miércoles, septiembre 10, 2008

Rarezas

Lo raro es vivir: así tituló Carmen Maite Gaite uno de sus libros. En mi pueblo, decir de alguien que tiene rarezas significa que no sabes por dónde cogerlo, que tiene manías, tics, hábitos irracionales e indesmontables. Todos tenemos alguna rareza, pero cuando alguien colecciona con verdadero afán, entonces las cosas se complican, sobre todo si tienes que coexistir con la persona en cuestión.
Raro, rareza, bizarro, extraño... suena mal: tiene connotaciones peyorativas. Sin embargo, en francés "rare" no es equivalente de extraño, sino de escaso: "Je ne prends le train qu'en rares occasions". Quienes no quieren utilizar el término raro, se acogen a otro al que le otorgan una carga eufemística, aunque viene a ser lo mismo: "Fulanito es peculiar". Hay otros que directamente hacen de su capa un sayo y utilizan otro adjetivo que hemos escuchado en las películas: "genuino". Y los más descarados dan un paso más y dicen: "Fulanito es realmente auténtico". O "increíble".
En fin, todos estos calificativos en realidad no quieren decir nada, no significan nada. ¿Qué es ser raro? Una chica de unos 27 años con la que me suelo cruzar es rara: se tapa la cara blancuzca con una melenita pobrísima de un color paja y un maquillaje que parece haberle tirado su madre por la ventana antes de coger el autobús; la hechura de sus vestidos está directamente inspirada en los que lucía la actriz que anunciaba el queso suizo Maman Louise: faldones, pecho ceñido y drapeado y todo lo demás, vuelo; gasas, etc. Esta chica es rara. Y se jacta ello.
Yo también soy raro. No me gustan los ruidos y persigo el orden (un orden que en absoluto es obsesivo). Valoro y trato de poner en práctica la buena educación. Cuando me comprometo a hacer algo, trato de cumplirlo: le doy un valor a las palabras, y sobre todo a la palabra pronunciada o escrita. No tengo televisión en casa porque desde hace años me resulta ALTAMENTE contaminante (especialmente, Canal Sur, televisión o radio, tanto da, que creo que analfabetiza, entontece y embrutece). Sigo llevando pañuelos de tela en el bolsillo. Dejo pasar primero a los demás, sean hombres, mujeres o travestis. Antes de tomar la palabra, espero a que el otro termine de hablar. Y no me vale aquello de "Aquí te pillo, aquí te mato". Admiro a las personas trabajadoras, que se esfuerzan por mejorar, que observan y se interesan por lo que pasa a su alrededor, que ayudan a los otros, que no van arrasando con todo lo que hay, que no despilfarran el agua o los recursos de todos. Admiro a las personas que trabajan: estoy hasta la peineta de cuentistas. Admiro a las personas que entregan su tiempo, que son generosas. Y deseo ser eso: trabajador para mejorar mi entorno y generoso. Y admiro la cultura francesa: me gusta Francia, el francés y los franceses. Y una tarde ideal para mí tiene lugar en una terraza con vistas, como la que se ve en la foto de un hotel de Madrid. Por todo ello (y por más cosas), soy raro, bizarro, extraño, peculiar, auténtico, genuino, diferente, original, insólito, chocante. O como quieran llamarlo.

domingo, junio 29, 2008

¡Cómo hemos cambiado!

No es sencillo mantener un blog a diario, ni siquiera de forma semanal. Al final se convierte en una tiranía. Eso no quiere decir que uno deje de plantearse interrogantes, aunque sí es cierto que hubo días que se parecieron peligrosamente al precedente y al posterior. Uno sigue, afortunadamente, vivo. Y con ganas de seguir viviendo. Y creciendo. Se va cruzando con gente que le hace mirar de otra forma. A veces se le quedan cuentas pendientes, malatiende a amigos por los que sentía devoción incondicional. Engrasa articulaciones mentales. Escucha. Observa. Desciende en caída libre, pero un buen día dice que se debe una tregua, una larga tregua, otra oportunidad. Pasa el tiempo. Javier Marías en su artículo dominical decía hoy que a veces uno permanece casi petrificado durante años, sin acusar el menor cambio, pero, de repente, un año apenas es suficiente para una gran revolución que se marca en la cara. Y todo tiene que ver con el vivir. Ese es el gran empeño que no podemos perder de vista. Volveremos a las andadas y trataremos de renovar la mirada.

martes, mayo 22, 2007

me gusta / no me gusta

me gusta Los campos verdes de abril Los campos amarillos de girasoles Los campos rojos de amapolas Las viejas fábricas con chimeneas para reconvertirlas en centros culturales en los que NO se vende nada Las construcciones, en general (secaderos de tabaco, cortijos, iglesias…) rehabilitadas y reutilizadas La gente que saluda, que dice buenos días y adiós. La gente educada. Los niños educados Las medianas de las autovías en las que hay vegetación: flores, retamas en flor… Las canciones bonitas Las terrazas y las azoteas de las casas. Las terrazas de los bares y los cafés Los cafés Las fuentes que no son cursis Los árboles grandes Las bolsas de papel Las bolsas de tela para hacer la compra La gente con buena pata, con sentido del humor Los libros de Jardiel Poncela y de Fran Lebowitz Las historias cotidianas no me gusta Los pueblos sin sabor Las construcciones con bloques de cemento y ondulina Los centros comerciales El Corte Inglés Los aparcamientos Las filas de coches Las estaciones de autobuses Las urbanizaciones en medio de la nada con nombres como “Paraíso” o “Mirasierra” Los rótulos publicitarios demasiado diseñados Los bloques de pisos al borde de la carretera Los bloques de piso que no están al borde de la carretera Los hoteles en serie Las campañas electorales La publicidad que me tutea La publicidad descuidada Los barrios de la periferia La gente que está permanentemente de mal humor La gente inepta total para la menor felicidad La perversión y la obscenidad televisivas Los chándales

lunes, mayo 14, 2007

¿Qué hice en los 90?

Fui al cine y vi cientos de películas. Películas españolas, francesas e inglesas. Pero también italianas, alemanas o portuguesas. Películas chinas, taiwanesas o neozelandesas. Películas suecas, rusas e incluso finlandesas. Películas argentinas, cubanas o mexicanas, pero también norteamericanas y canadienses. Películas en el cine de estreno, en los restos que quedaban en Madrid de sesión continua y en la filmoteca. En ciclos que se programaban en Madrid o en festivales como el de Valladolid o el de San Sebastián. Sin duda, todo ese cine me ha hecho como soy ahora, aunque yo no sepa detectarlo. Vi casi todas las películas de asunto gay, casi todas en las que intervenían mis mitos de entonces: Robert de Niro, Harvey Keitel, Sean Penn, Sharon Stone, Ángela Molina, Javier Bardem o Jessica Lange. De todas esas películas, solo se han quedado realmente entre mis referencias cotidianas un par de docenas, quizá alguna más. Por supuesto, “Thelma y Louise”, “Casino” o “Pena de muerte”. El "Hamlet" de Kenneth Branagh: me encantó. La vi, como la mayoría de estas películas, yo solo. Creo que fue en el cine Luchana, en verano, con un aire acondicionado tan a tope que yo quise tener un abrigo como el que lucía Hamlet. Sin duda, un excelente diseño de vestuario. Y mucho más. “Tomates verdes fritos”, “Paseando a Miss Daisy” y “Freda y Camila”, todas protagonizadas por Jessica Tandy. Pobrecita. Cine iraní, “A través de los olivos”, del que me retiré a tiempo. Demasiada poesía. “Swoon”, “Living to the end” –heavy-, “Jeffrey”, “Nosotros dos” –cine australiano con un jovencito Russell Crowe pre-gladiator y al parecer lampando por un papel que llevarse a la boca, incluido el de un gay con un padre supercomprensivo; un espanto llamado “Bésame, Guido”, “Amor de hombre” –en cuya fiesta en Pachá estaba el principito-, “Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí” o “Las noches salvajes”, una película que sí me trastornó. Y muchas más: “Zero Patience”, un musical gay; “Love, valour and compassion”, un película de gran ternura llamada “Beautiful things” –con una frase genial: “Si decido reconvertirlo en burdel, te llamaré”- o “Los juncos salvajes”, otra película preciosa. Vi películas que sé que me gustaron pero me cuesta mucho decir de qué iban: vi casi todas las de Eric Rohmer, vi una india, “La reina de los bandidos”, vi “Pequeños arreglos con los muertos” y “Mi amiga Max”. Vi todas las de Hal Hartley, como si Hal Hartley fuera… imprescindible. De sus películas apenas recuerdo los títulos: “La increíble verdad”, “Trust”, la más bonita; “Simple men”, “Amateur” y “Flirt”. Creo que ahí me paré. Y poco después se paró él. Vi clásicos por un tubo en la filmoteca, desde “Bienvenido, Mr. Marshall” hasta “Encadenados” pasando por “El gran carnaval” o “Fedora”, que son desde entonces algunas de mis pelis favoritas.

lunes, abril 09, 2007

Té paquistaní

Ya no es ningún misterio que El Equilibrio y yo no somos ni de lejos dos extremos de una misma relación; vamos por caminos diferentes. Divergentes, incluso. Uno de mis amigos, al que yo estimo bastante equilibrado, acaba de contarme –no diré confesarme, claro- que se ha buscado un psicólogo de cabecera. La verdad es que me parece un lujo envidiable. He vencido la sorpresa, pero no el pudor para preguntarle: “¿Y eso?” Por otro lado, el de los psicólogos es el gremio que tengo más a mano. Ya le plantearé algunas cuestiones a mi ángela en la ciudad. Lo cierto es que me siento como en volandas; yo no conduzco mi vida. Voy de un lado para otro como un títere –sin cabeza-, sin objetivos claros, sin saber los pasos que debo dar y dando con frecuencia pasos en falso. En resumen, me visto de un barniz de diletante sin poder permitírmelo. Aunque debería estar leyendo a Montaigne, en realidad me apetece más hincarle el diente por fin al primer volumen de las memorias de Terenci Moix (de hecho, ya lo estoy haciendo). Sigo paseando por la ciudad, pero ahora con la fantástica novedad de un iPod, gentileza de los amigos de allende el océano y el lago. Los paseos por la ciudad, ambientados con la música que por primera vez sale de mi casa –Vincent Delerm, Seu Jorge, Dino Saluzzi, Jane Birkin…-, adquieren de pronto otra dimensión. Tienen un punto de desrealiadad. Es como si me volviera invisible de pronto, o como si las escenas que observo –la mayor parte de las veces de un feísmo supino- fueran puro teatro: un niño gordo comiendo churros a media tarde, un conjunto de nylon de color marrón y grandes letras doradas: DIOR; narices necrosadas; gente que parece pavonearse con el carro de la compra a rebosar de artículos que van desde la bollería industrial a las ruedas de recambio; voces que estarían muy bien si acaban de anunciar el Armagedón –pero no antes-;… De todo ello me distancian estas músicas que llevo encima en un espacio inferior a una breve caja de cerillas. De costumbre, no pasa nada. Unos días se parecen bastante a otros. Uno sale, toma café con los amigos y sigue con los quehaceres. Pero de pronto alguien nuevo se suma al café o al té paquistaní. Tanto da. Y la mayor parte de las veces no pasa nada. Pero de pronto un día se produce una especie de flechazo. Te presentan a alguien y, acto seguido, por un maravilloso azar, una mirada negra se ha clavado en tu mirada, y un intercambio de frases banales en realidad se está convirtiendo en pura pasión, el “trabajo en el conservatorio” significa “mi cama es enooorme”… Y cinco minutos más tarde hay una invitación para acogerte en una casa a 300 kilómetros. ¿Qué ha pasado? ¿Quién está tan desequilibrado con tú? Quizá nunca se va a materializar esa invitación, y da igual. La cosa es que mientras dura el té, mientras las miradas atraviesan a los otros tertulianos para llegar a esos ojos negros, miradas ambientadas por la música de Carlos Berlanga, se está produciendo una historia, incluso una gran historia aunque solo dure una hora. La hora del té. Té paquistaní.

domingo, marzo 11, 2007

Por qué sonrío al escuchar a Vincent Delerm

Me pone contento escuchar a Vincent Delerm porque: 1. Me gusta la idea de traducir sus canciones, sus ocurrencias, y de buscar sus equivalencias en español. 2. Me parece elegante su voz grave, ideal para intentar aprender un poco de francés, para intentar captar las letras y luego ir a verificarlas en www.paroles.net. 3. Me parece divertido, alguien con quien yo me entendería, con una mirada distinta y especial sobre los detalles de la vida cotidiana, y más particularmente sobre las relaciones chico-chica. Nada tiene por qué ser tan terriblemente complicado, no hay por qué hacerse daño gratuitamente solo porque el deseo se ha esfumado, ni hacer un drama si te dejan. ¿A quién no han abandonado alguna vez? Pero lo importante es seguir deseando, y desear también encontrar otros amores en los que derrochar nuestro cariño. 4. Me río con sus divertidos vídeos, como el de "Sous les avalanches", con Jean Rochefort. 5. Sus homenajes al cine -"Deauville sans Trintignant", "Fanny Ardant et moi", dúos con Irène Jacob o la cita de la biografía de Simone Signoret- y a la literatura, atreviéndose a reírse de una adaptación de Shakespeare o rescatando el momento en que te cruzas en la calle una celebridad discreta como Patrick Modiano, son a la vez un autorretrato. 6. Sus canciones se compone de una mezcla de ternura, humor, ironía y ninguna pretensión. Por todo ello me gusta escucharlo, cantar sus canciones, hablar de él. Y sonrío.

lunes, marzo 05, 2007

Noche andaluza de luna llena con eclipse y una chumbera

Ya hace casi tres años que llegué a Granada, y me encanta; me encanta vivir aquí. He tenido mucha suerte porque cuando nada más llegar apareció mi Ángela, me tendió la mano y me presentó a la mayor parte de la gente que conozco ahora. Todavía me queden algunos pasos que dar para sentirme realmente cómodo: ese es el reto y en ello estoy.
Este fin de semana ha sido la primavera. ¡Qué alegría, qué gusto que hubiera sol, luz, gente en la calle! La noche del sábado fuimos a ver actuar a Chúa Alba y su cuadro flamenco; Chúa ha incorporado un contrabajo, y ese instrumento enorme le da una sobriedad y una elegancia nueva a su actuación. Me gustaron mucho los fandangos de Huelva con que abrieron el espectáculo; me pierden los fandangos. Y se me pasó sin sentir la actuación, en ese teatro tan especial que es La Chumbera.
El edificio justifica la condena a trabajos forzados perpetuos del arquitecto -si es que lo hubo-, del empresario y de todo el equipo municipal que extendió las autorizaciones oportunas para que levantaran semejante aberración en un entorno tan hermoso como la colina del Sacromonte. Es como un polideportivo o un gallinero, construido con materiales de derribo y terminado a toda velocidad, sin tiempo para verificar si todas las localidades tenían o no visibilidad. Pero a pesar de la labor nefasta de la mano del hombre, el entorno se impone. En lo único que han acertado es en ajardinar los accesos y en poner una gran luna de cristal como fondo del escenario. Lo que se ve detrás de ella es La Alhambra iluminada, y eso te reconcilia una y mil veces contigo mismo y con la vida.
Al salir del espectáculo, la hora de los saludos, los comentarios, los piropos a los artistas... Era como una fiesta, como una gran cita con mucha gente a la que conoces, pero a quien no llamas. A todos nos unían las mismas ganas de disfrutar de una gran noche. Y además aún nos quedaba por ver a la luna atravesar por todas sus fases, ir ocultándose con la proyección de la sombra de la tierra hasta convertirse en una especie de gran moneda de cobre. En fin, todo un regalo.
Luego, unos vinos en una terraza del Albayzín. Gente nueva, charla, tensión sexual, privamera, risas, miradas que se cruzan, un poco de humor, poesía, ganas de soltar lastre, de dejar atrás pesos que nos estancan, gente que no pierde el tiempo... Ya está bien: un poco de hedonismo nunca viene mal.

sábado, febrero 24, 2007

El final de Piedras (2002), de Ramón Salazar

CARTA DE LEIRE DESDE LISBOA A SU AMIGO JAVIER “… Enhorabuena por ese novio médico estupendo que te has echado, no muy guapo, pero con una interesante nariz grande, aficionado a Mafalda como tú y melómano (…) Pues a ver cuándo me hacéis una visita tú y tu novio para que os dé el visto bueno. Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido. Pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe, pero acertando en las letras que quiero dar. Estoy tranquila. Por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro. Eso es bueno, ¿no? Y tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez y olvidarme de que esta y cualquier otra ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque solo sea un poco. Bueno, si es mucho, mejor. ¿Has visto qué egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos solo para no estar solos? Yo creo que me he enamorado de un chico. Bueno, de su cogote. Me encanta el cogote de un conductor de tranvía al que no conozco. Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre soñaste tener. ¿Dónde irán los sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda: son la excusa para vivir. Por eso a veces también se convierten en la mirada nostálgica de lo que nunca fuimos. ¡Qué putada, Javier! Asumir que nunca serás lo que siempre deseaste. Ni esperarlo siquiera. ¡Joder! Deseo, deseo, deseo, deseo. Quiero con todas mis fuerzas ser feliz, y con eso hacer un poquito felices también a los que me rodean. Eso es lo que siempre quise. ¡Ay, qué bien! ¡Qué bien Lisboa, Javier! Besos, ”

domingo, febrero 11, 2007

Renée Le Calm

Este fin de semana he programado en casa una sesión doble de cine francés: “Cada uno busca su gato” (1996) y “Cuatro estrellas” (2006). De la primera, que ya la había visto en su estreno, tenía un grato pero desdibujado recuerdo. Me ha gustado mucho recuperarla: es una película fresca, sin grandes pretensiones, amable, divertida, en la que se idealizan las relaciones humanas de un barrio de gran ciudad. Aquí está representado por sus entrañables viudas jubiladas, un perfecto ejército organizado para ayudarse y ayudar a quien estimen que lo necesita. En este caso, todas se vuelcan para encontrar el gato perdido de una joven maquilladora en los alrededores de La Bastilla. Esta hermandad, esta colaboración, esta solidaridad, ya no existe. A menos que hagamos lo que esté de nuestra mano por recuperarla… Me quedo con muchos elementos de la película: el piso de la protagonista, la parodia de las sesiones de fotos de modelos de maquillaje, el compañero de piso, la red perfectamente coordinada de las ancianas del barrio, las vistas de París desde lo alto de la columna de La Bastilla… Pero lo que ya no olvidaré es la señora mayor que se encarga del gato protagonista, Gris-Gris. Ella es madame Renée y está interpretada por una actriz –quizá no profesional, no lo sé; esta fue la primera película en la que aparecía acreditada- llamada Renée Le Calm. La primera vez que vi está película hace 10 años sí la olvidé, pero esta vez ya no será así. Tiene la voz cascada, es bajita, graciosa sin pretenderlo, anda cojeando, tiene un gran amor a los gatos –sin que por ello pierda los papeles- y la conoce y la quiere todo el barrio. Pues bien, Renée Le Calm sigue viva, afortunadamente, y ligada al cine. Lo descubrí en la segunda película de la sesión. Los dos minutos en que aparece antes de los títulos de crédito en “Cuatro estrellas” le bastan para convertirse en lo mejor de la película. Apenas cuatro frases, cuatro breves réplicas y crea un personaje maravilloso, divertido, ácido, madame Poilloux, del que ya no te olvidas en todo el film, por lo demás, una comedieta ligera, bien interpretada, pero sin más. Sin embargo, solo por esta secuencia inicial hilarante, merece la pena verlo. Sirvan, pues, estas líneas como sencillo homenaje a esta actriz entrañable que me ha hecho pasar tan buenos ratos. Sirvan también para llamar la atención sobre ella y sobre tantos actores de reparto sin los cuales las películas no alcanzarían su grandeza en unos casos o no tendrían interés alguno en otros. Le seguiré la estela, señora Le Calm. Gracias.

miércoles, enero 31, 2007

La familia: Canto de Odio, de Dorothy Parker

Odio a la familia: Me produce calambres Primero están las Tías: ¡Incluso los mejores de entre nosotros tienen! Siempre te visitan cuando están de paso Y si les pides que se queden, Se apresuran a tomarte la palabra. Y no fallan nunca en decirte la mala cara que tienes. Te agobian con los chismes De sus amigos que están Chochos, No dejan de hablar de sus Órganos Que siguen en un Estado Crítico Y dedican el tiempo a hacer pasar por la pantalla de rayos X Ciertas partes de su cuerpo todas con nombres que hay que pronunciar borracho. Todo eso para acabar por confiarte lo que acaba de declarar el doctor: Que no tienen más que una posibilidad entre cien… ¡Todavía una posibilidad más! Y luego también las Cuñadas, Esos Males Necesarios del Matrimonio… Lo único que no dicen de ti Es lo que no saben decir por falta de vocabulario. Poco importa lo que hagas, Ellas saben hacerlo mucho mejor que tú. Espulgan la casa en busca de la menor mota de polvo. Y si no lo encuentran, Es para ellas un día negro… Si les ves esa cara ofendida, Si se arrogan el derecho de darse esos aires de mártir, Es porque no soportan que no se les aprecie más que cuando se van… ¡Claro! Y aún están los Sobrinos… Esta baja especie de la vida animal… Profieren cosas geniales Y nada en el mundo podría impedirles Recitar sus poemitas en honor de las Barras y Estrellas. Tienen sentido del humor: del humor Negro… Te pegan chillidos en la oreja, Retiran la silla en la que te vas a sentar… Cada vez que intentas causar buena impresión a alguien, Son ellos los que aparecen, Impacientes por probar las palabras que han aprendido en el kiosco de helados… ¡Lo que deseo es que el Gobierno llame a filas a todos los varones menores de diez años! Y por fin los Maridos… Esa Cruz que arrastra la Mujer Blanca. Nunca se dan cuenta de nuestro vestido nuevo, Tienes que ponérselo en las narices. Te hablan sin cesar del negocio que acaban de cerrar, De sus talentos de estratega, Y tú tienes que poner cara de estar transida de admiración. Están siempre plantados en la puerta de tu habitación Sacando el reloj cada cinco minutos: “¿Cómo no estás todavía lista?” Imposible que ellos se equivoquen: Todo es siempre por tu culpa… Y cada vez que sales a darte un respiro, Te topas con ellos… Si por lo menos alguien pudiera desatornillarlos…! Odio a la familia: Me produce calambres

lunes, enero 15, 2007

Delon

Me gusta mucho Alain Delon: me gusta verlo en fotos antiguas. Y en El silencio de un hombre, una película que me encanta. Me gusta escuchar Paroles, paroles, el dúo de 1973 que hicieron Dalida y él: me pone contento y me la sé de memoria. Me trae buenos recuerdos. Ahora estoy escuchando el nuevo disco de Françoise Hardy, en el que canta con gente muy conocida alguna de sus canciones preferidas. La que más me gusta a mí es la que canta con Delon, Modern Style, aunque hay que decir que la voz de Delon suena ... de otra manera. Así que me he dado un paseo por internet para contarles lo que sigue sobre él:
A principios de los 70, Alain Delon pasó TVE para ser entrevistado en Directísimo por José María Íñigo. En 2004, Íñigo publicó un recopilatorio de anécdotas titulado Ahora hablo yo, y ahí cuenta que, de todos los entrevistados que han pasado por sus programas, de quien guarda el recuerdo más desagradable es de Alain Delon, alguien frío, distante, técnicamente correcto con él –solo respondió a las preguntas de Íñigo; se negó a que el resto de periodistas que acudieron al programa le interrogaran-; altivo. O por decirlo sin eufemismos: un chulo. Pero al menos, en aquella época estaba todavía en la cresta de la ola, de su belleza y de su carrera como actor. Posteriormente, ha mantenido su reputación de alguien desagradable con un discurso ideológico que lo convertiría en un peligro –nada que ver con su papel en El eclipse, de Antonioni-, si alguna vez lograra una mínima cuota de poder, y que tuvo sus escarceos en negocios no muy nobles y nunca del todo aclarados allá por 1968.
Hoy, con 70 años, el declive se ha cebado con su carrera; y de su antigua belleza, queda una pálida sombra –pálida sombra, no obstante, por la que me imagino que firmaría ahora mismo Burt Reynolds, tras su tête-à-tête con la ciru.
Pero además de esta Cara B, la Cara A presenta a un mito erótico de los 60 y 70 con el que podemos repasar algunos importantes títulos del cine francés. Porque Delon se ha rodeado de gente realmente importante en sus películas.
Su paso por el Festival de Cannes de 1957 fue decisivo porque de ahí le salieron dos contratos. Y en 1958, ya es protagonista junto a Romy Schneider de Amoríos (“Christine”). Con ella repetiría en A pleno sol (1959), un clásico del cine negro, adaptación de la novela de P. Highsmith, y en La piscina (1968), que supuso el debut de Jane Birkin.
En 1960, Visconti, que tan ligado estaría luego a Romy Schneider, contrata a Delon para protagonizar Rocco y sus hermanos, film adscrito al neorrealismo y punto de inflexión en la carrera de Visconti. Tres años más tarde repiten en la adaptación de la crónica de la historia italiana escrita por el barón de Lampedusa y que ganó la Palma de Oro en Cannes. En El gatopardo aparece Serge Reggiani, igualmente conocido por su faceta como cantante. (Su película más conocida, coprotagonizada por Simone Signoret, fue París, bajos fondos. Murió en 2004). Delon también será el espadachín de El tulipán negro, rodada en España, y participa el drama bélico sobre la invasión de París por los nazis ¿Arde París?, junto a un reparto estelar: Belmondo –a quien encontrará de nuevo en Borsalino (1969) y en Uno de dos (1998)-, Kirk Douglas, Leslie Caron, Michel Piccoli o Charles Boyer.
Y con algunos otros títulos en medio, llegamos a 1967 y a Le samuraï, de Jean-Pierre Melville. El título en español, El silencio de un hombre, está sacado de una cita que leemos al principio de la película y recoge perfectamente su espíritu. Jeff Costello, vestido con gabardina y sombrero, es un asesino profesional. Y además es un hombre silencioso y solo, desprovisto de cualquier emoción, excepto de una profunda mirada. Engañado por sus socios, este héroe tendrá que defenderse de dos fuegos, la policía y sus cómplices. Y en esta doble persecución por las calles y el metro de París, con un tratamiento que nada tiene que ver con el de Hollywood, Melville presenta a un hombre profundamente solo y acorralado, que es mucho más que un simple matón.
Delon se rodeó de otros dos grandes de cine francés en El clan de los irlandeses: Lino Ventura y Jean Gabin, con quien repitió en 1973 en Dos hombres en la ciudad.
Secundó a la gran Simone Signoret, con la que alcanzó una relación casi filial, en La viuda Coudert”; a Trintignant en Flic Story; a Brigitte Bardot en una adaptación de cuentos de Poe dirigida por Louis Malle, a Catherine Deneuve en Un flic...
Como se ve, Alain Delon ha trabajado con los mejores actores franceses y algunos internacionales: Paco Rabal, Ingrid Bergman, Shirley McLaine, etc, y, sin duda, es una pieza clave para repasar toda la historia del cine francés jugando a "Los seis grados de separación”. En su haber tiene el César al mejor actor que ganó en 1985 por Notre histoire, de Bertrand Blier, quien contó de nuevo con él en Los actores (2000), una reflexión sobre el mundo de la interpretación y última prestación reseñable del actor hasta la fecha.

sábado, enero 13, 2007

Mariluz

Hace mucho tiempo estuve trabajando en un café del centro de la ciudad. Pasé casi un año. Me gustaba mucho y me entendí muy bien casi desde el principio con mis dos compañeros, con una chica que venía de vez en cuando e, incluso, con mi jefa, un torrente de voz que salía de debajo de una cabellera de color naranja-berlín-cabaret.

Empecé yendo solo los viernes y los sábados, como refuerzo, pero al cabo de un tiempo empezaron a contar conmigo más días a la semana. A mí me venía muy bien porque durante todo ese tiempo no tenía ningún otro ingreso y sí los mismos gastos de siempre, aunque estuvieran reducidos a su expresión más abstracta. Mi manera de ahorrar era reducir las necesidades a su mínima expresión, pero no me lucía mucho el pelo. Además, el café estaba muy animado, y para mí era casi como salir de marcha: no tenía la sensación de hacer un trabajo pesado, y a veces incluso tenía tiempo de sentarme un rato en la mesa de algunos clientes a charlar un rato con ellos. Así que mataba dos pájaros de un tiro: no me quedaba el fin de semana encerrado en casa, muriéndome del asco teniendo que decirles que no a quienes llamaban para proponerme alguna salida, y además ganaba dinero en lugar de gastarlo. El que no se conforma es porque no quiere.

Me encantaba la música que seleccionaba mi jefa. Sonaba constantemente y eso va muy bien conmigo porque no sé hacer prácticamente nada sin música. Me descubrió a mucha gente, como por ejemplo, Dianne Schuur. Aprendí a hacer un buen mojito y algunos cócteles. Y también a hacer cafés variados: irlandés, vienés, capuchino… Me sentí allí muy bien. A veces he pensado en montar un café como aquel.

Tuve ocasión de ver a señoras borrachas a las cuatro de la mañana, que cogen el coche para volver a su casa y las para la policía para hacerles la prueba de alcoholemia. Seguramente no son más patéticas que un señor borracho a las cuatro de la mañana intentando soplar por un alcoholímetro, pero lo parecen. Ellas alegaban no saber soplar, sentir náuseas al meterse un plástico en la boca, todo esto dicho mientras se tambaleaban y exhalaban un aliento a ginebra que tiraba de espaldas.

Había otros elementos de este tipo, esos que seguían aferrados a su copa cuando ya habíamos cerrado, pero en general la gente era agradable, educada e incluso divertida. Entre esta gente, de vez en cuando se colaba algún famosillo, desde un actor en ciernes hasta un presentador de televisión, pasando por directores generales mediatizados por una razón u otra.

Pero el personaje que me viene ahora a la mente no pertenecía ni al grupo de celebridades ni al de borrachuzos de última hora. Era una chica cualquiera, profesora, creo recordar. Al parecer había venido otro día en un grupo, pero en esta ocasión llegó ella sola. Le puse la cerveza que me pidió y unas patatas. No había apenas gente, era a primera hora de la tarde. Me llamó y me explicó que quería decirme algo. Y poco a poco, en los momentos en que podía escucharla mientras nadie me reclamaba, me explicó:

“Es que vine el otro día con unos amigos y nos atendiste tú. Y me gustó tu manera de moverte. A mí siempre me han elegido y esta vez soy yo quien quiere dar el paso. Por eso he venido esta tarde. Perdona que me entrometa así, pero tenía que lanzarme. Es que me pareces buen chico, tierno, atento, educado, y yo quiero probar. Me llamo Mariluz. No sé qué te parece mi atrevimiento… “

“Bueno, no sé, nunca me había ocurrido así. En realidad, es un halago y te lo agradezco. No sé qué decirte. Quizá podemos quedar y charlar en otro sitio porque ahora estoy trabajando…”

“Sí, bueno, no quería molestar. Es que estoy harta de que los demás elijan por mí…”

“Ya entiendo, lo que pasa es que no sé si has ido a elegir adecuadamente… Pero podemos quedar”.

Y quedamos una vez. Y salieron una serie de detalles colaterales que cambiaban substancialmente la imagen que me había hecho de ella. Tenía un hijo de 18 años, 10 años más joven que yo. También tenía un hermano esquizofrénico con un papel protagónico en su vida. Y bueno, yo me disponía a emprender un viaje que me tendría durante unos meses en un paraíso tropical.

Creo que cruzamos alguna otra llamada de cortesía, pero la cosa quedó cerrada aquel día. No salió: no podía salir. Pero recuerdo con cariño su atrevimiento de aquella tarde en el café.

A ver si puedo escribir un capítulo 2.

Mariluz también es el título de una tierna canción de mi grupo favorito, Vainica Doble. Ya sabéis que aprovecho la menor oportunidad para nombrarlas. ¿Para cuándo un homenaje nacional?

lunes, diciembre 04, 2006

Cumpleaños

Hubo un tiempo en que recordaba las fechas de cumpleaños sin esfuerzo. Me lo decían, me enteraba por casualidad en el hilo de una conversación, y se me quedaba grabado para los restos. Todavía recuerdo fechas de cumpleaños de personas cuya cara, Deo Gratias, el tiempo ha difuminado. De otras, en cambio, lo recuerdo todo: el brillo del pelo rubio, los ojos azules, el gesto de su mirada cuando iban a decir algo sarcástico, sus comodines de fin de frase y su cumpleaños: 6 de octubre de 1969.
Hay personas con las que solo hablo una vez al año, el día de su aniversario. Es una más de esas rutinas a las que nos entregamos por una razón o por otra. Y algo se rompe, algo chirría, si por una razón o por otra se me olvida enviarle un señal, un sms, un correo, una tarjeta. Normalmente me ocurre cuando estoy fuera de mi quehaceres diarios: cuando he salido de fin de semana, cuando no he dormido en casa, etc. También ocurre que la vida se va complicando cada vez más y que voy perdiendo cualidades. No me ha servido nunca para ligar recordar la fecha de un cumpleaños; de hecho, no me ha servido para nada, pero al menos era algo que yo controlaba. Ahora se me escapa a veces. Bueno.
Pero cuando eso no ocurre, entonces el día en cuestión se convierte en otra manera de estar con el amigo, con mi madre, con mis hermanos, con la persona que quiero. Desde que me levanto, esa persona me acompaña. En lugar de pensar que se trata del lunes 4 de diciembre, hoy para mí es el cumpleaños de... Me lo imagino en Londres, en Chicago, en Madrid, en París o aquí al lado; me pregunto qué hará durante el día. ¿Le apetecerá festejarlo? Me imagino qué le propondría yo si estuviera en mi ciudad: una excursión a la sierra, una cita en alguno de los últimos bares que he descubierto, una cena-delicatessen en un mesón que ha convertido su nombre en poesía; unos mojitos en algún bar con música en vivo; una cena en casa para mezclar a gente diversa -esta opción es demasiado arriesgada: no me atrevería-...
Y así se suceden las semanas. Poco a poco unos hemos alcanzado los 34 y otros ni se sabe... Y nos empeñamos en seguir cumpliendo y cumpliendo, a veces en unas condiciones deplorables, aunque resulte politicamente incorrecto verbalizarlo. Otros en cambio llevan los 80 mejor que cualquiera lleva los 45. Es cuestión de naturalezas, o probablemente de una disposición u otra frente a la vida. Yo creo que la alegría de vivir, la ternura, el erotismo, la mirada limpia sobre las cosas ayudan bastante para alargar la vida. Voilà!

martes, noviembre 28, 2006

Año nuevo

El tiempo es lo que uno quiera. O debería serlo. En mi círculo social más próximo el sábado pasado decidimos clausurar 2006. Ya estábamos hartos –por lo menos, algunos de nosotros-. Así que nos planteamos que ya era hora de abrirle los brazos de par en par a 2007. Esa noche aprovechamos para inaugurar una hermosa casa en el centro de la ciudad, para mezclarnos un grupo de gente heterogéneo –no todo va a ser homo-, para reír, para ponernos un poco alegres a golpe de brindis con champán, para bailar, para criticar a algunas de esas que no conocíamos de nada y que miraban a nuestras amigas como si fueran a robarles el marido –lo que, de hecho, era cierto, sobre todo porque el marido en cuestión estaba deseando darse una buena sesión de tetas ajenas a cambio de una erección de ensueño-, para degustar un rico buffet frío preparado con mucho cariño, para bailotear una música que otros calificarán de horrible, pero que a mí me gusta: Mi gran noche, de Raphael; La chinita de Shanghai, de Vainica Doble, … Me parece importante darse la oportunidad de alterar la inercia de los acontecimientos para volverlos a nuestro favor, para darles la vuelta, para expresar que nos rebelamos a aceptar la vida como una apisonadora; no, señor: queremos vivir y vivir felices; asumimos las dificultades, los contratiempos y los riesgos, pero que no cuenten con nosotros para quedarnos encerrados en casa lamiéndonos nuestras heridas. Que no cuenten con nosotros para conformarnos con menos que la excelencia. Porque nos merecemos la excelencia, como dice mi amigo J. E invertiremos en esta búsqueda toda la energía que haga falta, llamando a las puertas que se pongan por delante hasta que por fin una de ellas se abra, una puerta de color en una fachada blanca con el interior del marco pintado de azul intenso, una puerta que nos reserva un paisaje que espera que lo descubramos solo nosotros. Entregaremos el corazón otra vez, tendremos taquicardias y nos lo volverán a romper, pero lo importante es estar convencidos de que no nos conformaremos con un corazón roto: tenemos que recomponerlo, como un arqueólogo que logra ordenar por fin todas las teselas de un mosaico romano. Quizá con este nuevo corazón reconstruido tengamos que arrastrar un dolor sordo crónico, pero eso no impedirá que siga latiendo y bombeando emociones, queriendo encontrar un alma gemela, otro corazón quizá igualmente lleno de cicatrices. Y ambos corazones serán más verdad que cualquier corazón impoluto envuelto en papel celofán (o enmarcado por impecables lápices afilados). Como regalo, os hablaré de una canción: É isso aí, de Seu Jorge y Ana Carolina. Para quienes no los conozcan, se trata de dos cantantes cariocas, que hacen aquí una versión en portugués del tema principal de la película Closer, interpretado por Damien Rice: The Blower’s daughter, una hermosa canción también. De hecho, Closer sigue siendo desde que la vi una de esas pelis a la que vuelves con frecuencia, por una razón o por otra. Tengo ganas de volver a verla. Podéis ver un vídeo de la canción de la que os hablo en esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=CjmLI0VyLmM ¡Disfrutadla! Y disfrutadme a mí, porque pienso volver. ¡Feliz 2007!

sábado, septiembre 02, 2006

Despedida y cierre

Pues sí: ha llegado la hora de poner fin, sin vacilación, a esta agonía. Tengo la intención de volver, claro, con otra mirada en algunos casos, más tranquilo; querré hablar de otras cosas también, aunque no pueda sustraerme a criticar a esa gente -mi vecina, sin ir más lejos- que tiene la incapacidad absoluta para disfrutar de cualquier cosa -y creo que eso va más allá del yugo de la moral judeo-cristiana- porque me resulta agotador. Ayer coincidí con ella en el portal; me contó que había comprado un piso, en bastantes buenas condiciones para como está el patio. Bueno, pues fue incapaz de manifestar el menor signo de alegría. Como en cualquier circunstancia, por otro lado. A cualquier argumento ventajoso que yo adujera, ella, cuando lo escuchaba, respondía con un mohín. Chica, quizá puedes leer Muertes de perro, de Francisco Ayala. Quizá te dé alguna idea. O basta con que abras el periódico: de Haití a Líbano, pasando por Sudán, tienen un montón de razones para quejarse. Por otro lado, ya hemos entrado en septiembre, que es mi mes favorito, con diferencia. Como acabamos de inaugurarlo -estoy de inauguraciones últimamente- mi principal propósito es convertirlo en especial. Y promete. Antes de despedirme y cerrar, quiero enviar mi mejor abrazo a mis lectores, especialmente a María de Rumania, a Tacón Amargo, a Manuel, al Dr. Said y a Ghallufeiro. Gracias por haber pasado por aquí. En cuanto termine de instalarme, espero recuperar la lectura de vuestras bitácoras. Y que volvamos a reencontrarnos. Hay veces que los duendes también mueren. Yo espero que solo estén de viaje. Y que regresen, aunque tarden como Ulises. Cortinilla de cierre y carta de ajuste.

sábado, julio 29, 2006

Descalzo por la Gran Vía

Sí, queridos míos, estoy perdido. Tengo 30 años por delante para pagar una bonita hipoteca, y lo más inmediato es buscar muebles de cartón-piedra, atrezzo general, para vestir paredes y suelo. Y tengo que buscar inquilinos, si quiero seguir llevando zapatos. Bueno, por el momento, me bastaría con poder seguir llevando chanclas. Ayer, al volver de una suave noche de farra, en la que me encontré a ese tipo de gente que responde a la pregunta de Eric Berne: ¿Qué dice Vd. después de decir hola? con una frase que es todo elegancia: “Tío, es que a mí se me está poniendo dura”, rompí el enganche de una de las chanclas. No había otra opción que quitárselas, ponerlas debajo del brazo y recorrer la Gran Vía descalzo por el no-parque. Afortunadamente llegamos al coche sin accidentes y me dejaron a la puerta de casa vivo pero con los pies tan negros que a De Gaulle le habrían dado ganas de olvidarme en Argelia. En todo este tiempo de silencio, mi vida se ha visto coloreada fundamentalmente por toda la gama de los grises, desde el gris rata al gris peltre, pasando por el gris zarigüeya, el gris ceniza o el gris perla. Pero también ha habido momentos de color, paseos encantadores por La Alhambra, tardes en sus jardines en los que no había nadie –solos Zola y yo-; llamadas de los amigos que me anuncian viajes a Zanzíbar –en unos días repondré mi especiario-, Italia o, más por casa, Marbeille; tengo nuevos libros que me esperan, entre ellos el último de Paul Auster; he recibido una preciosa colección de tarjetas que me cuentan un viaje por Turquía, y los pequeños de la casa me han planteado preguntas que nunca más seré capaz de plantear, por su pertinencia, su espontaneidad y su economía de lenguaje. Hay montones de historias que lamentar; la más grave, la nueva guerra, ya sin paripés de ningún tipo, en el Líbano; la sequía y la ausencia total de conciencia en España para un consumo responsable del agua (en mi terruño, en cuanto sabes sumar un euro y otro euro, te construyes una piscina en la casa que has diseñado tú mismo con un gusto solo comparable al del estilismo que llevas; ver a esa gente en bañador mientras se desplazan para comprar un pollo asado en la plaza es claramente una imagen inequívoca del Apocalipsis); campos de golf en semidesiertos; corrupción económica, fiebre desaforada por el ladrillo y en general por la especulación inmobiliaria, que se está cargando el litoral y las vegas –yo no sé para qué sirven las cárceles-; y mucho más. Pero al final de todo, cuando crees que vas a ahogarte esta vez sin remisión, tu familia te sorprende hablando el mismo lenguaje, y no das crédito. Como es una familia de ciertas dimensiones, hay algunos riesgos de nubarrones si no eres capaz de poner las cosas en su sitio, con dos frases bien dichas. Pero pesa más el sentido común, y bueno, ya sobrevivirás. ¡Feliz fin de semana!

jueves, junio 08, 2006

Cuestión de click

Ya me lo habían advertido, pero ahora he tenido ocasión de comprobarlo en carne propia. Y además por segunda vez: los móviles tienen una duración estricta de 365 días. A los 365 días -ni medio más- se acochinan en tablas y tienes que comprarte otro. Bueno, también puedes aprovechar para entregarlo definitivamente y que lo reciclen, y olvidarte para siempre de renovarlo, como dicen en la publicidad y en las tiendas infernales de telefonía. Pero comprendo que es bastante difícil una vez que has caído en las redes del móvil y has dado tu número aquí y allá. No obstante, todavía no he perdido la esperanza de lograr un día desembarazarme de él. Las tiendas de telefonía me horrorizan, me espantan con sus colores chillones y una publicidad burda, sin el menor signo de elegancia. Además, no entiendo lo que me cuentan los vendedores, la retahíla envolvente de condiciones para pagar una miseria por hablar tres horas con Azerbaiján, eso sí, en horarios establecidos: - De dos a cinco de la madrugada, hora de España. - Es que, de mis conocidos, ninguno trabaja en plantas petrolíferas, ni en Azerbaiján ni en ningún otro sitio punto del planeta. Yo solo quería un móvil barato y sencillo de manejar. - (...) - No: ni vídeo, ni cámara, ni diseños especialmente ergonómicos, ni GPS. - Pero (...) - No, tampoco; en absoluto. Lo más sencillo. Y, si puede ser, que me dure más de un año. - Me temo que eso es difícil. Total, que he pagado 8 euros por un modelo absurdo del que todavía tengo que aprender el funcionamiento, y tengo un año para ello. Para empezar, la clavija del cargador tiene que hacer click para que funcione. "Una cuestión de click", me ha dicho el vendedor cuando he vuelto esta mañana a terreno enemigo para darle la queja porque la pantalla de mi móvil decía taxativamente: "Imposible (de) recargar". "Se me olvidó decírselo ayer, con el jaleo". Pues vaya, qué bien. El jaleo al que se refiere consistía básicamente en lo siguiente. Vendedor y ayudante, es decir, padre e hijo, ambos encantadores, atendían a dos clientes, a saber, un policía municipal en acto de servicio y un agricultor campechano con un serio dilema, al margen de su tractor: "¿Me llevo un móvil nuevo por 16 euros o cambio por 20 la batería de mi Noika de toda la vida, que no me ha dado nunca problemas?" El joven vendedor le explicaba por activa y por pasiva refleja todas las ventajas y (ninguna de las) desventajas de todos los modelos por los que el cliente había mostrado el menor signo de interés. Como ambos hablaban para toda la concurrencia, a mí no me quedaba más remedio que seguir el curso de sus reflexiones: - Agricultor (al joven vendedor, pero también al resto del público): ¡Qué alegría entender! - Policía: Estamos en un siglo en el que hay que saber de todo. - Vendedor mayor: Digo - Agricultor: De todas formas, como lo antiguo no hay nada. - Policía: Pero llévese el nuevo y así estrena. Ahora resulta que un móvil se puede catalogar dentro de "Lo Antiguo", y que podemos vivir casi tantos siglos como nos dé la gana. ¡Por Dios, qué pereza! Cuando el señor agricultor se decidió por su nuevo móvil -menos solera que su viejo Noika- yo me equivoqué de parte a parte al creer que me atenderían a mí. Se trataba de un cliente satisfecho de su condición de cliente y estaba dispuesto a ejercerla de la A a la Z. Ahora le pedía al joven vendedor que le configurara algunas funciones. - ¿Pero qué timbre le pongo? - A mí me lo tienes que poner al máximo volumen porque si no, no me entero cuando estoy en lo alto del tractor. Y a todo volumen tuvimos que tragarnos la prácticamente infinita variedad de timbres que el señor agricultor iba descartando, intercalando alguna que otra reflexión: - Este parece redoble de muerto. - Este parece un gato en celo. - Este chirría como unos cojinetes... De vez en cuando, el joven vendedor me hacía alguna pregunta, pero yo no podía responderle porque enseguida venía otro timbrazo del agricultor-del-móvil-nuevo. - Este no me gusta... Hasta que por fin uno de ellos sí le gustó. Pagó y se fue. Cinco minutos más tarde también yo salía con un móvil nuevo.

sábado, mayo 27, 2006

Citas de la semana

Cuando decido descender al mundo real y relacionarme con los que dicen ser mis semejantes, casi siempre me toca regresar a mi refugio con los ojos como platos y, probablemente, con alguna cana más. No sé si me compensa.
1. Me dice una amiga, que lo sabe todo sobre las leyes y que, de hecho, se gana la vida con ellas en la mano, que sus clientes ya no se andan por las ramas y llaman al pan, pan y al vino, vino. Lo primero que se les viene a la tela del juicio, lo sueltan sin ambages y se quedan tan panchos. Así, por ejemplo, en cualquier momento de la fase de instrucción un cliente puede expresar un pensamiento, mitad deseo, mitad la-solución-que-no-llega: "Es que, claro, si mis suegros se murieran, todo sería mucho más fácil y no estaríamos aquí sentados".
2. Tomo ese medio infernal llamado autobús urbano: hace calor, tengo que atravesar la ciudad y no me apetece llegar a la magnífica terraza en la que voy a tomar unos vinos con dos cercos de sudor que se van a cargar mi ducha y mi camisa. Los viajeros son inenarrables. Yo llevo un libro y abro la ventana de par en par. Detrás de mí se sientan una madre con mallas de ciclista color berenjena y su hijita de 8 años con el pelo recogido en una cola y con un minishort vaquero demasiado mini. Llevan una bolsa de chucherías que apestan a queso y a productos químicos. La niña grita como si le acabaran de arrancar de cuajo la cola: "¿Me quieres escuchar?" Me pierdo algunas frases y luego capto una réplica maternal: "Eso no me gusta... Paula no tiene por qué obligarte a elegir. Ya sabes que es muy posesiva... Eso es una neura que le ha dado. La próxima vez le puedes decir: No sé por qué ahora quieres jugar conmigo si luego te vas con Natalia". Delante una jovenzuela mastica chicle y habla por teléfono prácticamente como si estuviera sobreactuando para una felación.
Decido bajarme del autobús y derretirme por la calle si es preciso.
3. En la biblioteca más bonita de la ciudad, en unas frescas escaleras renacentistas, una chica de aspecto alternativo intenta encontrar la postura más cómoda para una rápida aproximación tijeril con una amiga: tiene una pierna enlazada a la cintura de su víctima, y la otra en el hombro. O algo parecido. Yo paso junto a ellas y me quedo con esta frase: "¿Sientes que te absorbo de alguna manera?".
4. Por último, una autocita. Paso la velada de ayer en una fiesta de cumpleaños, en el patio de la casa de la cumplidora. La música -bastante anodina- no está alta en absoluto, pero indudablemente se tiene que notar. Alguien plantea si estaremos molestando a los vecinos. Yo respondo: "No creo. Si a la gente no le molesta cómo van vestidos los demás por la calle, no creo que les moleste tampoco esta musiquilla".

sábado, mayo 20, 2006

A MADRID. Con amor.

Hace mucho tiempo que no he vuelto a Madrid. En realidad, no quiero volver. No quiero volver en estas condiciones (además de que ahora no podría permitírmelo). Pero nada de lo que tiene que ver con Madrid me es ajeno, porque he vivido allí durante 10 años y no me entiendo sin esta ciudad –bueno, quiero decir que me entendería aún menos. Madrid nos es más o menos familiar a todos los españoles porque casi todos tenemos nuestros primos de Madrid. Además, no son pocas las veces en que tienes que desplazarte allí para hacer un examen o para otro tipo de formalidad. Y también aquí, como en Francia, lo que ocurre fuera de la capital parece que no existe. (Y no es ni mucho menos verdad). Pero yo, además, he respirado Madrid. La he pateado de arriba abajo, en todos los sentidos y a cualquier hora del día y sobre todo de la noche. He reído y he llorado por sus calles. He ligado, sobre todo en la Gran Vía, y me he perdido en la marea humana de manifestaciones de variada naturaleza. A pesar de ello, creo que no es una ciudad que conozca bien: todavía guarda muchos secretos para mí. Pero me sé de memoria el triángulo que necesitaba para vivir Madrid. Ciudad Universitaria-Retiro-Paseo de la Florida. Todo lo que necesitaba lo encontraba dentro y a todos los sitios podía acceder a pie. ¡Me encantaba tener cualquier excusa para pasear por Madrid, para alterar el trayecto de vuelta a casa o para pasar (un millón y) una vez más por la Gran Vía, una calle familiar que me fascina! Ya han pasado cuatro años desde que no vivo allí, y me dicen los amigos que la ciudad que yo adoro –y que sigo recuperando en el cine rodado en aquellos años y antes- ya no existe. Madrid, según algunos, es ahora mismo una ciudad invivible, una tortura, un caos circulatorio permanente y una piqueta que taladra el suelo sin misericordia. En algunos tramos del cinturón que llamaban autopista -o M-30- hay un agujero tan grande como si hubiera caído una bomba, y multitud de calles del centro están levantadas con el pretexto de realizar modernísimos intercambiadores de transporte público. (Aquí cada cual puede añadir las iniciales de las empresas que están sacando tajada de este megalómano proyecto de transformación del perfil madrileño). Cuando yo vivía allí esta furia urbanística no existía –o se notaba mucho menos-. Lo que sí existía era la fiebre inmobiliaria que sigue asolando a España en todas las direcciones. Recuerdo que le propuse a un amigo fotógrafo elaborar un libro sobre El Madrid más feo. Porque Madrid tiene barrios y edificios por los que habría que meter en la cárcel –por ser suaves- a más de un arquitecto y a más de un politicucho. Hay partes de la ciudad que son irrecuperables: no tienen solución -viable- posible. Habíamos pensado irnos con el coche de vez en cuando y tomar fotos y notas para mostrar ese otro Madrid. Quizá lo hagamos algún día. Pero de todas formas, esa no es la ciudad que queda en mi memoria y en mi corazón –aunque aparece en películas que siempre me acompañan como ¿Qué he hecho yo para merecer esto? –el barrio de la Concepción- o El cielo abierto- Carabanchel-. La ciudad que a mí me acompaña tiene la fachada del Edificio Gargallo de Plaza de España. Era mi barrio y pasaba casi a diario delante ella. En ese edificio también vivían las hermanas Marina y Lola en Átame. En realidad, podría contar una parte de mi vida recorriendo los exteriores, en su mayoría madrileños, de las películas de Pedro Almodóvar. Pero solo destacaré la plaza del Cordón, de La ley del deseo. Almodóvar eligió el número 3 de esta plaza para colocar el piso de Pablo. Y en ella es donde acaba la película, con una máquina de escribir que estalla en un contenedor y la tensa espera de un montón de personajes en una noche veraniega, entre ellos, Tina, dolorida por fuera y sobre todo por dentro porque todos la han engañado, con el rímel corrido y con frío, también por fuera y por dentro. Por una vez en las películas de Almodóvar, la policía aparece con un papel positivo, y uno de sus agentes tiene la delicadeza de prestarle su cazadora al personaje más vulnerable de toda la película. Me parece un hermoso detalle de humanidad del que, probablemente, ni él mismo conoce el alcance. Cada vez que veo la película este detalle me conmueve y también me hace llorar. Las películas españolas en su gran mayoría están rodadas en Madrid. Es un hecho que debe de encerrar multitud de razones que lo justifiquen. De vez en cuando, algunos directores se largan a otros paisajes para recrear lejos el espíritu de Madrid, de hoy y de otras veces. Aducen que es más barato y que las (irritantes) trabas municipales apenas existen. Incluso en algunos casos añaden que llegan a ofrecerles todas las facilidades. Lo cierto es que Madrid como decorado fílmico e incluso como protagonista ahorra multitud de explicaciones que serían necesarias si la historia contada estuviera ambientada en otra latitud. Las últimas películas españolas que he visto -con retraso-, están, por supuesto, rodadas y ambientadas en Madrid: Piedras y La mirada violeta. Las dos me han gustado, cada una en su estilo. Para la sesión de Piedras recuperé Sagitario, también rodada en Madrid. Y tienen muchas conexiones. En realidad, tengo que calificar Piedras de pastiche, pero me sigue gustando a pesar de ello. Después de verla, he sentido por primera vez nostalgia de Madrid y ganas de volver a vivir allí una temporada. Recuerdo haberme tropezado alguna vez con el rodaje en la calle Valverde y en Plaza de España, esquina con la calle Reyes. Madrid está muy presente y muy reconocible en la película, y es el Madrid que yo viví cada día; casi se puede decir que es el personaje con mayor protagonismo. Comparte con Sagitario, además, la estructura de historias que se cruzan, aunque en Sagitario haya una historia claramente dominante. Y tres actores: Ángela Molina, Enrique Alcides y Manuel de Blas. Los diálogos son infinitamente mejores en Sagitario, no en vano está detrás de ellos Vicente Molina Foix. Por Sagitario siento devoción: no es fácil de degustar y tampoco es para todos los paladares. Pero para mí representa, además, la oportunidad de pasar casi dos horas con Ángela Molina, que aparece en casi todas las secuencias y está bellamente fotografiada. Bueno, está bellamente TODO. Y me encanta ver reflejada la amistad (por la amistad) en personajes maduros, en dos personajes cuarentones como Rosa y Jaime, algo que el cine no suele reflejar. En Piedras también hay amistad: Leire y Javier, por ejemplo. Una música preciosa de Pascal Gaigne. Una curiosa teoría sobre los zapatos, los pies y los podólogos, que hila las historias. Y terrazas, que es una de mis debilidades. La secuencia final de la película, cuando Leire le escribe a Javier una hermosa carta llena de vida y honestidad, está rodada en una terraza vecina a la mía, aunque tenía aún mejores vistas: la Casa de Campo, las cúpulas de la estación de Príncipe Pío, la cúpula seudobizantina de la iglesia de San José y Santa Teresa y el edificio España de Plaza de España. Casi nada. El Madrid que yo amo aparece, pues, muy bien reflejado. Por eso casi me da miedo volver. Porque me dicen algunos amigos que en estos años ese Madrid está destruido, que ha desaparecido y que es definitivamente irrecuperable. Pero luego escucho en la radio -en una entrevista que me descubrió a un personaje entrañable- a otra amante de Madrid, la poeta Elsa López, y sostiene que, después de todo lo que ha viajado, Madrid sigue siendo una de las ciudades más hermosas que conoce, que en Madrid la gente pasea todavía, y te miran y sonríen y te hablan. Y yo quiero creérmelo. Quiero creer que las ciudades son la gente –la mejor entre ella- y además que, para lo bueno y para lo malo, sobreviven –salvo catástrofe- a esa gente. A todos nosotros. A Madrid. Con amor.

miércoles, mayo 10, 2006

El descodificador

Se trata de la página que Javier Pérez de Albéniz, crítico de televisión, escribe en elmundo.es. (Siento no saber hacer hipervínculos).
Intento leerla siempre porque me parece muy divertida -aunque no lo suficiente como para que me entren ganas de ver la televisión. (Actualmente solo tengo una cita semanal con la teúve, como escribía Terenci Moix: los martes para ver Mujeres desesperadas. ¿Dónde ha ido a parar el fontanero, por Dios? Que vuelva). Y digo muy divertida sintiendo a la vez cómo se me hiela la sonrisa en la boca, porque el referente (nada) ilustrado de esas reflexiones sobre nuestra fauna catódica solo inspira desear volver al claustro materno, o a la caverna, o perderse, o volatilizarse, o ser abducido, o desaparecer. El texto del maestro Pérez de Albéniz de hoy se titula Chupapollas y creo que no tiene desperdicio. Juzguen ustedes mismos.