar la electricidad gratuita a su casa desde la red general. ¡Qué espabilados! Más arriba, tras una persiana verde, una señora recogía ropa tendida en el balcón. Yo esperaba que subiera la persiana para ver un poco el interior. No lo hizo. Así que elegía la casa de más arriba, que es la mejor, claro. Tras un ventanal, vi unas gafas y detrás un señor mayor. Imaginé que sería un pobre impedido que pasa sus días pegado a los cristales de la ventana enfrente de las hermosas vistas que yo imaginaba desde allí. Él, por su parte, imaginó que éramos turistas. Yo lo saludé con un gesto de la mano enguantada en plan Fabiola de Bélgica y el señor se levantó de su (inexistente) silla (de ruedas), abrió la ventana y nos invitó a subir para contemplar las vistas desde su casa. Y subimos, pero esto ya lo contaré otro día. Nos dijo, eso sí, que el sol se pone justo encima del cuarto ciprés. Desde allí ve la sierra nevada.
Por su parte, mi amiga me había contado, mientras tomábamos un amaretto en la terraza del hotel, una de esas historias que tanto me gusta escuchar: la de un bohemio-zarrapastroso-niño-bien-de-58-años-fan-de-Johnny-Hallyday al que había conocido en un parque y quien les había acabado ofreciendo, a ella y a su hermana, un concierto loco unplugged en una casa llena de libros hasta arriba. Estoy deseando conocer a este personaje.
3. Descubrir el monasterio de Lupiana (Guadalajara), gracias a un amigo que lo pone todo en obra para que experimentar ese placer sea posible. Este monasterio pertenece a una familia, pero tiene la obligación patrimonial de abrirlo al público una vez por semana. Y han elegido los lunes de 9 a 13h, un horario que deja fuera de juego incluso a los espíritus más combativos. De hecho, casi nadie sabe que este marco incomparable existe. Pero mi amigo sí. Y allí me llevó. Quedé ojoplático. El claustro renacentista, que es lo único que está en todo su esplendor en el monasterio, me encantó. Pero lo que más me impactó son los restos de la iglesia, que es anterior. En un momento dado, el tejado se hundió. Si la familia intentaba reconstruirla, probablemente pasarían varias generaciones antes de que pudieran volver a llevar zapatos. Así que optaron por una solución que no enseñan en las escuelas de diseño de interiores: construyeron en el interior un jardín, con su estanque, sus cipreses, sus calles. Hacia la cúpula del altar mayor trepa –una actividad en la que son especialistas algunos personajes con los que me he cruzado a lo largo de mi carrera- una hiedra que poco a poco va cubriendo los restos de los frescos que aún quedan. Y desde allí mismo, dos pequeñas escaleras descienden hasta el estanque. Los comentarios del guardés que nos lo enseñó todo –bueno, casi todo-, también deberían ser comentados. “Esta era una orden contemplativa. Claro, si les daban a elegir, no iban a ser tan tontos como para partirse el lomo cavando. Eso es matemático”.
4. La semana que viene empezaré a traducir a un poeta haitiano del que no había oído hablar. Trabajaré con una gente a la que todavía no conozco, pero que espero que sea interesante. Y normalmente, no deben superar los 65 años, tal como me ocurrió la temporada pasada en el taller de encuadernación. Además, esta es una propuesta que me ha llegado sin que yo haya movido un dedo. A alguien le habían gustado mis ejercicios de traducción y les habló de mí a los responsables de este trabajo. Y ellos vinieron a buscarme.
5. Esta entrada está quedando demasiado larga. Pero no solo de placeres, pequeño o grandes, vive el hombre. Así que reseñaré aún otra historia de esta semana. El viernes tomé un vino con un señor inenarrable. Quedé con él en un bar que me gusta. ¿Y quién llegó? ¿Un señor normal, convencional, que puedas presentar a las visitas? No; llegó un personaje con la cabeza afeitada y fumando en pipa, creado por un guionista vengativo: “Soy nihilista y hermeneuta-fenomenológico. Me muevo entre Hus-serl&Heid-egger. Pasé cuatro años en el seminario de Tarragona y estudié un año de medicina. Luego di clase varios años, pero los alumnos me deprimían tanto que me fui a Berlín para vivir al límite. Porque lo necesitaba. Me atrae el inframundo, no para participar en él, pero sí como observador. Allí vino a rescatarme una vieja amiga y me llevó a Lisboa, donde aprendí alsaciano. Y, con ese bagage, desde allí me fui a ampliar estudios en Ibiza. (…) Yo es que ya me he acostumbrado a vivir con el dolor de estómago; tengo unas digestiones que pueden durar hasta 12 horas. Soy vegetariano radical porque me gusta ir contracorriente.
-¡Qué particularidad tan especial! ¿Te has planteado si no serás también rumiante radical? Igual te duele el estómago porque estás sobreutilizando una de sus cuatro partes, quizá la panza. Pero ya sabes que también tienes a tu disposición el libro, el cuajar y la redecilla.
-A mí, cuando alguien me invita a cenar, o bien cocino yo, o bien llevo mi fiambrera de casa.
-Tú eres un comensal modelo.
-¿Qué esperabas de nuestro encuentro?
-Pues si te soy sincero, que surgiera la chispa. Hablabas de que tenías sentido del humor, pero debe de haberse quedado en tu cocina preparando la fiambrera para tu próxima reunión social. Si no te importa, voy a montar en mi escoba para salir volando rumbo al planeta Tierra. Ha sido, de verdad… increíble. Nos vemos en el infierno.”
6. Para acabar, otro pequeño placer. Siempre disfruto descubriendo nuevas músicas. Hace poco descubrí a Win Mertens. Y esta semana le he prestado atención a una canción de Tribalistas: Velha Infancia. Está dedicada al protagonista del punto número 1:
Você é assim
Um sonho pra mim
E quando eu não te vejo
Eu penso em você
Desde o amanhecer
Até quando eu me deito
Eu gosto de você
E gosto de ficar com você
Meu riso é tão feliz contigo
O meu melhor amigo é o meu amor
E a gente canta
E a gente dança
E a gente não se cansa
De ser criança
Da gente brincar
Da nossa velha infância
Seus olhos meu clarão
Me guiam dentro da escuridão
Seus pés me abrem o caminho
Eu sigo e nunca me sinto só
Você é assim
Um sonho pra mim
Quero te encher de beijos
Eu penso em você
Desde o amanhecer
Até quando eu me deito
Eu gosto de você
E gosto de ficar com você
Meu riso é tão feliz contigo
O meu melhor amigo é o meu amor
E a gente canta
E a gente dança
E a gente não se cansa
De ser criança
Da gente brincar
Da nossa velha infância
sábado, diciembre 10, 2005
Zen
I
“- Diga.
- Le llama Vanesa Fernández, del departamento de marketing Telexanadú. ¿El señor de Gabón?
- ¿Quién le ha dado mi número de teléfono?
- Está en las páginas amarillas. Yo le llamaba para ofrecerle nuestra promoción de 128 canales de televisión, internet ADSL 60 megas, llamadas gratuitas y 4 visitas de nuestras profesionales del amor, todo ello por 100 euros mensuales. Es una oferta irrestible. ¿Le interesa?
- No. Y tache mi número de sus páginas amarillas, por favor. ¿Cuelga Vd. o cuelgo yo?
II
- Diga.
- Le llama Vanesa López, del departamento de marketing Teleuanadú. ¿Está el señor de Gabón?
- Sí, en coma, en el hospital. ¿Qué deseaba?
- Quería hablarle de nuestras últimas ofertas en telefonía móvil, fija y combi.
- Pues lo lamento mucho, pero ya le digo en qué estado se encuentra. Si quiere llevar su celo profesional hasta el extremo, puede acudir al Hospital Comarcal de 19h30 a 20h. No obstante, si despierta, puedo decírselo yo.
III
- Diga.
- Le llama Vanesa Martínez, del departamento de marketing Teleuanadú. ¿El señor de Gabón?
- Sí, soy yo.
- ¿Vd. tiene sus servicios de telefonía contratados con la compañía Aunesfuerzos, ¿no?
- Mire, no voy a responder a preguntas retóricas. Consúltelo en la pantalla que tiene delante, y de paso dígame cuándo me toca ir al dentista. ¿Es que no tiene otra que hacer?
- No tiene por qué ponerse ordinario, señor.
- Mire, señorita, si quisiera ponerme ordinario, créame que lo haría. Yo a Vd. no la llamo a su casa para molestar. ¿Por qué lo hace Vd.? ¿Le he dado yo mi número de teléfono? Que yo sepa, no nos conocemos.
- Es mi trabajo.
- Pues su trabajo es una mierda. ¿Ve como puedo ponerme ordinario si me lo propongo? Y ahora, deje libre mi línea, si no le importa.
IV
- Diga.
- Le habla Vanesa Cruz, del departamento de marketing Teleuanadú. ¿El señor de Gabón?
- Perdone, pero salgo en este momento de casa.
- ¿Cuándo volverá?
- Uf, un día, en el futuro. Gracias.
V
- Diga.
- Le llama Vanesa Pérez, del departamento de marketing Teletel. ¿El señor de Gabón?
- Sí, soy yo. ¿Nos conocemos? Le adelanto que no hablo por teléfono con desconocidos. De eso se ocupa mi abogado. ¿Conoce la firma de abogados Garrigues? Pregunte por el mío. Él le atenderá. Gracias.
VI
- Diga.
- Le llama Vanesa González, del departamento de marketing Teletimo. ¿El señor de Gabón?
- Está en la cárcel, por evasión de impuestos. ¿Qué deseaba?
- Nada, bueno, ya llamaré en otro momento.
- Sí, dentro de unos dos años, cuando obtenga el tercer grado. Lamento no poder resolverle nada, monada.
VII
- Diga.
- Le llama Vanesa Rodríguez, del departamento de marketing Telestop. ¿El señor de Gabón?
- ¿Quién es Vd.?
- Vanesa Rodríguez, de Telestop.
- ¿Y cómo ha sabido la hora a la que volvíamos de la India? Es que mi pareja y yo acabamos de adoptar una niña y acabamos de llegar a casa. Es preciosa. Si me da su correo electrónico, le envío una foto. Se llama Asha. Está muy delgadita, pero yo creo que en un par de meses se va a recuperar. Somos muy felices. ¿Tiene Vd. hijos?
- No, todavía no. Solo tengo 25 años. ¿Le interesaría…?
- Pues son una bendición. Acuérdese de que se lo he dicho cuando los tenga. Se me saltan las lágrimas solo con verla. O también puede adoptarlos. Hay muchos niños por el mundo necesitados de cariño. Y te devuelven mucho más de lo que tú les entregas. ¿Qué quería?
- No, bueno, ya llamaré en otro momento. Enhorabuena.
- Gracias. Bueno, como tiene toda la información sobre nosotros en su ordenador, puede pasarse a verla cuando quiera. (…) Una teleoperadora encantadora. (…) Perdone. Es mi novio, que no sabía con quién estaba hablando. Bueno, que pase una tarde fantástica, y gracias por interesarse por nosotros. Es preciosa mi hija. Tiene unos ojos negros...
sábado, noviembre 19, 2005
Yo me quedo con los Álvarez Quintero
Me tengo por alguien especialmente abierto a propuestas de variada índole que no interesan a los masa-media (en boca de Chus Lampreave), o que interesan solo a medios minoritarios. Normalmente, participar de ellas me obliga a hacerlo en solitario y a invertir un esfuerzo, por ejemplo, atravesar de parte a parte la ciudad o incluso tener que desplazarme a un pueblucho sin saber bien cómo volveré de allí a altas horas de la madrugada –no estoy motorizado.
Durante años, he visto películas tan minoritarias que en algún caso fueron proyectadas solo para mí. He ido a ver algunas sabiendo por anticipado que no me iban a gustar, pero me daba pena de que no las viera nadie y entonces yo iba en solidaridad con todos los que han participado en ellas, porque sé que cuesta mucho hacer, y sobre todo estrenar, una película. He visto películas horribles (Jara) solo por ver un rato a Ángela Molina, mi actriz favorita, a Sharon Stone, a Jessica Lange o a Carmen Maura. Y he leído cómics presumidamente alternativos (y que no me interesaban en absoluto) o he visitado exposiciones decepcionantes para apoyar a mis amigos o conocidos. Y de todo ello luego me he convertido en combativo portavoz.
Recuerdo que un día leí en la Agenda de un periódico que Leni Riefenstalh iba a participar dentro de un ciclo de un ciclo de conferencias organizado por una Asociación Feminista del barrio de Ventas, en Madrid. Claro, aquello me pareció algo insólito, un viaje en la máquina del tiempo, de la historia y de la momificación. Creo que fue por entonces cuando Leni, la pobre, a sus noventa y tantos años, acababa de salir ilesa de un accidente de avión. Y además, si habíamos llegado ya al estadio en que las marujas de barrio reivindicaban la figura de alguien como Leni, por su hiperactividad, sus innovaciones en el campo de los documentales deportivos, sus contactos con los negrazos de las tribus africanas más espectaculares, su poderío en la natación y su capacidad para salir más o menos indemne tras los coqueteos con Adolfito Hitler (q.e.p.d., nuevamente en boca de Chus L.), pues bien, si estábamos ya en ese punto, eso quería decir que habíamos recorrido un largo (y tortuoso) tramo del camino. Claro, llegué a aquella sede de la asociación, ubicada en una infame peluquería de barrio, muy cerca de la productora de Almodóvar, y allí Leni no había llegado ni tenía ninguna intención de hacerlo. Lo único que me encontré fue a una serie de marujas realmente militantes del look cabaretera, enfundadas en chándales, haciendo círculo en torno a una estufa catalítica. Comprendí de inmediato que la realidad no podía haber dado el vuelco que yo había imaginado de la noche a la mañana.
Otro día me fui a ver una película cubana (Nada +) programada en un ciclo de cine hispano en unos cines que están en un centro comercial en medio de ninguna parte. Los horarios de autobús que te devolvían a la civilización estaban matemáticamente coordinados con los horarios del Carrefour del centro, pero no con los del cine. Así que cuando salí de la película, que me gustó bastante, me tuve que poner en la puerta para pedirle a un desconocido que me devolviera, por caridad, a terreno conocido.
Pero a pesar estas y otras muchas experiencias, no aprendo. Así que el jueves pasado me fui a ver una obra de teatro que una amiga me había presentado como polémica y por supuesto muy minoritaria. Fui con ella, que conocía a alguien dentro del equipo artístico. Luego, una vez allí, encontré a más gente conocida. No voy a decir el título de la obra, y mucho menos voy a delatar al autor. Solo diré que hacía mucho que no había visto algo tan pretencioso como aquello.
El escenario estaba compuesto por un breve andamio, cuatro focos en el suelo y dos pares de zapatos de tacón, uno a cada lado. En el fondo se proyectan una especie de grabados de primeros planos de dos mujeres. Las protagonistas son dos chicas en bragas y sujetador (con muy buena figura; que se atrevieran a salir así fue lo que más me gustó). En dos momentos de los 40 minutos de representación sale una violinista (que se podía haber quedado mucho más rato, la verdad). Las chicas empiezan a decir (o gritar) una serie de frases tan profundas como inconexas y abstractas (eufemismo para decir delirantes y pretenciosas hasta decir basta).
Llegados a un punto, uno de los focos, a 20 cms. de ellas, que están tumbadas en el suelo a punto de enrollarse, empieza a echar humo. Y más humo. Y de pronto se ve una llamita. Claro, el murmullo en la sala es general. “Ese foco echa humo” "¿No ves que hay una llama detrás?". Algunos se angustian y, desde diferentes puntos de la sala, se levantan para pedirle a alguien que tome medidas antes de que todos salgamos ardiendo como teas. Y entonces, cuando un personaje le está metiendo mano al otro, se produce el mejor momento de la obra, que tiene lugar justo a mi lado. Mi vecina de asiento, vecina del barrio y, a lo que se ve, miembro de la asociación de mujeres, le pregunta a su compañera:
- ¿Y eso qué quiere decir?
- ¿A mí me lo vas a preguntar?
¡Vaya, para una cosa que estaba clara…!
Por fin, apagan dos de los cuatro focos, cesa el humo y desaparece la llamita. Y entonces una de las chicas grita (o grazna): “Prefiero morir de SIDA que de ataxia”. Y es ahí cuando yo sufro una embolia y no me caigo al suelo porque estoy sentado. Cuando recupero mi ser, las chicas se callan y el público se mira entre sí sin atreverse a aplaudir, a patear el piso, a salir huyendo, o a lanzarse contra los responsables de semejante bodrio. Todo esto propuesto en un centro cultural de un barrio muy popular. Definitivamente, la realidad supera al porno.
Si esto es teatro experimental, pues, en lo que a mí concierne, francamente estoy dispuesto a defender en televisión a los hermanos Álvarez Quintero.
domingo, noviembre 06, 2005
X
Como si me metamorfoseara en Silvia Jato (con su mismo pelo negro azabache y una sonrisa prácticamente del tamaño del buque escuela Juan Sebastián Elcano reforzada por unos ojos a punto de escapársele de las órbitas), con la X se me ocurren varias posibilidades:
1. “X es una letra del alfabeto que se presta fácilmente, o con gran dificultad, a este tipo de juego. Prometo no volver a intentarlo”. Tía Fran Lebowitz.
2. X, así de escueto, en consonancia con el número de personas que acudieron a ver la película, supuso el debut en la dirección de cine de un guionista: Luis Marías. El elenco de actores era más que interesante: Antonio Resines -muy trabajador-, Esperanza Roy –una de las grandes, siempre-, Roberto Enríquez –más que guapo-, Marta Belaustegui –que a la chita callando ya tiene un carrerón detrás-… Por desgracia para todos ellos –no para mí, que no tengo nada que ver en la producción-, nadie fue a ver esta película.
3. Por seguir con el mismo apellido, Marías, pero ahora Javier, de su libro Cuando fui mortal: “El dolor propio no es que se pueda, se tiene que soportar, pero lo que no se puede es pedir que asistamos al que se inflige a sí mismo el otro, porque nunca veremos su necesidad.” (…) “… el espectáculo de la adoración no es nunca agradable de contemplar, menos aún si el que adora es alguien a quien se tiene aprecio: inspira pudor, da vergüenza,…”.
4. Llámalo X. Es una muletilla de la que afortunadamente yo NO hago uso (teniendo en cuenta que hago uso de una infinidad de ellas: ay, no sé; fenomenal, para nada y… de altos coturnos). Cuando alguien me dice que llame equis a algo, me dan ganas de ir un poco más lejos y adherirlo a una de ellas. Si ya completan la orden con otras posibilidades: “… llámalo X, Y o Z", entonces me dan ganas de autoinmolarme en una cruz.
5. Al señor X de los GAL lo dejaremos por el momento en ese limbo en que se encuentra.
martes, noviembre 01, 2005
Without you
de Adrian Henry
Without you every morning would be like going back to work after holiday,
Without you I couldn’t stand the smell of the East Lancs Road,
Without you ghost ferries would cross the Mersey manned by skeleton crews,
Without you I’d probably feel happy and have more money
And time and nothing to do with it,
Without you I’d have to leave my stillborn poems on other
People’s doorsteps, wappred in brown paper,
Without you thwre’d never be sauce to put on sausage
Butties,
Without you plastic flowers in shop windows would just be
Plastic flowers in shop windows
Without you I’d spend my summers picking morosely over
The remains of train crashes,
Without you white birds would wrench themselves free
From my paintings and fly off dripping blood into the
Night,
Without you Mothers wouldn’t let their children play out
After tea,
Without you you every musician in the world would forget how
To play the blues,
Without you you Public Houses would be public again,
Without you the Sunday Times colour supplement would
Como out in black-and-white,
Without you indifferent colonels would shrug their shoulders
And press the button,
Without you they’d stop changing the flowers in Piccadilly
Gardens,
Without you Clark Kent would forget how to become
Superman,
Without you Sunshine Breakfast would only consist of
Cornflakes,
Without you there’d be no colour in Magic colouring books
Without you Mahler’s 8th would only be performed by
Street musicians in derelict houses,
Without you they’d forget to put the salt in every packet of
Crisps,
Without you it would be an offence punishable by a fine of
Up to 200 or two months imprisonnent to be found in
Possession of curry powder,
Without you riot police are massing in quiet sidestreets,
Without you all streets would be one-way the other way,
Without you there’d be no one not to kiss good-night when
We quarrel,
Without you the first martian to land would turn round and
Go away again,
Without you they’d forget to change the weather,
Without you blind men would sell unlucky heather,
Without you there would be
No landscapes
No station
No houses
No chishops
No quiet villages
No seagulls on beaches
No hopscotch on pavements
No night
No morning
There’d be no city no country
Without you
martes, octubre 25, 2005
VAINICA DOBLE. ETERNAMENTE.
La mañana en que cumplí 28 años me levanté con una triste noticia: el día anterior había muerto Carmen Santonja. También ese día murió Carmen Martín Gaite -ambas eran amigas y, por ejemplo, la adaptación de la serie Celia, de José Luis Borau, las unió en televisión-, pero a ella, aunque tengo la idea de que también era alguien entrañable y en algún momento me adentraré en su obra, no la sentía cercana. En cambio, Carmen Santonja, aún sin conocernos en persona, era como alguien de la familia, alguien de quien me fiaba, una persona íntegra, con una mirada y una sensibilidad especiales que me acompañan desde hace casi 10 años. Una parte de su rica creatividad está recogida en más de cien canciones a las que recurro con frecuencia. Ella fue la mitad de mi grupo favorito, Vainica Doble. Se ocupaba de las letras y hacía los coros. La música la componía Gloria van Aerssen, que también ponía la voz. También es probable que trabajaran de otra forma.
Existe un viejo libro dedicado a ellas escrito por Fernando Márquez. Está editado en la colección Los Juglares por Ediciones Júcar. Es de 1983. El texto carece por completo de estilo, pero ofrece datos interesantes que no habríamos conocido de otro modo. Y es que Vainica Doble decidió llevar una carrera musical errática porque detestaban hacer promoción. Y dar conciertos: Gloria se ponía casi enferma. Según me contó ella, cuando Miguel Bosé inauguró en TVE su interesante programa musical Séptimo de caballería, las llamó para dedicarles el primer programa. Habría sido un bombazo. O por lo menos un bombazo para mí, que es lo que cuenta. Ellas, en su línea, volvieron a decir que no. Odiaban aparecer en televisión, y para los otros medios concedían las entrevistas mínimas. Claro, las casas de discos se ponían de los nervios, y casi han tenido una diferente para cada disco. Y el gran público no las conoce. Pero una vez que las has descubierto, una vez que te han contado su primera historia, ya no quieres dormirte sin escuchar la siguiente. Y otra más. Y otra. Se convierten en una compañía para siempre.
Había oído hablar de Vainica Doble, pero nunca las había escuchado. Permanecían –como sigue ocurriendo ahora- como patrimonio de un reducido grupo de seguidores incondicionales, muchos de los cuales son más que conocidos; Fernando Márquez, el Zurdo, incluyó un comentario de algunos de ellos en su libro. Me refiero a Jaime Chávarri, José Manuel Caballero Bonald, Luis Eduardo Aute, Jaime de Armiñán o Luis de Pablos. Curiosamente, tuvieron una cierta popularidad por delegación: Sergio y Estíbaliz hicieron versiones de dos de sus canciones, Déjame vivir con alegría y Un siseñor con las patas verdes.
Cuando yo descubrí sus canciones, sus discos no existían en las tiendas. Tenía un par de casetes que me había grabado el amigo de una amiga. Un día encontré por azar en el Rastro un casete original de El eslabón perdido. Pero a los pocos meses –oh, maravilla- se reeditaron en CD varios de sus discos, y el primero que me compré fue Heliotropo. De este disco, las canciones que más me gustaron enseguida fueron El pabú –que no tenía ni idea de lo que era; luego me enteré de que así llamaban en Madrid a los primeros coches de motor, y había otros más grandes a los que llamaban haiga- y la Habanera del primer amor. ¡Qué milagro descubrir algo que llega a emocionarte, algo que te lleva por un camino mágico poco a poco, algo que vas comprendiendo enseguida, algo que capta tu atención! Es un claro reflejo del genio del artista, y un ejemplo de la comunicación.
Luego fueron apareciendo otros discos y los fui comprando. Intentaba darlas a conocer en mi círculo, con escasa fortuna, debo confesar. Intentaba hacerles aprender a los pequeños de la casa algunas canciones como Guru Zakun Kin Kon, que me parece una canción hermosísima que refleja muy bien el espíritu colonizador y agresivo de gran parte del género humano, y que renueva las ganas de emigrar a Venus, o La ballena azul. Tengo que admitir que no lo he logrado, y a estas alturas he tirado la toalla.
Y me he pasado muchos años preparando el arroz de los domingos mientras cantaba del derecho y al bies:
“- Siempre que vuelves a casa me pillas en la cocina embadurnada de harina, con las manos en la masa.
- Niña, no quiero platos finos, vengo del trabajo y no me apetece pato chino. A ver si me aliñas un gazpacho con su ajo y su pepino.
- Papas con arroz, bonito con tomate, cochifrito… ” Es la banda sonora del programa de los 80, pionero en su género, presentado por Elena Santonja: Con las manos en la masa. Junto a Gloria canta Joaquín Sabina.
Me emocionó escuchar una canción dedicada a un niño mariquita: El rey de la casa, basado en un referente con nombre y apellidos, un vecinito de un veraneo en Galicia. En Navidad, junto a un villancico de La Macanita, que aparece en Flamenco de Carlos Saura, en casa cantamos el ¡Oh, Jesús! Y muchos días de soledad la banda sonora de mi vida la marca una canción que se llama Un metro cuadrado. No se necesita mucho más de lo que dice esta canción para ser (modestamente) feliz: una guitarra, los cuentos de Calleja, una parra que te dé sombra:
“… que la gente sepa que todo eso es mío y nadie se atreva a entrar sin permiso… Un metro cuadrado sembrado de hierba… un libro en las manos, con estampas viejas, sus cantos dorados, cuentos de Calleja… Sobre mi cabeza se ve el cielo mío, todo el cielo propio, y podré mirarlo sin pedir permiso con un telescopio…”
Cuando ya creía que había escuchado todo lo que tenían publicado hasta entonces, encontré un disco que me faltaba: Contracorriente (1976). Lo escuché en la terraza, al sol, una mañana mientras desayunaba, y se me hizo un nudo en la garganta que luego se transformó en un llanto de alegría cuando descubrí una canción desconocida preciosa: Eso no lo manda nadie, una adaptación de una canción popular instrumentada con un sitar. Todo lo que dice la canción es:
“Y a mí me podrán mandar a servir a Dios y al rey, pero quitarme a tu persona eso no lo manda nadie”
Y están las Cartas de amor, y Taquicardia:
“Doctor, hágame un electrocardiograma porque tengo delicado el corazón. Ay, qué palpitación, cómo late mi corazón. Sístole, diástole. ¿Dónde está ese médico de guardia para que me cure esta taquicardia?”
Y está, por supuesto, Pasos en falso, que refleja perfectamente lo que yo hago a cada momento. "Por intentar detenerte, voy dando pasos en falso. No me acostumbro a perderte, pero todo lo que hago tratando de evitar tu alejamiento es un desesperado y triste intento".
O la historia de Mi alumno, el flirt entre una profesora de piano que se pone atómica con su joven alumno, que tampoco le va a la zaga. La funcionaria ilustra el estado en que se encuentra medio país, aquellos que desearon ser funcionarios y luego se vieron sepultados entre legajos. (Otros tiraron por la calle de en medio y se han pasado la vida sin dar un palo al agua; en todas partes los hay demasiado listos). Carlos Berlanga hizo una versión de esta canción que aparece en su disco Indicios. Ellas le hicieron los coros, y quedaron muy contentas con el resultado. No es nada sencillo hacer una versión decente de una canción de Vainica Doble. (Sin embargo, me parece bastante digna la versión de Marcela Morelo de la Habanera del primer amor).
Después de 13 años sin grabar, en los que siguieron componiendo bandas sonoras para Jaime de Armiñán, entre otros, y canciones para Luz Casal –Rufino es una canción de Carmen Santonja; y con Lo eres todo ganaron el premio Ondas a la Mejor Composición; Gloria me dijo que para entregarles el premio se acordaron de avisarlas la noche anterior, y que tenían que coger un avión hasta Barcelona, así que pasaron del premio- , en 1997 se produjo todo un acontecimiento: Vainica Doble sacaba nuevo disco. Lo titularon Carbono 14 –por entonces rondaban los 65 años: estaban perfectas para someterse a esta sencilla prueba-, y la casa de discos lo presentó por todo lo alto en el Palacio de Gaviria de Madrid, con el Gran Wyoming como maestro de ceremonias. A ellas no les quedó más remedio que asistir. Pero se arrepintieron de volver en aquellas condiciones: Gloria contaba que los de la discográfica le exigieron que gritara, en lugar de cantar, y “está todo muy ordinario. Además, se tenía que oír a los colaboradores, a Fulanito, al novio de Fulanito, etc”. Incluye una versión del ¡Oh, Jesús!, con bastante presencia de Miguel Bosé, algo que se podría haber ahorrado: un hermoso villancico descuartizado. En cambio, la versión de Lo eres todo, con Alejandro Sanz, más aflamencada –antes de que llegara a Luz, esta canción estaba escrita para Manzanita- me gusta mucho.
Hay que citar a Paco Clavel, quien en 1988 tuvo el lujo de grabar una divertida canción firmada por Vainica Doble, La chinita de Shanghai, canción para la que además Gloria y Carmen tuvieron la generosidad de hacerle también los coros -una versión por las propias autoras está incluida en En familia-. Paco Clavel, presente en los coros de Juncal, organizó en el Círculo de Bellas Artes una exposición de homenaje a Vainica Doble con obra pictórica de amigos artistas de ellas. Con la exposición se editó un disquito, Miss-Labores, con 5 canciones, una nueva -sonrojante-, y cuatro procedentes de series de TV de los 70.
Vainica Doble ejerce un claro influjo sobre muchos grupos posteriores, algunos muy conocidos como Mecano, quienes cambiaron “la sonrisa Profidén” de Vainica por “la cara vista es un anuncio de Signal", y el Ay, quién fuera a Hawaii se convirtió con Mecano en Hawaii-Bombay.
Y a finales de 2000, seis meses después del fallecimiento de Carmen, salió En familia. El pintor y Dices que soy son dos canciones preciosas. Es un buen cierre a una carrera de calidad que podría haberse desarrollado de otro modo. Gloria quedó muy satisfecha con las condiciones de trabajo con Elefant Records.
Y paso por alto la obra pictórica que han dejado y los cuentos que Carmen publicó.
Vainica Doble es sin duda una gloria nacional y merece un gran homenaje.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)